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Opinión | La veleta de papel

València

Dignidad

Imagen de archivo.

Imagen de archivo. / ED

Siendo niño en l’Olleria tuve la suerte de tener un maestro digno de dicho nombre, hijo de Albalat dels Sorells: Vicente Castelló Gimeno. Este hombre intentó transmitirnos la pasión por el estudio, pero sobre todo formarnos humanísticamente en todas sus facetas de respeto y solidaridad. Quería que analizáramos cualquier asunto racionalmente y desde distintos ángulos. En una época en la que podéis imaginar las condiciones de un pueblo de montaña y escasas comunicaciones, cuando el régimen franquista todavía dominaba la sociedad; él nos enseñó los fundamentos democráticos en los que creía. Era socialista. Su cariño y esfuerzo fructificaron y mi generación tuvo en conjunto más licenciados que ninguna de las anteriores y eso fue en mucho gracias a él. Sus compañeros no lo eligieron para encabezar las listas municipales a las que se presentó y fue un gran error.

Ya jovencísimo en Xàtiva, cerca de mi casa, vivía un viejo, hombre robusto que prácticamente no salía de su (más que pequeña) casa cerca de la Plaça de la Bassa: D. José. Era un viejo socialista, tipógrafo en su tierra extremeña, de la que lo desterraron por ser socialista. Cobraba una pensión de mil pesetas que debía alcanzarle a él y a su esposa, pero tenía algunos libros. Todas las tardes me invitaba a café con leche (que nos preparaba su esposa) mientras hablaba sobre bondad, solidaridad y perdón. Nunca lo oí quejarse o hablar mal de nadie, ni siquiera de quienes lo desterraron. Llegó la democracia, se legalizó su anhelado PSOE y él mostró su serena alegría por ello. Fueron sus propios compañeros quienes le defraudaron. Aun así, él no expresó su desilusión y mantuvo como siempre sus ideales y dignidad.

Tuvimos en Museros un sacerdote, hijo de Foios, Vicente Segura Abad que para mí es uno de los mayores ejemplos de bondad que he conocido. Este hombre no poseía nada suyo, no tenía ni se lo conoció ningún enemigo, no tuvo predilecciones por este o aquel grupo de personas, nunca rechazo una invitación de nadie, no cerró jamás su puerta, no dejó sin visitar (cuando pudo) a ningún enfermo, preso o necesitado. Tenía dudas, no de fe, ahí no tenía ninguna, sino que cuando daba dinero a la gente que se lo pedía, no sabía si estaba haciendo lo correcto o estaba fomentando el alcoholismo, porque él siempre les daba. Se sentía mal personalmente si llegaba a entrarse que alguien tenía dificultades o padecía sin él saberlo para ayudarle. Los mayores ataques le llegaron desde dentro, le dolió mucho, pero no emitió queja alguna y mantuvo la honorabilidad de un gran sacerdote hasta el final.

En La Habana conocí a la brillante poeta, bailarina y mimo, Amelia Biart, que pese a las carencias que sufría (mucho menores que ahora) mantenía la alegría de vivir y la fuerza creadora de la gente caribeña. No le escuché crítica alguna y sí muchas esperanzas en sus proyectos intelectuales. No lo tenía fácil y ahora estará peor por lo que está sufriendo su país, pero imagino que seguirá siendo la misma poeta, amable y culta que era. Ella representa a muchos más (Juanita, Ángela, Fernando, Pastor…) que intentan vivir con pundonor por encima de circunstancias materiales; una dignidad radicada precisamente en el intelecto del hombre o mujer con firmeza; inherente a la propia humanidad y motor primario de convivencia y progreso.

A lo largo de la vida conocemos personas que son más importantes de lo que ellas admitirían ser, que aportan su grano de arena a la forma que tenemos de ver el mundo. Seguro que usted también conoce algunas; piénselo un momento. Ahí está la grandeza de la humanidad. Al reflexionar percibo muchísima dignidad en las personas que pese haber recibido golpes, a estrecheces, humildad y sencillez, dan mucho más de lo que tienen en extraordinaria cotidianidad. Demasiadas veces te hieren quienes creíste que eran los tuyos. Cuando observo que un poderoso indecente puede amenazar posesiones, forma de vivir, incluso la vida de personas sin más justificación (nunca la hay) que porqué me apetece apropiarme de una parte o el todo ajeno, me duele profundamente. Espero que Dios se lo pague. ¡No, a ninguna guerra!

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