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Opinión | Crónicas de la incultura

València

Quiero y no puedo

Ahora descubrimos de repente (o no tanto) que el ansia infinita de paz se ha transformado en ansia infinita de pasta

Huelga de profesores: Manifestación de docentes por el centro de València

Huelga de profesores: Manifestación de docentes por el centro de València / Miguel Angel Montesinos

La expresión "quiero y no puedo” se traduce al inglés como wannabe (contracción de “want to be”) y es el título de una canción de las Spice Girls. En alemán equivale a Möchtegern (algo así como “me gustaría”). En otras lenguas no existen equivalentes verbales y es preciso recurrir a un adjetivo sinónimo, por ejemplo, a prétentieux en francés o a aspirante tale en italiano. No, no crean que estoy dando clase. Me limito a reflexionar sobre la curiosa figura social de los advenedizos, esto es, de las personas que aspiran a parecer algo diferente de lo que son. La idea de pretender, aspirar, gustar subyace a este tipo de comportamiento social en todos los idiomas. Lo que ya no es tan común es que el deseo se cierre con una manifestación de impotencia: “quiero y no puedo”.

La expresión de marras es mucho más que un giro gracioso, representa la encarnación dolorida de un fracaso. En España hay una amplia tradición literaria construida sobre dicha idea. Por ejemplo Miau, la gran novela de Galdós, nos cuenta los esfuerzos desesperados de tres mujeres, que dependen del sueldo de un funcionario cesante, Villaamil. Las tres Miau, la mujer Pura, la cuñada Milagros, y la hija, Abelarda, disimulan todo lo que pueden, privándose de comer (¡pero no de la Ópera!), hasta que Villaamil, frustrado porque sucesivas reestructuraciones ministeriales lo dejan siempre cesante, pone fin a una situación imposible y se suicida. Conozco a muchas personas que no desentonarían en la novela galdosiana. Lo único que ha cambiado es la forma de salvar las apariencias: ahora mismo muchos quieroynopuedo del siglo XXI se entrampan en hipotecas imposibles o se pasan el día comprando cosas que no les sirven para nada en tiendas de todo a cien o se apuntan a viajes cutres amontonándose en aviones y en autobuses que los transportan fugazmente por monumentos que fotografían compulsivamente para deslumbrar a sus conocidos. Lo único que no suelen hacer es dejar de comer, como les pasaba a las Miau, aunque, eso sí, su alimentación suele basarse en congelados y procesados de mala calidad.

¡Qué le vamos a hacer, las gentes de medio pelo (otro eufemismo despectivo para designar a los quieroynopuedo) tendrían un trauma si fuesen conscientes de la cruda realidad. Entendámonos: la clase media, a la que casi todos pertenecemos, tiene estas cosas, pero lo importante es que la curva poblacional española se ha convertido en una parábola muy achatada, de forma que los desheredados son pocos y los bienestantes también. Casi todos nos movemos en un aurea mediocritas pasable regida por la ley del quiero y no puedo. Al fin y al cabo, si desapareciese el consumismo desenfrenado, ¿qué sería de todos nosotros? Pero no sé si son conscientes de que el quieroynopuedo ha salido del estricto ámbito privado para alcanzar el dominio público. En la época de Galdós sucedió lo mismo. En el fondo Miau venía a ser la novela de la Restauración, una época histórica de aparente bonanza en España que, como es sabido, acabó hundiéndose con la crisis de 1898. ¿Y ahora?

Pues miren, ahora descubrimos de repente (o no tanto) que el ansia infinita de paz se ha transformado en ansia infinita de pasta. Nuestros políticos quisieron servir a los ciudadanos (se supone), pero no pudieron, todo se reduce a eso. No se trata de cargar las tintas ni de cebarnos en uno de ellos. Lo que está pasando lleva tiempo sucediendo en otros partidos y con otros figurantes también. Y no solo en los partidos: en las grandes empresas, sus colaboradoras necesarias, ha ocurrido lo mismo. El resultado es que el imaginario social de este país ha llegado a ser sencillamente repugnante. Todo se ha vuelto apariencia de éxito y honradez, pero la realidad es que nos estamos convirtiendo en una cueva de ladrones en la que casi todos aspiran a entrar. Un ejemplo a casa nostra. Hace unos días los medios se hacían eco de que los próximos Premis Rei Jaume I serían los mejores de la historia. No me parece mal, aunque siempre he pensado que se privilegia el festorro y el numerito social antes que a los investigadores premiados. Lo que ya no me parece tan bien es que la misma institución que avala los premios, la Generalitat Valenciana, esté sosteniendo un pulso con los sindicatos docentes porque pretenden -¡a quién se le ocurre!- que los profesores ganen un poco más que los sueldos de hambre de los que vienen disfrutando (¿), como pretenden mejorar las instalaciones y disminuir la ratio de alumnos por profesor. Si no estoy equivocado (y no lo estoy: llevo toda la vida trabajando en la enseñanza), nuestros investigadores proceden directamente de centros de excelencia (en la universidad, en bachillerato, en secundaria y en primaria) sin los cuales sería muy improbable que alguien los hubiese nominado como candidatos a los Premis. Es una muestra de quiero y no puedo: al final lo que pasará es que tendremos un elenco de premiados procedentes de todo el mundo salvo de España. ¿Esto es lo que quieren? Pues nada: sigan por ahí y luego no se quejen del panorama colonialista que se nos viene encima.

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