Opinión
Educación y Justicia

Centenares de profesores ante las puertas del Palau / Germán Caballero
Hace unos días aconteció en Valencia un evento revolucionario.
En una sala repleta hasta la bandera Sonia Diez Abad presentó el libro “El fin de la educación”. Bien es verdad que el título añade en tipografía más reducida “tal y como la conocemos“, indispensable para entender de qué se trata. No del fin de la educación, sino de la educación tradicional.
Como me invitó a poner el contexto, me pareció que, en razón a mis 46 años, 3 meses y 1 día de vida profesional, debía relacionar educación y justicia, a mi parecer esencial en la revolución educativa que se propone.
Tengo para mí que la educación no tiene más objetivo que optar por la justicia en las relaciones personales, es decir, en la preparación de los individuos para una vida asentada en valores tan esenciales, como el de la solidaridad, el compromiso con los otros y la vida honesta. Así definía Ulpiano el concepto de justicia, al referirse a la necesidad de dar a cada uno lo suyo, no hacer daño a nadie y vivir honestamente. Y así lo hemos heredado en nuestra cultura y, si me lo permiten, también diría que en toda cultura que aspire al bienestar y felicidad de las personas.
Es por lo que, si la educación tiende a educar en justicia, la justicia debe tender a hacer pedagogía en los valores que le son innatos, es decir, a hacer entender la necesidad de convivir educadamente, que no es otra cosa que vivir en comunidad y para la solidaridad, reconociendo a cada persona el derecho a la propia identidad y su compromiso a hacer el bien evitando el daño innecesario.
El proyecto que Sonia presenta en su libro parte de la identificación de elementos que están configurando la educación, tal como en este momento se ofrece en los ámbitos de primaria y secundaria a los alumnos de centros públicos, privados o concertados. Y la evidencia nos la dan precisamente los que constituyen el RADAR de detección de una situación ya inaceptable y por tanto inasumible.
No se trata, como ella misma dice, de lamentar el pasado, sino de cuestionar el presente, es decir, la desconexión, la pérdida de sentido, el cansancio docente, la ansiedad estudiantil, el espejismo de enseñar para aprobar y no para entender.
Eso no requiere reformas, sino una profunda reconversión emocional, social y pedagógica, dónde te pregunten quién eres y no qué notas sacas, dónde el bienestar emocional no sea un lujo, dónde la tecnología te acompañe sin devorarte, dónde cuidar sea el verbo central y no un pie de página, donde nadie sienta que aprender o enseñar es un acto de resistencia, un suplicio, sino una aventura apasionante de acompañamiento, descubrimiento y discernimiento.
Resulta sorprendente, a la vez que escandalosos, los baremos que ofrece Metroscopia cuando el 48 % de los ciudadanos califica el sistema educativo como malo o muy malo; y aún más inquietante que el 88 % del alumnado afirme su falta de motivación y atención en el proceso educativo o el 82 % que denuncie las pocas habilidades sociales y emocionales que se le transmiten.
Ante un diagnóstico que podríamos compartir, procedería descubrir los elementos que Sonia identifica como brújula. Es decir, el hacia dónde y con qué debemos orientar el nuevo sistema educativo, alejado de cualquier identidad, política o partidista, pero centrado en lo que constituye el eje vertebrador de toda educación: el cuidado de cada persona para ofrecerle un nuevo modo de bienestar con proyecto de alcanzar la felicidad, diseñada y sustentada en elementos configuradores compartidos.
Para ello, es necesario que los profesores no sean meros transmisores de contenidos, sino gestores de experiencias de aprendizaje, capaces de integrar la pedagogía, la tecnología, las emociones y la ética, lo que exige recursos imprescindibles. Con ello, el aula donde se instruye pasará a ser el laboratorio de una vida feliz, la elegida a la que se aspire, dónde cada persona se sienta cuidada.
En nuestra experiencia docente detectamos un altísimo grado de absentismo, real o encubierto, que nos obliga a preguntarnos para qué sirve la educación si el alumno no encuentra sentido a lo que aprende porque no vislumbra el vínculo entre lo que va conociendo y la vida vivida. Medir los resultados es lo que la autora denomina “currículum mortis” y debe dejar paso a los procesos, el crecimiento, la creatividad y la autenticidad, donde aparece el “currículum vitae”, tan flexible, adaptable y diferente en cada ser humano.
Seguramente lo que cualquier ser humano está deseando tener y mejorar es en sentirse escuchado y cuidado. Sin esa “cultura de cuidado” incorporada en el proceso educativo no puede haber comunidad, ni transformación personal, ni capacidad para la creatividad y la búsqueda de la felicidad. No estoy en contra de la cultura del esfuerzo, creo más en la “cultura del encuentro”.
Nos podemos y debemos preguntar qué papel va a jugar la inteligencia artificial en todo este proceso, pues ha venido para quedarse y, si le dejamos espacio, para destruirnos. Es verdad que la información que nos ofrece es infinita y accesible, por lo que nos conviene priorizar en la enseñanza no tanto la transmisión de datos, sino ayudar a pensar críticamente, a preguntar, a decidir éticamente, a convivir con la técnica sin renunciar a su autonomía, a aprender a aprender.
En resumidas cuentas, el conocimiento no es un fin en sí mismo, sino una herramienta para mejorar la vida de las personas y aspirar a una vida más feliz.
Implicada como está Fundacion por la Justicia en una propuesta tan revolucionaria como esta, invitamos a todas las personas a quienes importe la educación y futuro de sus hijos a reflexionar e integrarse en esta iniciativa atractiva, integradora, generadora de bienestar, no tanto de incorporación de datos que las nuevas tecnologías ofrecen con un clic, y con capacidades para enfrentarse a un mundo nuevo, que, a través de las tecnologías y la velocidad de la transferencia de culturas, vaya a permitir una verdadera revolución en el proceso.
Ha surgido el Observatorio EducAcción, liderado por persona experta, comprometida, apasionada con la educación y deslumbrante en el crecimiento y la resiliencia personal, respaldada por unos cien profesionales y organizaciones de todo color, expertos en temas educativos de todas las ideologías, edades, género y compromisos, integrados en 7 Consejos de Salud, Talento, Humanismo, Tecnología, Sostenibilidad, Innovación y Transformación educativa y Financiación.
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