Opinión
El suelo humano

Regularizacion extraordinaria de migrantes en València
Hay épocas en las que el miedo económico acaba convirtiéndose también en miedo humano. Hoy la sociedad mira al cielo igual que lo hace a su trabajo; con esperanza y, a veces, sin saber muy bien qué es lo correcto.
El mercado laboral se mueve a ritmos vertiginosos, un individualismo creciente y una economía cada vez más acelerada alimentan una frenética carrera capitalista que arrastra sentimientos que parecían encerrados en el cajón de la memoria colectiva de nuestro país.
Para comprender la realidad que vivimos, es vital que empecemos a distinguir entre xenofobia y aporofobia, es decir, en este último término, el rechazo a las personas pobres.
Y es que, en lo profundo, muchas veces no tememos al que viene de fuera, tememos nuestra propia fragilidad económica. La posibilidad de caer, de descender socialmente, de encontrarnos en algún momento de nuestras vidas en situación de pobreza, y quizá por eso, preferimos apartar la mirada de la pobreza, aunque en lo más hondo de nuestro ser lo que deseamos es algo bien distinto; ayudarles.
Desde que se anunció la regularización de migrantes en España, los discursos anti-migratorios de sectores se escudan en un viejo nacionalismo del siglo XX y apelan precisamente a ese miedo a los pobres para crear un nuevo discurso xenófobo. Y es precisamente aquí donde empieza a producirse algo inesperado y revelador; cuando una sociedad se deshumaniza, las tradiciones que todavía conservan lenguaje sobre la dignidad humana terminan reconociéndose entre sí.
Durante décadas, el movimiento obrero y la fe se observaron con desconfianza. El sindicalismo de clase observaba la religión como una herramienta de resignación; parte de la Iglesia, por su parte, sospechaba del conflicto social y del lenguaje revolucionario. Y, sin embargo, más de un siglo después, empiezan a reencontrarse precisamente allí donde la sociedad más se deshumaniza: en la protección del vulnerable.
En las últimas semanas, Valencia empieza a mostrar una convergencia llamativa que invita a la reflexión. Cáritas alertando contra la deshumanización del migrante, Cristianos socialistas reflexionando sobre la regularización, y la próxima semana, UGT (FeSMC-CV) impulsa Empezar de cero, una jornada de acogida y reinicio, sobre todo para quienes llegan de fuera. Quizá no sea casualidad que sindicatos, partidos y parroquias comiencen a compartir el mismo suelo humano, aunque hablen idiomas distintos.
En realidad, lo que está ocurriendo es algo mucho más profundo. Asociacionismo, sindicalismo y fe están destinados a navegar juntos en un mar embravecido por el miedo y el odio, en la búsqueda conjunta de lo más valioso: recuperar la dignidad del otro.
Tal vez ese sea el verdadero punto de encuentro entre fe, partidos y sindicatos: recordar que una sociedad solo empieza a perderse cuando deja de mirar a las personas como lo que realmente son: seres humanos.
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