Opinión

Catedrático de Astronomía y Astrofísica de la Universitat de València
La asombrosa alegría del aprendizaje
Ahora, cuando algunos partidos políticos pretenden desprestigiar esta profesión, conviene decir bien alto que los maestros y las maestras en las escuelas y los profesores y las profesoras en los institutos, cuando ejercen con pasión su profesión, nos cambian la vida

Huelga de profesores: Manifestación de docentes por el centro de València / Miguel Angel Montesinos
Cuando leí El infinito en un junco, esa joya que nos regaló Irene Vallejo hace casi siete años, hubo un capítulo que me devolvió a mi adolescencia. Ya el título del capítulo es evocador: 'Tejedoras de historias' y en él, la autora narra cómo empezó su pasión por la cultura clásica y por el griego, algo que, según dice, le iba a cambiar la vida: “Para mí, el griego empezó con voz de mujer –la voz de mi profesora de instituto–”. Al rememorar a Pilar Iranzo, su profesora, dice: “De aquellos dos años aprendiendo con ella, recuerdo el placer del descubrimiento, del vuelo, la asombrosa alegría del aprendizaje… He comprendido que hace falta querer a tus alumnos para desnudar ante ellos lo que amas; para arriesgarte a ofrecer a un grupo de adolescentes tus entusiasmos auténticos, tus pensamientos propios, esos versos que te emocionan”.
Estudié la educación secundaria (BUP y COU) en el instituto público Juan de Garay, y allí también yo experimenté lo que tan maravillosamente describe Irene Vallejo. Mucho de lo que Irene explica lo viví precisamente con mi profesora de latín en 2º de BUP, Mercedes Madrid. Su manera de presentarnos los textos clásicos y los procedimientos para traducirlos nos ayudaba a estructurar nuestra mente de manera analítica, para acabar disfrutando de las máximas de Cicerón o de las pasiones amorosas con Ovidio. Creo que, con los planes de estudio actuales, los estudiantes que optan por ciencias no tienen oportunidad de estudiar durante al menos un curso académico una lengua clásica como el latín o el griego. Es una lástima.
También mi profesor de filosofía, Vicent Alonso, me hizo descubrir todo lo que debemos al mundo clásico, incluso desde el punto de vista del desarrollo de la ciencia moderna, conectando el pasado, el período helenístico, con la revolución científica de los siglos XVI y XVII. Seguramente, la manera en que nos explicó las leyes de Kepler influyó mucho en mi decisión de estudiar matemáticas y astronomía en la universidad.
Hace años, cuando falleció uno de mis profesores de matemáticas del instituto, Joaquín D’Opazo, escribí su obituario en este periódico y en él decía: “Quedamos impregnados de su pasión por las matemáticas, sus métodos, su mirada incisiva, su innegable exigencia y su particular forma de comunicarse con nosotros y con el resto de los profesores, dotada de un ácido sentido del humor, que escondía más complicidad que distancia”.
Han pasado casi 50 años, pero todavía recuerdo los nombres de muchos de los miembros de aquel claustro de profesores y profesoras que forjaron mi manera de entender la vida: Mercedes Testal, Juan Hernández, Francisco Burguet, Adela Salvador, Guillermo Gil… (seguro que olvido a muchos más).
Ahora, cuando algunos partidos políticos pretenden desprestigiar esta profesión, conviene decir bien alto que los maestros y las maestras en las escuelas y los profesores y las profesoras en los institutos, cuando ejercen con pasión su profesión, nos cambian la vida. Su defensa actual de la calidad de la educación pública (la bajada de ratios, la mejora de infraestructuras, etc.) será recordada por sus estudiantes como un ejemplo de coraje y generosidad, ya que mucho de lo bueno que les sucederá en el futuro tendrá que ver con lo que vivieron en las aulas. Recordemos lo que escribió Albert Camus, después de recoger el Premio Nobel de Literatura, en una carta dirigida a su maestro de primaria, Louis Germain: “Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que yo era, sin su enseñanza y su ejemplo, nada de todo esto habría sucedido”.
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