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Opinión | Trencar l'enfit

Isabel Olmos

Isabel Olmos

Subdirectora de Levante-EMV

Subdirectora de Levante-EMV

Las joyas de Zapatero y el fin de la inocencia política

La posible implicación del expresidente del Gobierno en un caso de corrupción deja la sensación de que en la política española no queda ningún mito intacto

Zapatero, en un mítin en la plaza de toros de València en mayo de 2011

Zapatero, en un mítin en la plaza de toros de València en mayo de 2011 / Marga Ferrer

Lo primero que pensé cuando supe que un juez había imputado a José Luis Rodríguez Zapatero por numerosos delitos de esos sucios y asociados a la putrefacta corrupción fue: "no me lo creo". De verdad, así fue. Lo dije varias veces en voz alta. "Venga, va, cacería mayor". El presidente del Gobierno que impulsó el matrimonio igualitario, la ley integral contra la violencia de género, la ley de dependencia, la de Memoria Histórica, la de igualdad y el que retiró las tropas de Irak y anunció el cese de la violencia de ETA, no podía ser un ladrón de tres al cuarto, un gañán de esos que llega con la promesa de limpiar la administración de amantes de lo ajeno y acaba sucumbiendo al canto de sirenas del lado oscuro.

No. No podía ser. Felipe González había acabado su mandato perseguido por los escandalosos Filesa, Roldán y, especialmente, los GAL. A José María Aznar le pasó lo propio con el caso Gürtel y la caja B del PP. Mariano Rajoy no sabía ni por dónde le venían tantas vergüenzas que tenía entre Gürtel, los papeles de Bárcenas, la financiación ilegal del PP y la diáspora territorial de saqueos (entre ellos, la Comunitat Valenciana). Y Pedro Sánchez (ay, Sánchez) mira más la agenda que marcan desde las distintas instancias judiciales que la de su propio Google Calendar. Está a un paso de no poder salir ni a hacer footing sin temer el procesamiento o investigación de alguien de su entorno familiar (esposa y hermano) o afectivo-orgánico, como sus antiguos compañeros del caso Mascarillas-Koldo-Ábalos.

Y, en medio de todos ellos, estaba Zapatero. El que llegó tras la gran mentira del 11-M de Acebes y compañía, el de "celebren con contención" y el que dibujaba con el dedo su prominente ceja en la campaña electoral. Es muy curioso porque, según Google, su etapa "no estuvo especialmente marcada por grandes casos de corrupción personal comparables a otros gobiernos. La principal erosión de su mandato vino más por la crisis económica que por corrupción". Ya ven ustedes lo que son las cosas.

Pienso en todo esto mientras contemplo, atónita, la colección de collares, pendientes y pulseras que, según la UDEF, tenía el expresidente del Gobierno en su despacho. Me viene a la cabeza una imagen que luego veré en la primera red social en la que entre: Zapatero caracterizado como Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes. Cómo es la gente. Y me río y me lamento al mismo tiempo porque pienso que tantas pruebas no pueden ser inventadas y que, muchas veces, las cosas sí son como parecen; que rescatar una compañía con un solo avión era más que sospechoso y que nadie de mi entorno tiene nada en Dubái o en algún paraíso fiscal. Ni dinero, ni una empresa, ni nada.

Dice Felipe González que no ve a Zapatero con capacidad "para montar una ingeniería financiera". Y no sé si lo dice porque no le considera suficientemente inteligente o porque lo tiene como una buena persona. En valenciano hay un dicho que dice "dos vegades bo, bobo". En español no tiene traducción. Pero a mí ya me dan igual los motivos por los cuales Felipe ve incapaz a ZP de hacer algo así. Yo solo sé que no hay más daño a la credibilidad política que la corrupción. Solo Adolfo Suárez y Leopoldo Calvo-Sotelo se fueron sin, aparentemente, verse manchados por esta lacra. Y algo tendrán que hacer los partidos políticos, todos, digo yo, porque tenemos una crisis de la vivienda tremebunda, unos salarios congelados que provocan huelgas indefinidas y una abominable "prioridad nacional", abanderada por la extrema derecha, que da auténtico pavor. Como decía mi vecina el otro día: "solo faltaba Zapatero". Pues eso. Solo faltaba Zapatero.

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