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Opinión | Algo personal

València

Brazaletes

El pasado nunca acaba de pasar del todo. Sigue donde siempre estuvo, esperando que alguien lo despierte y nos descubra los sitios y a la gente que, para bien o para mal, lo hicieron posible.

El Racing. Sergio y Aitor con brazaletes negros.

El Racing. Sergio y Aitor con brazaletes negros. / L-EMV

Tengo aquí el disco de Rosa León. Vinilo, como los de entonces. No sé si antes o poco después del verano de 1975. Entre las canciones del LP, una de Luis Eduardo Aute: 'Al alba'. Siempre me gustó mucho esa canción. También otra que se titula 'Era' y la letra y la música las habían escrito ella misma y su marido, el cineasta José Luis García Sánchez. Pocos meses después, cuando amanecía, cinco jóvenes eran asesinados en Burgos, Barcelona y Hoyo de Manzanares. Sus nombres, vinculados al FRAP y ETA: Xosé Humberto Baena Alonso, José Luis Sánchez Bravo, Ramón García Sanz, Ángel Otaegi y Jon Paredes Manot (Txiki). Los habían condenado a muerte juicios ilegales, sin posibilidades de defensa, con las sentencias firmadas de antemano. Era el amanecer del sábado 27 de septiembre de 1975. El dictador se estaba muriendo. El crimen sellaba lo que tantas veces hemos repetido desde entonces: Franco murió matando. Al alba.

Cuando escribo el nombre de Aute me entra mucha rabia. Aún me cuesta escuchar sus canciones. Se lo he dicho muchas veces a Luis Mendo y Bernardo Fuster, los amigos que lo acompañaron tantos años en los escenarios. Ellos siempre están conmigo y con mis libros en la madrileña librería Sin Tarima, de ese otro tipo imprescindible que es Santiago Palacios. Una de las noches de la pandemia su voz salía de los balcones. O entraba en las casas desde el aire dolido de las calles. 'Al alba': una triste y desesperada historia de amor que acabó convertida en un himno contra la pena de muerte: la memoria de los jóvenes asesinados aquel amanecer en las estrofas de una canción inmortal.

Tarde de fútbol

El domingo 28 de septiembre de 1975 había partido de fútbol de Primera División en el campo del Sardinero: Racing de Santander contra el Elche. Dos jugadores del Racing saltaron al césped con brazaletes negros: el vasco Aitor Aguirre y el valenciano Sergio Manzanera. Los dos eran las figuras del equipo. Sergio había jugado en el Levante y en el València. Tenía veinticinco años y el mismo sábado, aún con el eco del crimen en medio mundo, escuchaba la Pirenaica con su compañero en la habitación del hotel donde se concentraban antes de los partidos. Era muy joven pero, según él, algo había que hacer para denunciar aquellos crímenes.

Al día siguiente, y sin que nadie sospechara nada, se pusieron en el brazo los cordones de unas botas. Con ellos estaba también el futbolista navarro Errandonea, pero en ese partido era suplente. En el descanso, la policía ocupaba el vestuario. Fuera esos cordones negros o a la comisaría de cabeza. Se los quitaron porque ya habían conseguido lo que querían. Luego, una multa que para los tiempos de entonces era astronómica. Y amenazas de muerte que no eran una broma. Todo eso lo cuenta el mismo Sergio, tantos años después, con una modestia que niega todo acercamiento heroico a lo que hicieron aquel domingo, un domingo que sigue siendo inolvidable para mucha gente. Ya sé que la democracia que tenemos está curtida en el olvido, pero lo que hicieron Sergio y Aitor es algo que por muchas transiciones desmemoriadas que vivamos no olvidaremos nunca.

Los juicios políticos del franquismo ya han sido declarados ilegales por la Ley de Memoria Democrática de 2022. Pero la Ley de Amnistía de 1977 sigue siendo un escudo protector de quienes participaron en aquellos tribunales condenatorios, de personajes que como Martín Villa, aún vivo y tan tranquilo, fueron parte fundamental de la represión durante la transición a la democracia, de los nombres que durante cuarenta años sometieron este país a una de las dictaduras más crueles de la historia universal de la infamia.

Cordones negros en la Universitat

Ahora regresa de nuestra memoria y a València aquel domingo 28 de septiembre de 1975. La compañía gallega Amorodio presentará en la Sala Matilde Salvador del Centre Cultural La Nau de la Universitat de València la obra teatral 'Brazaletes'. En ella, y según su carta de presentación, «se toma la acción simbólica de Agirre y Manzanera para vertebrar un espectáculo sobre futbolistas comprometidos en la noche más larga de la historia de la humanidad, como cantó Luis Eduardo Aute».

El pasado nunca acaba de pasar del todo. Sigue donde siempre estuvo, esperando que alguien lo despierte y nos descubra los sitios y a la gente que, para bien o para mal, lo hicieron posible. Aquel partido de fútbol, que tanta huella de dignidad dejó en nuestras vidas, no se jugará esta vez en el Sardinero cántabro, sino en la Nau el próximo viernes 29 de mayo a las siete de la tarde. Ahí, no sé si medio a escondidas porque a él le gustan poco los protagonismos, estará mi amigo Sergio Manzanera. Y también, con él, otros amigos algunos de los cuales escucharon de bien cerca los tiros de aquel maldito amanecer en la obscena negrura del franquismo.

Hermosos reencuentros

Cuando acabo de escribir esta columna, sigo con el disco de Rosa León en la cabeza. Lo he escuchado muchas veces desde hace más de cincuenta años. Pero hoy suena distinto. No sé si a lo mejor es porque 'Al alba' me llega -como por arte de magia potagia- cantada a dúo por Rosa y Luis Eduardo. De vez en cuando la aguja va a su bola y pega saltos en el vinilo. Me da igual que la aguja vaya a su bola, que se salte lo que le dé la gana en el vinilo. En un rato volverá a sonar en 'Brazaletes' y la noche más larga se habrá convertido en una luminosa señal de hermosos reencuentros. Nos vemos el viernes en la Nau, ¿vale? Ahí nos vemos.

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