Opinión

Directora del grupo de meteorología y climatología del Centro de Estudios Ambientales del Mediterráneo.
Cuando el calor se instala en nuestras vidas

Imagen de archivo de calor en València. / Francisco Calabuig
El calor ya no es solo una sensación asociada al verano. Es una condición climática cada vez más presente, más prolongada y con efectos directos sobre la salud, el territorio y la actividad económica.
Estos días, en pleno mes de mayo, Europa y otras regiones del planeta vuelven a experimentar temperaturas anómalamente elevadas. No se trata únicamente de que haga calor antes de tiempo. Lo relevante es lo que este calor temprano nos indica: que el clima en el que vivimos está cambiando con rapidez y que muchos de nuestros sistemas —ciudades, infraestructuras, calendarios laborales, planificación sanitaria o gestión del agua— fueron diseñados para unas condiciones que ya no son exactamente las actuales.
El verano se acerca de nuevo, pero cada vez menos como una estación acotada y más como un periodo térmico ampliado. Empieza antes, termina más tarde y ocupa más espacio en nuestras vidas. En el Mediterráneo, esta transformación no es una impresión subjetiva. Es una evidencia científica: las temperaturas aumentan, las olas de calor son más frecuentes, más intensas y más persistentes, y la exposición al calor se prolonga durante más semanas al año.
A diferencia de otros fenómenos extremos, como las lluvias torrenciales o las tormentas, cuyo impacto suele ser más localizado y episódico, el calor tiene una naturaleza distinta. Se extiende, persiste y afecta de forma amplia al territorio. Sin embargo, esa aparente generalidad puede resultar engañosa, porque el calor no afecta a todas las personas ni a todos los lugares de la misma manera.
El riesgo asociado al calor extremo depende de tres factores fundamentales: la exposición, la vulnerabilidad y la capacidad de adaptación. No es lo mismo atravesar una ola de calor en una vivienda bien aislada, con acceso a climatización y espacios verdes cercanos, que hacerlo en un barrio densamente construido, con poco arbolado, viviendas deficientemente adaptadas y escasos recursos económicos. Tampoco es lo mismo para una persona mayor, para un niño pequeño, para un trabajador al aire libre, para quien padece una enfermedad previa o para quien no puede modificar fácilmente sus condiciones de vida o de trabajo. A ello se suma que los episodios de calor persistente pueden favorecer el deterioro de la calidad del aire, especialmente en entornos urbanos y periurbanos, añadiendo una presión adicional sobre la salud pública.
El calor, por tanto, no es solo un fenómeno meteorológico. Es un factor que puede amplificar vulnerabilidades sociales, sanitarias y territoriales ya existentes.
Uno de los cambios más relevantes no ocurre únicamente durante el día, cuando los termómetros alcanzan valores extremos, sino durante la noche. Las noches tropicales, aquellas en las que la temperatura no baja de los 20 grados, se han multiplicado en muchas ciudades mediterráneas. Y junto a ellas aumentan también las noches ecuatoriales, por encima de los 25 grados. Este fenómeno es especialmente importante para la salud: el cuerpo necesita enfriarse durante la noche para recuperarse del estrés térmico acumulado durante el día. Cuando esa recuperación no se produce, el riesgo aumenta.
Por eso, el calor extremo no debe abordarse solo como una incomodidad estacional.
Las ciudades están en el centro de esta transformación. El asfalto, el hormigón, la falta de vegetación y la escasa ventilación urbana intensifican las temperaturas mediante el conocido efecto isla de calor. Durante el día, los materiales urbanos acumulan energía; durante la noche, la liberan lentamente, dificultando el enfriamiento. Esos grados adicionales pueden ser decisivos cuando se trata de proteger la salud de la población.
Adaptar las ciudades al calor requiere incorporar criterios climáticos a la planificación urbana: más sombra, más vegetación, mejores pavimentos, espacios climáticos accesibles, patios escolares adaptados, recorridos peatonales protegidos y una identificación precisa de las zonas y colectivos más vulnerables.
La adaptación urbana debe avanzar desde actuaciones puntuales hacia una planificación estructural basada en evidencia.
Pero el calor terrestre no es la única señal. El Mediterráneo también se está calentando, de manera progresiva y acelerada en los últimos años, y esto tiene implicaciones importantes. Un mar más cálido no significa automáticamente que el otoño vaya a ser más extremo, porque las lluvias torrenciales dependen de una combinación compleja de factores atmosféricos. Pero sí significa que, cuando se den las condiciones meteorológicas adecuadas, puede haber más energía y más humedad disponibles en el sistema.
En una atmósfera más cálida cabe más vapor de agua. Y un Mediterráneo más cálido puede actuar como una fuente adicional de humedad y energía. Esto no permite predecir desde mayo cómo será el otoño, pero sí obliga a considerar que estamos aumentando el potencial de determinados extremos. El problema no es solo el fenómeno meteorológico. El riesgo surge de la interacción entre un clima más cálido, un territorio expuesto y una sociedad que necesita reforzar su capacidad de anticipación.
Ahí está una de las claves: el calentamiento del sistema climático es global, pero el riesgo es profundamente local.
Las consecuencias de este nuevo contexto térmico ya se observan en sectores estratégicos. En la agricultura, el aumento de temperaturas y la falta de agua condicionan la productividad, alteran calendarios y aumentan la presión sobre los cultivos. En el sistema energético, la demanda eléctrica se incrementa durante los episodios de calor. En la salud pública, aumentan los riesgos asociados al estrés térmico. En el turismo, uno de los grandes motores económicos del Mediterráneo, el calor extremo introduce nuevos condicionantes sobre la estacionalidad, la demanda y la gestión de los destinos.
Lo que estamos viviendo no es una anomalía puntual. Es una señal coherente con un cambio estructural del sistema climático y, por tanto, requiere respuestas también estructurales. El calor persistente puede tensionar la salud, la energía y la agricultura, agravar la sequía y generar condiciones que amplifican otros extremos característicos de la región. La clave está en dejar de ser reactivos y avanzar hacia una cultura de anticipación del riesgo, capaz de considerar no solo la intensidad de cada evento, sino también sus impactos acumulativos, simultáneos o secuenciales sobre el territorio.
Eso significa medir mejor, planificar mejor y decidir antes; integrar la información climática en el urbanismo, la salud, el agua, la energía, la agricultura, el turismo y las infraestructuras; y asumir que la resiliencia no se construye respondiendo episodio a episodio, sino preparando el territorio para un clima en el que los extremos serán más frecuentes, más intensos y más conectados.
Adaptarse al calor extremo ya no es una opción secundaria. Es una condición para mantener la habitabilidad, la seguridad y la calidad de vida en nuestras ciudades y territorios, pero también para preservar su capacidad de desarrollo y actividad económica en un clima cada vez más exigente.
Adaptarnos es imprescindible, pero existen límites a la adaptación. Podemos proteger mejor nuestras ciudades, nuestras costas y nuestra población, pero cada incremento adicional de temperatura hará esa tarea más difícil, más costosa y más desigual.
El verano que conocíamos ha cambiado. Y seguirá cambiando.
La cuestión ya no es si el calor llegará. Ya está llegando antes, con más intensidad y durante más tiempo. La verdadera cuestión es si nuestras decisiones, nuestras infraestructuras y nuestra planificación estarán a la altura de esta realidad climática en transformación.
El Mediterráneo no debe entenderse únicamente como una región especialmente vulnerable a los riesgos climáticos. Debe convertirse en un espacio de anticipación, conocimiento aplicado y resiliencia.
Porque el calor que se instala en nuestro presente exige algo más que respuesta inmediata: exige visión, planificación y capacidad colectiva para anticipar los riesgos que ya están redefiniendo nuestro territorio.
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