Opinión
Cuando Karp y Zamiska encuentran su pesadilla en Donald Trump

El presidente de EEUU, Donald Trump, en una imagen de archivo. / SAMUEL CORUM / CONTACTO / EUROPA PRESS
La publicación de “The Technological Republic”, el “best seller” escrito por Alexander C. Karp y Nicholas W. Zamiska, fue recibida por los conservadores del Partido Republicano como la bofetada necesaria a los demócratas. Hoy, los republicanos andan preocupados. Y la élite tecnológica ve cómo se le escapa el negocio que creía tener atado con su pretendido “nuevo Evangelio”.
Recordemos el diagnóstico (Levante-EMV; 27/04/2026; pg. 4): Silicon Valley, el cerebro que debía dotar de una prótesis militar imbatible a Occidente se ha enredado creando aplicaciones para encargar calcetines y algoritmos y retener la atención en redes sociales frívolas. Ese abandono de ambición tecnológica en favor del Estado ha dejado a los EE. UU. y sus aliados atlánticos peligrosamente expuestos en un nuevo orden mundial hostil cuya mayor amenaza es China. Abogan por un regreso al modelo del Proyecto Manhattan, donde la ingeniería más brillante se pliega a los intereses existenciales de Norteamérica.
Sin embargo, al leer su "reprimenda" contra la frivolidad del consumismo tecnológico y su llamada a un compromiso férreo con el poder duro, uno no puede evitar preguntarse: ¿es ese el único manual de teoría política que está siguiendo Donald Trump? Y la duda surge cuando la distopía geopolítica que estamos presenciando no es la de una “república tecnológica” robusta, sino la de un “imperio depredador” donde la tecnología es la garra y la fuerza bruta la única ley.
Karp y Zamiska apuntan el peligro de una mente occidental "hueca", incapaz de sostener un relato coherente y de imponer su voluntad, actualmente intoxicada por la “cultura Woke”. Su crítica a la fragilidad intelectua de las élites resuena con la furia anti-sistema que llevó a Trump de vuelta a la Casa Blanca. El problema es que la "voluntad" que Trump ha decidido imponer no es la de un Occidente unido y fortalecido, sino la de un Estados Unidos que, en su definición, se reduce a una fortaleza etnonacionalista que desprecia a sus socios históricos. El nuevo Orden Mundial que emerge de su Estrategia de Seguridad Nacional no es el de una “república de ingenieros “, sino el de un “cártel” tecnológico donde la soberanía nacional -la estadounidense, se entiende- está por encima de cualquier norma o institución.
El derrocamiento del presidente venezolano Nicolás Maduro, o la pretendida anexión de Canadá y Groenlandia, es la aplicación práctica de la tesis de Karp y Zamiska sobre el "poder duro", pero llevada a un extremo que ningún tratadista del siglo XX habría suscrito: la violación flagrante de la soberanía y el derecho internacional justificada por una nueva doctrina Monroe, la llamada "Donroe Doctrine”. Donde ambos ven la necesidad de construir un "mejor rifle" para defender el país, Trump ve la oportunidad de usarlo para saquear la despensa del vecino.
Uno de sus conceptos es el de "soft belief" o "creencia blanda", esa falta de convicción que ha dejado a Occidente a la deriva. Trump, ciertamente, no peca de blandura. Su convicción es férrea: el mundo es una jungla de "poder, fuerza y grandeza", en palabras de su asesor Stephen Miller. Pero ha sustituido la "creencia" en un sistema de valores compartidos por la “adoración al hecho consumado”. Al anexionarse simbólicamente Canadá, al presionar a Dinamarca para comprar Groenlandia con la amenaza velada de la fuerza, o meterse en el “lio de Ormuz” sin estrategia de salida, Trump no esta reconstruyendo una “república tecnológica”; está dinamitando los cimientos de la "pax americana" que Karp y Zamiska, paradójicamente, dicen querer preservar.
Critican a una generación que ha perdido la capacidad de tener "puntos de vista independientes sobre el mundo”. Sin embargo, la nueva política exterior de Trump exige una sumisión ideológica a sus socios que es la antítesis de la independencia. La administración Trump ha declarado abiertamente que "cultivará la resistencia" dentro de las naciones europeas para corregir su trayectoria, apoyando explícitamente a partidos de extrema derecha asociados en el Eurogrupo “Patriots” -en el que habita Vox- que erosionan la unidad continental. Esto no es fortalecer a Occidente; es balcanizarlo desde dentro para que sea más dócil. Es la tecnología de la desinformación, esa misma que las grandes plataformas construyeron para vender anuncios, siendo ahora utilizada como ariete geopolítico.
Nos advierten sobre el auge de China y la necesidad de que Occidente despierte. Trump comparte la diagnosis de la amenaza, pero su terapia es la autodestrucción del organismo aliado. Al tratar a la Unión Europea como un competidor comercial a aniquilar con aranceles y al desdeñar el artículo 5º de la OTAN, Trump está haciendo el trabajo sucio de Pekín y Moscú. El Kremlin ha aplaudido la nueva estrategia de EE. UU. porque valida su propia visión de un mundo de esferas de influencia donde el poderoso impone su ley. En este nuevo orden, la "república tecnológica" que imaginan Karp y Zamiska corre el riesgo de convertirse en el cortijo armado de Donald Trump.
Cierto es que Karp y Zamiska han escrito un libro preocupante. Pero su remedio, una unión sagrada entre el genio técnico de Silicon Valley y el poder del Estado, ha llegado en el peor momento posible. El Estado al que deben abrazar ya no es el líder del mundo libre, sino un actor que busca desmantelar el Orden que construyeron Roosevelt y Churchill. La "república tecnológica" que nos presentan, si se consume bajo la presidencia de Trump, no será una nueva Atenas, sino una Esparta armada con misiles hipersónicos, que devora a sus aliados para saciar su sed de grandeza solitaria.
El presidente Trump en unas declaraciones recientes resumió su visión del mundo con una crudeza que bien podría ser el epitafio del sueño de Karp y Zamiska: "Mi propia moralidad. Mi propia mente. Es lo único que puede pararme. No necesito el derecho internacional". Sí eso es así, el verdadero desafío para Occidente no es solo volver a ser tecnológicamente ambicioso frente a China, sino hacerlo sin perderse a sí mismo en el intento. En el Partido Republicano y en el Valley comienzan a ser conscientes de ello.
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