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Opinión | Bolos

Director de Levante-EMV

El problema del PSOE ya no es la resistencia, sino la reconstrucción

El desgaste de Pedro Sánchez anticipa un cambio de ciclo y reabre el debate sobre la falta de relevo ordenado y de discrepancia interna en los grandes partidos

El papa León XIV recibió el miércoles la visita de Pedro Sánchez

El papa León XIV recibió el miércoles la visita de Pedro Sánchez / Servizio Fotografico Vaticano / Dicastero per la Comunicazi

No hay encuesta que compense tanto desconsuelo general y socialista en particular. Hablar con alguien de la dirección del PSOE se parece a asistir a un duelo anunciado, pese a que el desenlace era previsible tras una larga agonía política. Son habituales las referencias a la trayectoria del finado y a los asuntos que deja pendientes. En esa situación se encuentran Pedro Sánchez, su Gobierno y el partido que lo sustenta, porque el bloque de legislatura ya está roto. Por mucho sondeo favorable, público o privado, y por mucho cierre de filas, el cambio de ciclo parece inminente.

La asignatura pendiente de nuestra política sigue siendo una salida ordenada de los cargos de responsabilidad, desde el ámbito municipal hasta la Presidencia del Gobierno, pasando por el resto de instituciones. Basta repasar los finales de Adolfo Suárez —repudiado por los suyos y con un intento de golpe de Estado de fondo—; Felipe González —acosado por los escándalos de corrupción—; José María Aznar —marcado por la guerra de Irak y el 11-M—; José Luis Rodríguez Zapatero —por la crisis económica—; y Mariano Rajoy —por la moción de censura— para concluir que Pedro Sánchez completará la lista de mandatos con un final traumático.

La Comunitat Valenciana tampoco ha escapado a esa dinámica. Tras el inicio tranquilo de Joan Lerma, Eduardo Zaplana construyó un relevo pactado con Francisco Camps que terminó como muchos anticipaban, pese a las posteriores absoluciones judiciales de este último. Alberto Fabra lo tuvo todo en contra, mientras que Ximo Puig pecó de ingenuidad cuando dejó de atender los indicios que anunciaban un cambio de tendencia.

La explicación de por qué los dos grandes partidos han sobrevivido a estas turbulencias y a la competencia creciente de sus extremos radica en su implantación territorial y en una militancia capaz de sobreponerse incluso a los errores más graves de sus dirigentes. ¿Hasta cuándo? Esa es la cuestión. Porque ahora, con Sánchez, como antes con Rajoy, sigue faltando una discrepancia pública cuando aparecen los primeros síntomas de desgaste, así como mayores niveles de democracia interna que refuercen la credibilidad de las organizaciones.

El sanchismo pasará, igual que pasó el felipismo y antes el aznarismo, aunque por el camino se pierdan importantes dosis de confianza colectiva. Que Sánchez resistirá hasta donde pueda es algo sabido; lo que pocos en el PSOE mencionan es que cada día que pasa dificulta más la reconstrucción posterior. Las defensas cerradas de un líder políticamente agotado son señales de un final próximo.

El socialismo valenciano nunca supo aislarse del ruido madrileño, y el Consell de Lerma, probablemente el más honrado de la serie, se vio arrastrado por el descrédito de Felipe González, hoy convertido en referencia para algunos de quienes contribuyeron a su defenestración. Ahora, con dos ministros en el Gobierno de Sánchez, con las números tres y cuatro del partido en Ferraz y con la herencia política de la etapa de José Luis Ábalos todavía presente, resulta difícil construir un discurso diferenciado. Solo queda calibrar el alcance del arrastre que provocará la caída de Sánchez, dentro y fuera del PSPV.

Mientras tanto, Juanfran Pérez Llorca ejerce una presidencia que, pese a la gestión de la dana y ahora al conflicto educativo, apenas parece erosionar la solidez del bloque del Consell, porque buena parte de lo que pierde el PPCV acaba reforzando a Vox. Eso sí, la situación todavía puede empeorar.n

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