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Opinión | En el barro

València

Dos buques al choque deslumbrados por el poder

Uno de los rasgos de este tiempo es la compleja posición del PP, que se debate entre ser el último valedor del Estado del bienestar y abrazar la motosierra: quizá es el gran debate de los próximos meses y años o quizá ya es pasado y no se ha anunciado

Policías y periodistas, esta semana ante la sede del PSOE en Madrid.

Policías y periodistas, esta semana ante la sede del PSOE en Madrid. / Borja Sanchez-Trillo

A principios de año me tocó hacer vida de hospital durante unos días. Desde la ventana veía en uno de los rascacielos icónicos de la ciudad una gran bandera española, colgada en el balcón de un piso alto. Tenía en el centro una inscripción, pero ilegible a tanta distancia. Lo intenté en días claros, con gafas, pero nada. La curiosidad me pudo y, cuando me iba, me acerqué al edificio. “Una, grande y libre”. El lema fascista, en letras inmensas, en el balcón de un inmueble caro de València. ¿Qué puede llevar no solo a desnudar un mensaje así, que representa una dictadura represora y autoritaria, sino a exhibirlo y ensalzarlo con orgullo? Me lo sigo preguntando mientras nos sumergimos en el tiempo arisco en el que estamos.

La prioridad nacional es el latiguillo que domina los días. La ultraderecha no para de repetirlo, porque sabe que la repetición convierte en normal lo anormal y es la base para la asimilación de un concepto. Pero el nuevo lema reaccionario es también una venda y un anzuelo con el que despistar. Al lado de este debate, lo importante es cómo en estos últimos tres años hemos profundizado en una agenda ultraliberal que no es autóctona. Es la que viene de los tiempos de Margaret Thatcher en Gran Bretaña, amplificada por los sucesivos gobiernos conservadores posteriores y que ha dado lugar a cosas tan impensables como el Brexit, un presidente pretrumpista como Boris Johnson y el actual dominio de una fuerza ultra con un líder histriónico al frente.

Pérez Llorca, ayer, en la presentación de los Presupuestos de 2026.

Pérez Llorca, ayer, en la presentación de los Presupuestos de 2026. / Europa Press

Con la suavidad de las aguas mediterráneas, los carriles centrales sobre los que viaja la política de la Comunitat Valenciana son parejos. El esquema de menos impuestos, menos espacio de lo público (en la medida de lo posible), avance de la traslación de responsabilidades públicas a manos privadas (colaboración público-privada es el nombre bonito), menos sindicatos, menos Europa y más nacionalismo (español), ya sea a modo de prioridad o de arraigo, es el que opera en esta etapa de alianza de PP y Vox. Y es en su esencia la doctrina ultraliberal (con menos aristas, eso sí) que se ha impuesto en el Reino Unido y que es la gasolina de la motosierra de Milei y las políticastrumpistas, solo que lo que aquí, insisto, es cirugía fina, allí es dinamita y una bola de derribar rascacielos. En España lo más parecido es el Madrid de Ayuso de la libertad individual por encima de todas las cosas, lo que dice bastante de la compleja posición del PP, que se debate entre ser el último valedor del Estado del bienestar y abrazar la motosierra (quizá es el gran debate de los próximos meses y años). Pero reitero, me refiero más a principios (a una solidaridad tributaria que se va erosionando y, con ello, va fraguando una mayor desigualdad) que a cifras concretas.

Más allá del fogonazo obligado en la educación, las cuentas de 2026 son de contención y de freno de la inversión pública

Porque se acaban de presentar los presupuestos de la Generalitat y usted dirá que, precisamente, Educación y Sanidad (el meollo de lo público) son las partidas que más crecen. Y sí, pero hay que tener en cuenta dos elementos a la hora de evaluar. Uno, que los números de Educación son fruto ya de tres semanas de huelga de profesores e incluyen los compromisos que se han ido adquiriendo. Y otro, que la Comunitat Valenciana es aquella en la que el aumento de población es más pronunciado, por lo que los indicadores válidos no son los presupuestos globales, sino las cifras por habitante. Y con esa variable, los incrementos se diluyen. En general, más allá del fogonazo obligado en la educación, las cuentas de 2026 diría que son de contención y de freno de la inversión pública tras la reconstrucción por la dana.

Vista así, la protesta de los docentes aparece como el reflejo de la tensión entre el modelo del bienestar, ya raído tras la crisis financiera de 2008, y las doctrinas ultraliberales que se van haciendo cada vez más fuertes en Europa en la medida que la ultraderecha gana espacio. Una ultraderecha que, paradójicamente, busca su caladero de crecimiento en los nuevos desheredados de esa sociedad del bienestar y promete un nuevo mundo de riqueza a partir de la reducción de lo público a la mínima expresión.

Lucha de modelos. Lucha de gigantes. Así parece este tiempo. Eso pensaba el otro día al poner la tele aún con el pijama encima y ver que de los 30 minutos del informativo, 17 se iban en noticias de casos judiciales que afectan al poder: al actual o al anterior, de un color y otro. Quiere decir que tenemos un país entre las togas y sin proyectos o donde, si los hay, no cuentan.

Visto el estallido de la última investigación al PSOE, con el extraño personaje de Leire Díez y el empresario Pérez Dolset por ahí, con lo que representa de audios oscuros y conspiraciones de poderes profundos; vista la carne que Óscar Puente ha puesto en el asador, con persecuciones y tramas contra el Gobierno, y vista la madera puesta a arder en las calderas televisivas y radiofónicas, veo dos buques utilizando todo su arsenal judicial y mediático uno frente a otro. Dos torpederos deslumbrados por el poder a los que solo les queda chocar. Con el riesgo de que no quede casi nada después.

Quizá, como mucho, alguien que saque la bandera con el ‘Una, grande y libre’.

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