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Opinión | Bolos

Director de Levante-EMV

La mala salida del conflicto educativo

La huelga indefinida entra en su cuarta semana entre errores sindicales, ventaja táctica del Consell y una negociación que debería volver a la mesa sectorial

La consellera Carmen Ortí y el secretario autonómico Daniel McEvoy.

La consellera Carmen Ortí y el secretario autonómico Daniel McEvoy. / Daniel Tortajada

El manual del buen activista sirve para encender protestas, pero no siempre incluye instrucciones para apagarlas. Eso ocurre con la huelga docente valenciana. En la cuarta semana de paro indefinido, el conflicto sigue en un callejón sin salida. A estas alturas son difíciles de sostener las improvisaciones, las manifestaciones no comunicadas y, sobre todo, los escraches a representantes democráticos.

Hay líneas rojas que no deben cruzarse, vengan de donde vengan. Los representantes sindicales tienen la obligación de mantener la cabeza fría y actuar con pragmatismo. Que a una actuación policial excesiva y condenable se responda con un encierro de reminiscencias asamblearias, y que los sectores más exaltados señalen el domicilio de la consellera como próxima estación de protesta, solo sirve para debilitar la defensa de sus propios argumentos.

Negociar significa que varias partes intentan llegar a un acuerdo tras resolver sus diferencias. Parece que el conflicto ya no está en esa fase, sino en otra peor, en la que el activismo improvisado empieza a imponerse sobre unas reivindicaciones docentes que, en parte, son razonables y justas. Precisamente por eso hacen falta liderazgos sindicales capaces de reconducir el desencuentro a la mesa de diálogo.

El Consell, con Carmen Ortí al frente de la gestión del conflicto, ha logrado, más tarde de lo previsto, romper la unidad sindical y trasladar a parte de los docentes la imagen de intransigencia. Pero tampoco debería equivocarse. Maestros y profesores cuentan con el apoyo de muchas familias y seguirán en colegios e institutos durante más cursos que la actual consellera. Cualquier gobernante sensato necesita que los enseñantes sean tratados con respeto personal y laboral si quiere sostener una escuela pública eficaz.

Nos haríamos un favor colectivo si los sindicatos responsables encauzaran las reivindicaciones donde corresponde, si los partidos del gobierno actuaran con mirada larga y si el Consell asumiera el grueso de las peticiones aceptables. Con algaradas y escraches se deslegitima cualquier razón. Y se da una pésima lección a quienes defienden la enseñanza pública.

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