Opinión | Tres en línea
¿Tú también, Arcadi?

El Ministro de Hacienda, Arcadi España / José Luis Roca
Vivimos en todos los órdenes (el político, el social, el económico…) una etapa de fin de ciclo. En España, quizá porque el entendimiento ha sido siempre la excepción y la polarización (incluso tan extrema como para llegar a una guerra civil) la norma, los fines de ciclo han sido habitualmente tumultuosos. A Adolfo Suárez, al que Alfonso Guerra llamaba en el Parlamento tahúr y unas cuantas y peores cosas más, no le bastó ni siquiera con dimitir para evitar que unos cuantos espadones, por fortuna más patéticos que profesionales, intentaran con las armas acabar con la democracia, apoyados por lo que entonces llamábamos los ‘poderes fácticos’ y ahora se confunde con ‘la fachosfera’. El golpe fracasó pero el partido que Suárez había fundado para liderar con él el camino hacia la Democracia desapareció en apenas unos meses. Después vino el triunfo arrollador de Felipe González pero también su final, con el GAL, el escándalo de Roldán y el del gobernador del Banco de España, un ministro dimitiendo un día y otro al siguiente mientras Aznar repetía aquella cansina cantinela del ‘paro, despilfarro y corrupción’ o el famoso ‘váyase, señor González’ fue tan agónico que la derrota supuso para él, según confesión propia, un alivio en vez de un castigo.
Y aun con todo, Aznar sólo pudo ganar, como tituló su portada a toda plana El Periódico, ‘por un pelo’, y luego acabó probando su propia medicina. La primera legislatura fue la del reparto de las empresas públicas entre compañeros de pupitre y las cesiones sin tasa a Pujol, hasta acabar sacando de las carreteras catalanas a la Guardia Civil. La segunda produjo algunos de los momentos más vergonzosos de la democracia española: ese presidente cayendo en la humillación de referirse a ETA como el Movimiento Vasco de Liberación Nacional (el vídeo de aquella entrevista en RTVE pueden encontrarlo fácilmente). El accidente del Yak 42 en el que se produjo la mayor mortandad de militares fuera de una acción de guerra: 62 fallecidos a cuyos familiares no fueron capaces de darles explicación ni consuelo y les entregaron los restos mezclados. La egolatría elevada a la máxima potencia con aquella boda de su hija en El Escorial, con oropeles de infanta. El desastre del Prestige, con el chapapote tiñendo de negro las playas mientras el Gobierno hablaba de ‘hilillos’. Dos de sus tres vicepresidentes, Álvarez Cascos y Rodrigo Rato, procesados, y el último de ellos cumpliendo hasta hace nada pena de prisión. La foto de las Azores, la chulería de aquellos pies encima de la mesa para parecer que compadreaba con Bush, la maldita guerra de Irak en la que nos metió en contra de la opinión de todo el pueblo español. Y la mentira tras el mayor atentado yihadista cometido en suelo europeo: 191 muertos, que se empeñó en adjudicar a ETA porque su principal asesor le había convencido de que si admitía que había sido Al Qaeda el PP perdería las elecciones.
Las perdió, claro, con sus sedes rodeadas de manifestantes alentados por el PSOE el día de reflexión. Un exceso, que más tarde se volvió contra los socialistas, a los que ahoran les rodean las sedes los de Vox. Y otro final tremebundo, tras el que llegó Zapatero, al que ya me refería aquí la pasada semana cuando se convirtió en el primer político español en ser imputado habiendo desempeñado la presidencia del Gobierno. Un ZP, ya lo dije, que convirtió España en uno de los países más avanzados en derechos civiles del mundo durante su primera legislatura, pero perdió el oremus en la segunda ante la gravedad de una crisis económica que no supo reconocer ni combatir. Y que, por añadidura, también sentó las bases del ‘procés’, que tanto tensionó y sigue tensionando el país, con aquella promesa de que todo lo que aprobara el Parlamento catalán sería ratificado por el Congreso. Así que Zapatero, transmutado para muchos de bambi en ogro, se tuvo que ir dejando como otra de sus herencias el 15M, del que nació Podemos, y un incipiente Ciudadanos, que luego pasaría de la política catalana a la española. Ambos, Podemos y Ciudadanos, prometieron lo contrario de lo que luego hicieron, así que resultaron, dicho sin ambages, una estafa, pero el rastro que dejaron Iglesias y Rivera, más allá de la coyuntura internacional, explica también por qué hoy tenemos a la ultraderecha tan crecida.
Otro final de ciclo, pues, el de Zapatero, igualmente envuelto en sobresaltos, en medio de escraches y desahucios, tras el que aconteció Rajoy y todo lo que ustedes ya saben: Villarejo, Cospedal, Fernández Díaz… Un ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, que machacó a los más vulnerables y destrozó a las clases medias con las mismas leyes que está acusado de utilizar para enriquecerse personalmente, y un ministro del Interior que puso al aparato del Estado a trabajar al servicio del PP para acabar con sus rivales. Con Rajoy se completó de nuevo el estribillo con la corrupción, que siempre, presidente tras presidente, ha estado en la antesala de los despachos esperando su momento, en la seguridad de que antes o después ese momento se producirá. Y Cataluña vivió un estado de agitación como sólo en la República, o en tiempos del de Olivares, se había visto. De donde el PP resultó el primer partido condenado por corrupto en sentencia firme mientras la nonata independencia catalana abría todos los informativos del mundo. Toma legado.
Y en eso llegó Pedro Sánchez y mandó parar. Ganó la primera moción de censura de la historia para acabar con la corrupción, pero sentó en el Consejo de Ministros y le dio la llave del partido paradójicamente al que hoy está siendo juzgado como corrupto, José Luis Ábalos. Cuando no le quedó más remedio, lo sustituyó por quien hoy comparte banquillo por ser el auténtico cerebro de esa trama, Santos Cerdán. Y entre tanto rehabilitó como referente moral del PSOE a Zapatero, que hoy se enfrenta también a serios indicios de haberse corrompido. Un ‘referente moral’ de la socialdemocracia cuyo mérito era, para pasmo de quien no esté dispuesto a admitir que ‘Uno de los nuestros’ no es un eslogan progresista sino el título de una película sobre los cimientos de la mafia, mantener excelentes relaciones con regímenes autocráticos como el de la Venezuela de Maduro o la China de Xi Jinping.
Pero no han sido esos sus únicos errores. Con un discurso en apariencia federal, Sánchez ha sido el presidente más centralista que ha tenido España y el secretario general más corrosivo que ha tenido el PSOE. Y ahora, la trama en la que él mismo se ha envuelto no tiene salida. Y la estrategia política que ha seguido, destrozando las organizaciones territoriales del PSOE y sustituyendo sus líderes por ministros de su Gobierno que ahora tienen que cargar con sus pecados y arrastrar con ese lastre a su partido comunidad tras comunidad, ya se ha visto (en Andalucía, en Aragón…) lo errada que estaba. Pero ya no tiene marcha atrás. Un veterano exdirigente socialista, utilizando un símil tan ‘viejuno’ como certero, lo comparaba hace tiempo con aquel tipo que metió el pie en la vía del tranvía y el tacón del zapato se le quedó encajado. «¿Y ahora qué?», le preguntó un amigo. «Pues a cocheras», le respondió él. Podría simplemente haberse descalzado, pero al personaje de la anécdota eso era algo que ni se le ocurría. No concebía otra cosa que seguir enganchado a la vía hasta el final. Como Sánchez.
A estas alturas, cuando este artículo ya está acabando, quienes hayan tenido la generosidad de llegar hasta aquí quizá se estén preguntando a qué viene este rollo. Pues viene al convencimiento de que los historiadores tienen la obligación de fijar los hechos pero, entre tanto, los periodistas tienen la de aportar contexto. Que todo lo terrible en términos políticos que estamos viviendo ya lo hemos pasado con anterioridad una y otra vez, en un país del que la derecha se cree su dueña y la izquierda está convencida de que toda la razón está siempre de su parte. Y en el que todos los políticos, sean del lado que sean, en cuanto llegan a Madrid interiorizan que la guerra civil nunca acabó, simplemente se libra de otra manera pero en los mismos frentes.
Ha dicho Óscar Puente que nos encontramos nada menos que ante un golpe de Estado que usa a jueces, fiscales y policías para acabar con el Gobierno. Como si esa utilización de los poderes y aparatos del Estado no lo hubiéramos visto antes, por parte de todos. Como si esas ‘coincidencias’ que él señala, a modo de acciones coordinadas con el fin último de sacar a Sánchez de La Moncloa, no se hubieran dado antes con los actores cambiados. Pero a mí no me preocupa Puente, porque no recuerdo a ningún político que haya hecho de matarife y no haya acabado pagando con su carrera los excesos a los que ese papel le obliga. Lo que me aterra es ver a otro de sus compañeros de Consejo, el nuevo titular de Hacienda, Arcadi España, saliendo a hacerle los coros. Porque estamos en un fin de ciclo tan colosal como todos los que hemos visto antes, en el que después de un mandato de la izquierda (el más largo, por cierto, tras el que protagonizó Felipe González desde 1982 a 1996) el péndulo inevitablemente virará a la derecha. Eso va a ocurrir, da igual si Sánchez convoca las elecciones antes o después. Pero para esa travesía del desierto que le espera al PSOE a continuación hacen falta dirigentes sensatos. Que sepan defender sus principios con firmeza, pero sin necesidad de escupirlos. Creíamos que Arcadi España lo era. Por el bien de todos, así sean propios como adversarios, esperemos no habernos equivocado.
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