Opinión

Presidente de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos
¿Por qué, Anselm Kiefer en el CAHH?

La obra 'Danaë' de Anselm Kiefer, en el CAHH de València. / ED
Recordarán, que hace un tiempo el IVAM era el referente cultural, no solo de la ciudad, sino de la Comunidad Valenciana en España. Aún mantiene un sitio de privilegio en el observatorio cultural, pero cabe pensar que no es por lo que hace, sino más bien por lo que hizo y por la impresionante importancia de sus colecciones; y lo estimo así porque incluso muy recientemente hemos asistido a montajes expositivos inimaginables en momentos precedentes: tal ocurrió en la muestra Manolo Gil, álbum, donde se incluyeron en los muros páginas desencuadernadas de su archivo, cuajadas de antiguos recortes de periódico mientras la institución goza de la mejor colección de su trabajo creativo, o en la más reciente de Atreverse a más en la que se colocaban las pinturas sin orden ni concierto en hileras sucesivas hasta rozar el mismo techo: un caos impropio de un centro que, pretendiendo reencontrarse consigo mismo, en vez de estudiar sus colecciones e invertir en obras convenientes y ajustadas, se gasta el dinero en Arco con una sucesión caleidoscópica con la que aún se desconoce qué es lo que pretende hacer.
Ante esa expectativa preocupante, la ciudad ha hallado -por fortuna- una sucesión de nuevos referentes culturales: inicialmente, a través de la muy consolidada programación del Palau de les Arts que, con un presupuesto muy ajustado para espacios operísticos, ha logrado de nuevo -como lo hizo bajo la dirección de Helga Schmidt- situarse entre los ámbitos destacados de todo el continente, eso sí, con una programación bien planificada y el sustrato de una orquesta y de un coro heredados en el tiempo, difícilmente superables. También esta siendo destacable la del Palau de la Música, ampliando significativamente el repertorio y perfilando una orquesta con un titular competente y avezado, capaz -este mismo año- de actuar con éxito en la famosa Sala Dorada del Musikverein de Viena, epicentro sinfónico en Europa.
Desgajado el IVAM de los puntos de un mayor interés, nos encontramos ante dos exposiciones que estimamos clave: “Tàpies última década” en la Fundación Bancaja y “Anselm Kiefer” en el Centro de Arte Hortensia Herrero. Es decir: ante la percepción de muestras que, sin necesidad de presumir de ser supuestamente correctas al uso de ninguna ideología, ni tampoco de cuestionar estereotipos, adquieren un gran interés y que aun siendo tan sumamente distintas, conservan un cierto número de relaciones comunes: son propias de autores en plena madurez, se sustentan a través de grandes formatos y generan una experiencia emocionante con capacidad de poder ser disfrutada por grandes segmentos de público. Un asunto, no menor, y que, además, han sido programadas por entidades privadas en ausencia de dinero público.
Existen infinidad de variables capaces de proporcionar estímulos para la experiencia estética en obras que nos transmiten claves incompletas pero que permanecen dotadas de una gran capacidad sugerente y atractiva, con potencial suficiente para incitarnos a poderlas vislumbrar. Este complejo individual, dinámico e inspirador, nos aparece ante las de Anselm Kiefer, un pintor que en la década de los ochenta ya formaba parte del movimiento de la “Nueva pintura alemana” auspiciada por el historiador Cristos M. Joaquimides y del que formaban parte, asimismo: Georg Baselitz, Jiri Georg Dokoupil, Rainer Fetting, Markus Lüpertz y Helmut Middendorf, entre otros, creadores de obras cargadas de imágenes, en contraposición a las tendencias del minimal art o del arte conceptual.
En ese ámbito, revisionista y crítico, Anselm Kiefer ya produjo obras precedentes de estas actuales, dotadas de una persistente belleza extraña a cuyo través afloran los asuntos propios de la herencia de la cultura alemana -especialmente reciente- después de que sus mitos literarios fueran instrumentalizados en beneficio de la construcción del fascismo. ¿Qué queda hoy de aquella contaminación y qué podemos hacer para liberarla definitivamente del pasado?, nos continúa planteando ahora, el pintor -antiguo discípulo de Joseph Beuys-, después de atreverse a subir hasta el desván de su memoria para descubrir aquellos legajos alemanes en los que se halla escrita la historia: ¡La eclosión neo-romántica de una nueva realidad! Proceder que se percibe en todas las obras presentes, pero muy significativamente en la pintura central de esta exposición, mostrada bajo el nombre de Danaë: la princesa fecundada por una lluvia de oro para dar a luz a Perseo, que mataría a su abuelo, cumpliendo las predicciones del oráculo. Formidable pintura de enormes dimensiones, recreada a partir de la imagen arqueológica del imponente edificio del aeropuerto de Tempelhof, símbolo arquitectónico de la Alemania nazi, elaborada sobre la propia historia como se hacía en la antigüedad recuperando los soportes de los antiguos escritos de papiro, pero sin que los viejos alegatos contenidos previamente desaparecieran del todo. Un modo de trabajo que no solo se traduce acerca de los conceptos, sino también sobre la propia materia utilizada: superpuesta capa a capa, sin que se desvanezca del todo la anterior: criterios plásticos e histórico-sociológicos que van más allá de la naturaleza pictórica y que justifican la concepción del cuadro. También una forma de redención sobre el sustrato de culpa de la tragedia histórica. Un tratamiento sobre lo reprimido, pero no contemplado desde la visión política en un sentido estricto, sino desde la propia artisticidad como elemento de creación significante en ausencia de ironía, hallando el fundamento desde la tradición arrinconada. Materia variable, prolija y transformada: óleo, laca, acrílico, plomo, emulsión, cuerda, collage, pan de oro; consiguiendo, ese y otros paisajes cargados de misterio: reales o imaginados, pero resultantes de un enorme dominio técnico y de la participación de una cultura, intensa, siempre presente, muy distinta a la nuestra y sumamente desarrollada. Compleja cultura, emocionante, puesta a nuestra disposición estos días, como la de las versiones de las óperas de Händel o de Strauss recientemente presentadas en les Arts, o la sinfonía Titán de Malher del Palau. Estímulos para el placer estético y retos para la creación: bienestar para nuestras mentes en este mundo sobrecargado de imaginería barata, sublimada por el Pop-art, que invade la publicidad y nuestros dispositivos electrónicos sin miramiento alguno, y retos ante la insignificancia que nos acecha en el ámbito de las nuevas generaciones de las artes plásticas.
No sabemos bien, si habitamos la ciudad de Joaquín Sorolla o la de Santiago Calatrava; lo que no es difícil atisbar es que, a pesar de estos oasis actuales, en el siglo XXI aún no hemos alcanzado ese nivel cultural que debe corresponder a nuestra historia y, hoy en día, a nuestra demografía. Si en vez de satisfacernos y congratularnos con lo que hay a nuestro alrededor, echásemos una mirada más amplia, nos daríamos cuenta de que Anselm Kiefer, no solo era un elemento conveniente, sino un estímulo evidentemente necesario que habría que favorecer y multiplicar para hacernos preguntas acerca de nosotros mismos.
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