Opinión | No hagan olas
El final de la inocencia

El expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero, en una imagen de archivo. / Eduardo Parra - Europa Press
En la famosa novela de Robert Graves que dio pie a una legendaria y pionera serie de televisión en la BBC, Yo Claudio, su personaje principal, el romano Claudio, cojo y tartamudo, se hacía el inocente a lo largo de los años en los que residió en la corte imperial. En la realidad, Claudio fue un hombre culto, dedicado a la pasión por la Historia. Su sobrino Calígula en uno de sus enloquecidos gestos le nombró Cónsul para burla y escarnio de los poderes de Roma. Finalmente, tras un golpe palaciego, la guardia pretoriana encuentra a Claudio escondido y deciden nombrarle emperador.
Siempre he recabado concomitancias, siquiera muy lejanas, entre Claudio y Rodríguez Zapatero, quien inspiró su perfil público en una supuesta inocencia y candor moral. Somos máscaras, huyendo de personaje en personaje, escribió el polaco Witold Gombrowicz, en una época, el violento siglo XX, cuando el filósofo Theodor Adorno proclamó el fin de la poesía y Sartre la inexistencia de la inocencia infantil.
Zapatero llegó al poder tras múltiples carambolas, pero sobre todo de la mano del PSC y las genialidades de Pérez Rubalcaba. Su mandato surfeó a lo largo de las fronteras éticas que la izquierda reclamaba ampliar. Ideología antes que gobernanza, algunos de cuyos ministros, como el titular de Economía o la de Sanidad, rozaban la idiocia. Años más tarde un sarcástico guion inspirado en la cultura zapaterista, incluyendo a una adolescente gótica, dará lugar a otra vitriólica serie política para Movistar y HBO, Vota Juan.
Eran los tiempos en los que se negaba la existencia de una crisis financiera por venir –en 2007– pero se avanzaba en políticas de género y en la alianza de civilizaciones sin considerar a las teocracias basadas en la yihad. Tanto abusó Zapatero de una supuesta ingenuidad que sus opositores difundieron un nuevo concepto político para criticarle, el «buenismo». Cuando dejó el Gobierno, como tantos otros, el expresidente se dedicó a las influencias. Sobre todo en los países latinoamericanos, donde la izquierda de allá estaba en su apogeo, un combinado de indigenismo y populismo como respuesta a los crímenes de las dictaduras militares.
Tenía y tiene su lógica. En Latinoamérica la intromisión de la política en los negocios económicos es decisiva. Y por ese conspicuo entramado deambulan muchas e importantes compañías españolas, desde el BBVA al Santander, Repsol, Iberdrola, ACS y Ferrovial o la misma Telefónica. Y suelen hacerlo mediante consultoras interpuestas para que no se note que contratan a este o a aquel político de turno con el que tratan de mediar. Hecha cierta oscuridad es muy fácil y tentador pasarse de listo.
A Zapatero lo repescó Pedro Sánchez porque necesitaba un rostro limpio y de espíritu social. Zapatero nunca habla de economía. Debe tener pesadillas todavía con Manuel Pizarro, tanto él como Mariano Rajoy. Su aspecto «bambi» contrasta con el entramado organizado junto a sus hijas, de trayectoria profesional desconocida. No ha hecho algo muy diferente a otros políticos, incluso reyes y expresidentes, de Suárez a Felipe o Aznar, hijos, yernos y resto de familiares, salvo que lo ha llevado a cabo de forma tosca y proyectando una imagen ursulina. Ilustres exministros de su propio gabinete crearon junto a otros exministros del PP una agencia de lobby y asesoramiento, Acento, que en pocos años era la que más facturaba en España. Luego la vendieron por cerca de 30 millones a la multinacional Havas del grupo francés Vivendi, cuyos dirigentes apoyan a la extrema derecha de Le Pen, lo que no les invalida para ser también accionistas de Prisa y tener diversos negocios cruzados con Telefónica. La liaison dangereux.
Falta luz y taquígrafos en este negociado dedicado al tráfico de intereses, el llamado lobby (el que espera en la antesala del que toma las decisiones, se podría traducir), pero en nuestro país no se normaliza, nadie parece dispuesto a legislar sobre ello ni tampoco a organizar con rigor la publicidad institucional o los contratos y patrocinios con medios. Debe ser la cultura de la hidalguía de origen castellano que tan mal se lleva con el dinero ventilado. Como si fuera pecaminoso obtener beneficios de una actividad económica. En los países anglosajones y germánicos está mucho más regulado y se conocen los límites de la honestidad legal en los negocios.
Es impensable en los EE UU que un expresidente deje de ingresar. Suele ser nombrado para una docena de consejos de administración en grandes compañías nada más cesa de sus actividades gubernamentales, y las tarifas de sus conferencias y tertulias superan los 200.000 dólares por sesión (Obama multiplicó por dos ese caché, y Trump llegó incluso al millón), además de viajar siempre con gastos pagados en business junto a su secretariado. No es verosímil ser ingenuo cuando se ha alcanzado la cima de un gran Estado. Los norteamericanos lo reconocen, los españoles se rasgan las vestiduras. Otra cosa es el tejemaneje actual de los allegados del presidente Trump, cuya capacidad para intuir las subidas y bajadas de Wall Street no deja indiferente a nadie.
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