Opinión
El valor político de un saludo
Cuando un responsable público deja de saludar a compañeros y compañeras, a ciudadanía, oposición o personas críticas, no solo rompe una norma básica de educación. También revela una forma preocupante de entender el poder: como algo personal, defensivo y patrimonial.
En política, a veces los gestos más pequeños dicen más que los grandes discursos. Un saludo, una mirada, una palabra breve al cruzarse por la calle o en un acto público pueden parecer cuestiones menores. Pero no lo son. En la vida democrática, el saludo expresa algo básico: el reconocimiento del otro como persona, como ciudadano, como compañero o como discrepante legítimo.
No saludar también comunica. Comunica distancia, desprecio, bloqueo o incapacidad para aceptar la diferencia y cuando quien no saluda ocupa una responsabilidad pública, el gesto adquiere otra dimensión. Porque un cargo público no representa solo a su persona, ni a su círculo cercano, ni únicamente a quienes le aplauden. Representa a una institución y, por tanto, debe estar abierto a la ciudadanía en toda su pluralidad.
Max Weber hablaba de la política como una actividad que exige pasión, pero también responsabilidad, mesura y conciencia de las consecuencias. Esa ética de la responsabilidad obliga a entender que cada gesto institucional pesa: también los silencios, también los saludos negados. Quien gobierna no puede vivir la política solo desde la herida propia, la convicción personal o la defensa de su posición. Tiene que saber que ocupa un cargo temporal, prestado por la ciudadanía y sostenido por un proyecto colectivo.
Una alcaldía, una concejalía o cualquier responsabilidad de gobierno no son una propiedad. En el caso de un partido como el Partido Socialista de Quart de Poblet, además, esas responsabilidades nacen de una candidatura, de una organización, de un programa electoral y de una tradición política basada en lo público, la igualdad, la participación y la justicia social.
Por eso resulta preocupante cuando quienes ocupan responsabilidades públicas confunden una opinión, una preocupación orgánica de su propio partido o una crítica ciudadana con un ataque personal; la discrepancia con la deslealtad; o el debate con la enemistad. Robert Dahl situó la participación y la contestación como dimensiones esenciales de una democracia real. No hay vida democrática plena si no existe espacio para opinar, discutir, discrepar y corregir.
La política municipal exige una sensibilidad especial. Se gobierna cerca, porque se decide sobre calles, servicios, colegios, comercios, asociaciones, familias y barrios concretos. Y ninguna legislatura transcurre exactamente como fue prevista. Quienes hemos estado en la gestión pública sabemos que la crisis económica de 2008 no fue una abstracción: fueron personas desempleadas entrando por la puerta, familias con miedo, hogares amenazados por desahucios y una ciudadanía que exigía ser escuchada. Después llegaron la pandemia, la guerra de Ucrania, la DANA y nuevas crisis sociales, económicas y climáticas. Todo ello demuestra que gobernar no es solo ejecutar un programa electoral; es escuchar la realidad cuando cambia, mirar a la cara a quien sufre y adaptar la acción pública a las necesidades reales de la gente.
Como ha señalado Joan Subirats, no basta con decidir en nombre de la ciudadanía: también hay que explicar, escuchar y recibir señales para corregir o modificar las políticas en curso. Esa idea es profundamente democrática y municipalista. Gobernar no es encerrarse en una posición ni convertir la responsabilidad pública en una esfera aislada. Quien gobierna debe mantener abierta la relación con la ciudadanía, con la oposición democrática y también con la organización política que ha hecho posible ese gobierno. La parte institucional y la parte orgánica deben dialogar, escucharse y mantener una mínima sincronía, porque el partido, la agrupación y la militancia son también un termómetro de la sociedad.
Cuando se rompe el saludo, se corta la escucha
Cuando se rompe el saludo, se rompe algo más que una forma de cortesía: se corta la escucha, se bloquea el diálogo y se debilita el vínculo entre el cargo, el proyecto político y la ciudadanía.
Saludar no significa estar de acuerdo. No significa renunciar a las diferencias. Significa reconocer que el otro existe y que merece respeto. Hannah Arendt entendía la política como un espacio de pluralidad, donde las personas aparecen ante los demás, hablan, actúan y construyen mundo común desde sus diferencias. Sin ese reconocimiento mutuo, la política se empobrece y se convierte en trinchera.
Cuando un responsable público deja de saludar a compañeros y compañeras, a ciudadanía, oposición o personas críticas, no solo rompe una norma básica de educación. También revela una forma preocupante de entender el poder: como algo personal, defensivo y patrimonial. Como si la institución fuera una extensión del ego. Como si el cargo autorizara a elegir quién merece ser reconocido y quién puede ser apartado simbólicamente.
La responsabilidad pública exige exactamente lo contrario: altura, apertura, templanza y capacidad de convivir con la crítica. La política útil necesita menos victimismo y más responsabilidad; menos bloques cerrados y más diálogo; menos rencor y más educación democrática. Porque quien no es capaz de sostener un saludo difícilmente podrá sostener una política abierta, plural y verdaderamente al servicio de todos y todas.
Juan Medina es Politólogo y militante Agrupación Socialista de Quart de Poblet. Es consultor en estrategia urbana, gobernanza y adaptación climática. Ha sido concejal en esta población y cuenta con una amplia experiencia en políticas públicas, participación ciudadana, desarrollo urbano sostenible y proyectos europeos vinculados a la transformación de las ciudades.
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