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Opinión

València

Una máquina tenebrosa

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante su comparecencia este miércoles desde el Vaticano tras su audiciencia con el Papa León XIV.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante su comparecencia este miércoles desde el Vaticano tras su audiciencia con el Papa León XIV. / Fabio Frustaci / ZUMA PRESS

Mientras que el Papa León XIV, tras la publicación de “Magnifica Humanitas”, que denuncia con claridad la IA como técnica de dominio, de poder y de guerra -la analizaré la semana que viene-, recibe a Pedro Sánchez con inequívoca simpatía, la embajada norteamericana manda al juez Calama todo lo que sabe sobre el caso Zapatero. Lo que sepa esa embajada dependerá de muchas cosas, pero no hay que excluir que Delcy Rodríguez relate a quien corresponda lo que este quiera oír. Algunas compañías no pueden traer nada bueno. Mientras Sánchez prepara en Roma la visita del Papa a España, el juez Peinado cita durante uno de esos días a la Sra. Gómez, en una vista preliminar amenazante, supongo que ante las insistentes amenazas de que la esposa del presidente de Gobierno se fugue de la justicia en alguna maleta de la delegación romana.

Cuando vemos las cosas en su conjunto, descubrimos que estamos llegando a una situación que puede reconocerse como una movilización total y coordinada por tierra, mar y aire contra Sánchez. Excepto matar, todo está permitido. Por ahora. De nuevo el estilo psíquico castizo, la saña, se deja ver en los rostros tensos. Entre las formas del psiquismo, esta de la saña tiene cualidades que merecen una descripción pormenorizada. Es una peculiaridad humana, sin duda, puesto que la concentración de todas las energías psíquicas y orgánicas en el odio continuo y destructivo de alguien no es cosa que conozcan los animales. Poner todas las fuerzas vivientes, día tras día, al servicio de humillar, como si ese fuera el fin último de la vida, elevar ese acoso a objetivo de la existencia, con frialdad, eso es nuestra especialidad.

La peor es la saña de los subordinados. Ellos tienen que mostrar a sus dueños una intensidad de odio y crueldad que los ponga a cubierto de toda duda acerca de su fidelidad al amo. Ahí emerge la especifica saña hispana actual. La movilización total en la que estamos no tiene su centro de operaciones aquí. Una vez más, como en otros tiempos, España es el frente de una guerra internacional en la que opera como eslabón débil y fuerte a la vez. Para nuestro pesar y nuestro orgullo, nos hemos convertido en un símbolo de libertad política que hay que destruir de forma ejemplar. Hoy todas las cancillerías europeas ven en el acoso y derribo de Sánchez un ejemplo de lo que le puede pasar a quien tenga una posición clara contra Israel o contra Trump. El temible arsenal de los servicios de inteligencia más imponentes del mundo puede llegar a un practicante de las infames covachuelas, a los medios amigos y a las redes de sus máquinas, para tumbar la figura de un presidente democrático.

Quien admira a Putin -como Trump - no debe extrañarnos que haga lo que Putin. Hasta ahora este era el maestro de la injerencia y la intoxicación, de la desestabilización y la desinformación. Hoy las democracias europeas tienen que estar muy pendientes de lo que viene del otro lado. Que los papeles Epstein hayan sido eficaces para matar a Starmer resulta llamativo. Tanto como que Trump eleve a fiscal general a uno de los que aparece en esos papeles. Quien no se dé cuenta de que estamos en guerra, no se hace cargo de la situación. Eso significa ante todo que nadie puede pasearse con una diana en el pecho. Quejarse de que ya no hay diferencia entre la zona pública y la privada, entre la moral y la política, entre la incoherencia y la ilegalidad es ignorar la índole de la batalla en la que estamos y la crudeza de la rabia que albergamos. Que se usará toda la gama de insinuaciones y todas las zonas grises para destruir al enemigo, nadie debe dudarlo.

La solución no solo pasa por saberlo, sino por trabajar con limpieza y sacrificio, demostrando un coraje y una voluntad que a veces tiene que alcanzar la esfera de lo sobrehumano para resistir esta saña mugrienta. Tenemos que romper la maldición y tenemos que hacerlo en las circunstancias más difíciles. Todos los gobiernos españoles, excepto el de Zapatero, desde Felipe González a Mariano Rajoy pasando por Aznar, cayeron en medio de una corrupción insoportable, impropia, grotesca, generalizada, que afectaba a ministerios fundamentales. Ábalos, que pertenece a los viejos tiempos con una fidelidad obstinada, no puede igualar aquellos tiempos nefastos. Vistos desde la distancia, los gobiernos Sánchez, tras ocho años de mandato, han sido más limpios que cualquiera de sus antecesores. Pero para romper una maldición secular y un presente de lobos furiosos hay que hacer un esfuerzo más.

Sánchez no debe su gobierno a Zapatero. No depende de él. Lo que soporta el gobierno de Sánchez no es la retórica de Zapatero, sino que todavía hay muchos grupos políticos que no pueden estar del lado de los subalternos de Trump en esta guerra. Ellos son conscientes de que no estamos en un alternancia normal de la democracia. Estamos ante una alternancia que puede destruir nuestra democracia y el proyecto europeo. Y lo único que uno no comprende es que ante esta batalla todas las demás no sean aparcadas expresamente. No habrá independentismo cuando gane Vox, ni proyecto europeo, porque no habrá democracia. El frente está ahí. Y quien no aparque resentimientos, heridas, protagonismos, errores, obsesiones y querellas para identificar la causa de la defensa de la democracia social y el Estado de derecho, con los mundos de la vida que todavía defendemos bajo él, no será sino un silencioso y cobarde cómplice de esta máquina insensata, alimentada por una mentalidad tenebrosa.

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