Opinión
Sorolla en la sopa

Paseo a orilla del mar', de Sorolla expuesto en la Fundación Bancaja / Levante-EMV
La luz de Sorolla cazada como si se tratase de una revelación, ese paseo del gótico al modernismo que puntualizaba Gil Albert, las capas del tiempo templando las fachadas, el andar sin objetivo, un instante de belleza goethiana o la metamorfosis del temblor invisible del deslumbramiento. Todo eso está muy bien, que diría el señor del anuncio que promete colocar unos tolditos contra el sol en las pirámides de Egipto, pero esa luz que alegorizaba el sorollismo y ese andar cautivado entre visiones gilalbertianas, como nos recuerda Joan Alvarez a golpes de lirismo aquí mismo, sacraliza una Valencia teletransportada hacia un pasado inmune al desastre de la memoria, y cree uno que el esplendor hay que contrastarlo con los ingredientes de la vida, que suelen ser más mortales y trágicos. (Buñuel decía que contrató a Fernando Rey porque “hacía muy bien de muerto”, y contaba Indro Montanelli en sus memorias que cuando a Franco le mostraron una foto de Mussolini y su amante colgados se quedó un rato mirándola con una lupa y soltó: “los han atado mal”. Azcona no “centraría” mejor la acidez de la vida). En el hábito ordinario del callejeador resulta que se reduce el éxtasis: hace muchísimo calor en Valencia, los indigentes se acomodan en los jardines, un mercadillo de la droga toma los bajos de un edificio de Goerlich en el centro, antes de pisar la Fnac hay que sortear a los “homeless”, si se te ocurre entrar en San Joan del Mercat -los Santos Juanes- o en San Nicolás habrás de pagar, seas vecino o no, a poco que esté comenzado el oficio, y si necesitas un papel oficial entre los miles y miles de papeles oficiales que exige la administración -incluido el de demostrar que uno está vivo, la fe de vida se llama, otra azconada vitriólica) estás perdido: regresa el siglo XIX y te abate. En el tablero de la existencia hay siempre dos mundos, el de arriba y el de abajo (mira, como la serie británica), y entonces hay que desempolvar a Hugo, Zola y Baroja, que nos enseñaron la parte de abajo y social (la otra parte oscura, individualista y sexual, estaba en Genet, que recuerde yo) y acudir a Pretty Woman, Disney y Capra para sentirnos felices como perdices en la parte de arriba, y también al Sorolla más luminoso, claro, pues Sorolla es a Valencia como los mendigos al San Francisco de EE UU, está/están por todas partes. La parte de “abajo” de Valencia, la que nadie quiere ver, la de la marginación, también tiene su poética, la poética del ocaso y la desgracia, y no hay que asignarles esos dramas callejeros a las autoridades -o sí, pero solo cambia el volumen de la marginación- como se deduce de que los mismos mendigos arrasados por la intemperie estaban en Valencia cuando Compromís mandaba. Algunos hasta han salido en la prensa como figuras exponenciales de una miseria domesticada. Así que el fenómeno de los marginados, y bastantes otros, habrá que encasquetárselo directamente al capitalismo que rebate Piketty, cada vez con menos ardor. La pura verdad es que para contemplar hoy el gótico de Valencia primero hay que apartar a los señores turistas, y para admirar el racionalismo de Borso o de Albert primero hay que abstraerse, autoconcienciarse y borrar de la mirada los aires acondicionados colgados de las fachadas, las ventanas o persianas cada una de un color y a su aire y los cerramientos tan asalvajados, que yo no sé quién puede haber dado permiso para afear así Valencia. Ah, y los cables en las superficies de las fachadas, como remata Pablo Salazar, no se me olvide.
La luz de Sorolla, sí. Hasta que llegó Sorolla, España era un garrote vil y unos lienzos más bien tenebrosos, cristos y crucificados, Goya, la señora del huevo de Velázquez, el entierro de El Greco y un bodegón. La pintura española y el Mediterráneo andaban peleados, que hasta Pinazo pintaba toreros. Inquisidores, nazarenos, cristos, caballos y reyes, cementerios y tormentas, crucifijos, entierros, el papa Inocencio, la rendición de breda y los borrachos, escenas de salón y burgueses encopetados, y alguna maja. Relatos entre tinieblas y poco sol. Llega Sorolla, aparta a Quevedo y ensalza a Juan Ramón. Sorolla es el gran pintor “fuera” de tiempo, de una iconología desplazada. Y nosotros, los valencianos, nacemos y morimos bajo su losa abrumadora: con las escenas del mar de Sorolla pegadas al cogote y a la retina. Desde que uno viene a la vida, si el azar lo aloja cerca del Turia de plata, compartirá irremediablemente su existencia con Sorolla. El oficialismo de las autoridades, sean las autoridades de izquierdas o de derechas, tiende a taponar las transgresiones mostrando continuamente a Sorolla, su guía espiritual. Lo fácil es lo que hizo Mazón, alquilar a Sorolla en la Hispanic (lo difícil es levantar el IVAM, aunque también el IVAM expuso a Sorolla). No sabe uno cómo se puede inyectar más sorollismo al vecindario a no ser que se le obligue por ley a colgar en cada casa una lámina de Sorolla. Hay que penetrar sin duda en la poética de la rebelión para impugnar no a Sorolla, que es un gran pintor, sino a la instrumentalización interesada del sorollismo ideológico con el que se pretende agotarnos, paralizarnos, y habrá que rescatar del túnel de la historia a los partidarios de Tzara, por ejemplo, para oponernos al orden patriarcal de esa ideología aplastante. La sublimación de un estilo pictórico por parte de los poderes políticos encarnado en el sorollismo como refugio de los valores únicos del arte es tan cruel como la persecución de Shakira a través de una investigación que debía determinar si en un año había pasado la cantante más de 183 días en España o menos de 183 días en España. El “ser” valenciano no puede buscarse a sí mismo ni reencontrarse con la historia a partir del sorollismo, como nos imponen los gobernantes en cuanto nos descuidamos. Porque entonces su futuro ya solo descansará en el pasado, y las autoridades habrán cumplido su misión, que es la de utilizar a Sorolla como narcótico de una alienación cada vez más sofisticada. No sé que dirá el director de San Pio V, Pablo González, que es sabio en la materia. No estará de acuerdo. Pero del antagonismo nace la vida.
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