Opinión
Huelga indefinida y crisis existencial

Los sindicalistas que se habían encerrado en la Conselleria salen de las instalaciones / José Manuel López
El pasado jueves 28 de mayo, Amador Fernández Savater tuvo la ocasión de dialogar sobre su libro La batalla del Pensamiento en Valencia, en la Facultad de Formación del Profesorado y en la entidad Ca Revolta. Surgieron conversaciones muy interesantes en las que pude participar. Algunos de los textos que Amador reúne en su libro versan sobre su experiencia como profesor ocasional en centros de educación secundaria de la Comunidad de Madrid, por lo que la huelga indefinida del profesorado valenciano no tardó en salir a la palestra. Había muchas camisetas verdes entre el público asistente, cuyos integrantes tomaron la palabra para analizar la situación.
De todo el debate que siguió, llegué a la conclusión de que esta huelga (y las que vendrán) no está motivada únicamente por las condiciones de trabajo del profesorado valenciano de educación primaria y secundaria. La huelga no persigue, o no solamente, obtener las condiciones que le permitirían cumplir con su función de educar. De hecho, la razón por la que la huelga goza de un apoyo masivo entre las Asociaciones de Familias y las familias mismas es que padres y madres se dan cuenta de que necesitan a los centros educativos para ser ellas mismas familias solventes y equilibradas. Pese a que distan mucho de ser excelentes (en algunos casos, incluso adecuados), los centros educativos de este país aportan una estabilidad y una serie de experiencias que liberan a las familias de una responsabilidad que, debido a la precariedad en la que vivimos, sencillamente estas no pueden asumir. Pero gracias a las escuelas, los niños viven experiencias saludables y los padres están tranquilos. No siempre lo consiguen, pero sin las escuelas sería imposible.
Sobre todo, las familias necesitan a las instituciones educativas para tener una comunidad. Fue este el aspecto en el que más quise incidir durante la conversación con Amador Fernández Savater. Hoy en día no se puede oponer la institución a la comunidad. Creo que esa división nunca ha sido operativa en la historia (hasta el anarquismo confiaba en las instituciones, si bien no en el Estado), pero la relación de dependencia mutua es hoy innegable. Las instituciones en general (no solamente las educativas) son hoy uno de los pocos anclajes en torno a los cuales logra germinar vida comunitaria. Sin ellas, la textura social se disuelve y sólo queda la precariedad doméstica y el sufrimiento sordo. Todo ello tiene graves implicaciones para los movimientos sociales, que en el libro de Amador Fernández Savater parecían surgir por generación espontánea (esa fue una de mis pocas críticas). Pero, ¿acaso es casualidad que, después del 15M, las principales movilizaciones hayan surgido de los trabajadores de las instituciones públicas (la Marea Blanca, la Marea Verde) y de las comunidades que crecen alrededor de ellas?
Obviamente, si los sueldos de la clase trabajadora y de la clase media se triplicasen de golpe (que es lo que debería suceder) y las familias pudiésemos recuperar, en cuestión de días, todo el poder adquisitivo perdido durante los últimos veinte años, entonces quizá las instituciones públicas no serían tan necesarias para que todos pudiésemos tener una vida mínimamente feliz y tranquila. Quizá no tendríamos una comunidad, pero tampoco asfixia. Podríamos hacer viajes, ir al cine con frecuencia, al teatro, a museos, a conciertos, comprar libros… es decir, buscar experiencias genuinas a través de un consumo real, y no agotar nuestro tiempo en tecnologías que sólo pueden garantizar nuestro uso modificando nuestro comportamiento para que nos acostumbremos a la pobreza de experiencia que nos ofrecen. Como no tenemos alternativas, no nos desprendemos de ellas.
Lo más hiriente y paradójico es que los mismos que asfixian las instituciones no quieren que los sueldos suban. Con ello, con esa doble agresión, generan una condición de crisis existencial. Y de esta crisis existencial nace esta huelga. No sé si los gobernantes autonómicos, el President Juan Francisco Pérez Llorca, la Consellera Carmen Ortí Ferre, etc., saben lo que tienen entre manos. Es una huelga que podrán ganar, por supuesto, por agotamiento. Pero solo lo harán a cambio de destruir nuestro pequeño país. De ahí la frustración del profesorado y de las familias, que saben (que sabemos) que el profesorado no está pidiendo la luna, sino sencillamente condiciones que le permitan responder de forma constructiva (es decir, educativa: no a través del insulto, el desprecio, la mentira y la violencia a los que, día a día, se recurre desde la política) a la realidad que tienen delante, en las aulas y los centros educativos: esto es, responder constructivamente a estudiantes que tienen que ser educados, sí, pero también a familias que dependen de las instituciones para estar tranquilas y tener una vida en comunidad.
Insisto: los gobernantes podrán ganar esta huelga, claro, cargándose las instituciones, a las familias y la comunidad escolar. Pero, ¿a quién culparán cuando las consecuencias de su destrozo, ya sin mediaciones institucionales, empiecen a golpear a sus puertas, pidiéndoles responsabilidad? Entonces echarán de menos los tiempos en que quienes llamaban eran representantes sindicales civilizados, cuyas demandas razonables hoy no quieren pactar.
Se trata de una pregunta que algún día Vox tendrá que contestar.
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