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Opinión

Jurista y Agente de Igualdad

La violencia de género en los tiempos del cólera

Vox ha llevado al Senado una moción que no es una simple discrepancia política ni una crítica parcial a determinadas leyes. Es algo mucho más grave: una ofensiva frontal contra todo el sistema institucional de protección de las víctimas de violencia de género

La violencia de género deja 56 huérfanos en 2023.

La violencia de género deja 56 huérfanos en 2023. / EFE

Gabriel García Márquez escribió El amor en los tiempos del cólera para retratar cómo el amor podía sobrevivir incluso en medio de la enfermedad, el miedo y la decadencia. Hoy, en España, asistimos a una perversión de esa metáfora: la violencia de género en los tiempos del cólera político. Un cólera alimentado por el odio, la desinformación y el oportunismo ideológico de quienes han decidido convertir los derechos de las mujeres violentadas en un campo de batalla electoral.

La semana pasada, Vox llevó al Senado una moción que no era una simple discrepancia política ni una crítica parcial a determinadas leyes. Era algo mucho más grave: una ofensiva frontal contra todo el sistema institucional de protección de las víctimas de violencia de género construido en España durante las últimas dos décadas. La propuesta exigía derogar la Ley Integral contra la Violencia de Género, eliminar el Ministerio de Igualdad, repudiar el Pacto de Estado contra la Violencia de Género, suprimir ayudas vinculadas a políticas de igualdad y desmontar buena parte del entramado público de protección y prevención. 

Su objetivo: destruir, obviando que desde 2003 hay 1.363 mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas, todo lo que desde el movimiento feminista y los gobiernos progresistas se ha construido con tanto esfuerzo, todo aquello que nos hace ser un país orgulloso de nuestra respuesta ante la barbarie del machismo.

Porque detrás de cada ley, de cada juzgado especializado, de cada protocolo policial o de cada recurso de atención psicológica, hay mujeres amenazadas, golpeadas, humilladas o asesinadas. Hay menores que crecen en hogares atravesados por el terror, o que quedan huérfanos porque un asesino decidió que su pareja no tenía derecho a vivir. 

La violencia de género no es una invención ideológica. Es una realidad brutal que ha dejado miles de víctimas en nuestro país. Negarla o relativizarla deja más indefensas a quienes la sufren.

Vox no propone corregir posibles errores del sistema. Propone dinamitarlo entero

Y resulta inquietante la estrategia que se esconde detrás de este discurso. Vox no propone corregir posibles errores del sistema. Propone dinamitarlo entero. Y lo hace utilizando un lenguaje cuidadosamente diseñado para sembrar sospechas sobre las víctimas, desacreditar las políticas de igualdad y presentar la protección de las mujeres como una supuesta amenaza para los hombres.

Ese relato es profundamente turbador. Porque cuando desde las instituciones se cuestiona la existencia misma de la violencia machista, se envía un mensaje devastador a las víctimas: “No te creemos”, “estás exagerando”, “tu sufrimiento forma parte de una manipulación ideológica”. Y ese mensaje tiene consecuencias reales. El miedo a denunciar aumenta. El aislamiento se profundiza. La impunidad encuentra terreno fértil.

¿Puede alguien llamarse demócrata mientras pacta con quienes niegan una violencia reconocida internacionalmente?

La democracia no consiste únicamente en votar cada cuatro años. También implica defender un marco ético básico de convivencia y de derechos humanos. Y ahí es donde aparece la gran contradicción de nuestro tiempo: ¿puede alguien llamarse demócrata mientras pacta con quienes niegan una violencia reconocida internacionalmente y cuestionan las herramientas para combatirla, sin incurrir en una renuncia moral?

La pregunta no es retórica. Porque la normalización política de la ultraderecha tiene efectos concretos. Cada pacto institucional, cada cesión discursiva y cada silencio cómplice contribuyen a blanquear ideas que hace apenas unos años resultaban impensables en el debate público. 

No basta con decir que se discrepa “en algunas cosas”. La violencia de género no es una cuestión secundaria dentro de un programa electoral. Es un termómetro democrático. Una línea roja que separa a quienes entienden la igualdad como un derecho irrenunciable de quienes la consideran un obstáculo ideológico que debe ser eliminado.

Resulta significativo que Vox quedara completamente aislado en su rechazo total al Pacto de Estado contra la Violencia de Género. El resto de fuerzas políticas, con matices y diferencias, defendieron su continuidad. Porque existe una evidencia incontestable: las políticas públicas salvan vidas. Los juzgados especializados, las órdenes de protección, los recursos de atención y la coordinación institucional son herramientas imprescindibles frente a la violencia estructural que sufren las mujeres por el hecho de ser mujeres.

Hay algo especialmente cruel en el clima político actual. Mientras las cifras de mujeres asesinadas siguen golpeando cada año nuestra conciencia colectiva, algunos han decidido utilizar el dolor como combustible electoral. Se alimenta el resentimiento, se caricaturiza el feminismo y se trivializa el sufrimiento de miles de mujeres para movilizar votos desde la confrontación emocional.

Frente a ello, la democracia tiene la obligación de reaccionar. La historia enseña que los derechos nunca desaparecen de golpe. Se erosionan lentamente. Primero se cuestionan. Después se ridiculizan. Más tarde se recortan. Y finalmente se normaliza su desaparición. Por eso conviene no subestimar este tipo de discursos. 

En El amor en los tiempos del cólera, García Márquez hablaba de la persistencia del amor frente a la enfermedad. Hoy toca reivindicar otra persistencia: la de la democracia frente al odio, la de la verdad frente a la manipulación y la de la dignidad frente a quienes pretenden convertir el sufrimiento de las víctimas en una oportunidad política.

Ese es el verdadero cólera de nuestro tiempo: el odio convertido en estrategia política.

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