Opinión | Quilombo
Recordando a Bettino Craxi
En la trayectoria del líder del PSI se condensan las contradicciones de una época: la modernización del socialismo italiano, su voluntad de emanciparse de las tutelas democristiana y comunista y superar un sistema político corroído por prácticas que durante años fueron toleradas, compartidas e incluso normalizadas

Bettino Craxi, junto a Felipe González. / EFE
Silvio Berlusconi, empresario, fundador de Forza Italia, primer ministro y amigo personal de Bettino Craxi, líder del Partido Socialista Italiano (PSI), afirmó que este fue «uno de los poquísimos políticos que nunca solicitó favores financieros, ni directos ni indirectos, ni para sí mismo ni para su partido». Craxi murió en 2000 en la ciudad de Hammamet, en Túnez, a los 65 años. Se había autoexiliado para escapar de la justicia italiana, acusado de formar parte del entramado de financiación ilegal de los partidos políticos italianos y, en particular, del socialista. En 1992, había relatado ante el Parlamento cómo las empresas, a cambio de obtener licitaciones, pagaban a los partidos en todas las administraciones. Pretendía describir una práctica sistémica extendida por todo el arco parlamentario, y por eso se incluyó en esa denuncia, sin prever que fiscales y jueces acabarían centrando en él su actuación. El caso, conocido como Tangentopoli, «la ciudad de las mordidas», puso en el centro del escándalo a quien había sido presidente del Gobierno italiano entre 1983 y 1987, por primera vez bajo la dirección de un dirigente socialista. El PSI era entonces un partido menor frente al predominio de la Democracia Cristiana (DC) y del Partido Comunista Italiano (PCI), liderado por Enrico Berlinguer.
Craxi fue ascendiendo en la organización del PSI desde su militancia como estudiante de Derecho y Ciencias Políticas, hasta ser secretario provincial del Partido Unificado Socialista en Milán. Desde 1947, los socialistas italianos se habían dividido en dos corrientes: una mayoritaria, encabezada por Pietro Nenni, partidaria de la alianza electoral con los comunistas, y otra minoritaria, la socialdemócrata, liderada por Giuseppe Saragat, contraria a compartir candidatura con el PCI. En 1966 concurrieron unidas a las elecciones, aunque esa alianza se rompió en 1970. Craxi se convirtió en vicesecretario general del PSI, responsable de las relaciones internacionales del partido, desde donde ayudó a los socialistas españoles y portugueses. Su proyecto político pasaba por una gran coalición de centroizquierda en la que tuvieran cabida la Democracia Cristiana, representada por Aldo Moro y Amintore Fanfani, y los republicanos de La Malfa. Pero esa convergencia se quebró y el PSI, tras la derrota electoral, volvió a debatir su acercamiento a los comunistas, alentado por el secretario nacional De Martino, que dimitió en medio de una profunda crisis del partido. Fue entonces cuando Craxi fue elegido secretario nacional, en 1976.
Su prioridad fue acabar con las facciones internas del PSI, reconstruir la alianza de centroizquierda, sustituir el símbolo del partido por un clavel rojo y, más tarde, eliminar la hoz y el martillo, además de reconducir el socialismo italiano hacia posiciones reformistas. Se enfrentó al PCI y a su propuesta de Compromiso Histórico, que planteaba un gobierno compartido entre la Democracia Cristiana y los comunistas que parecían alejarse de la órbita de Moscú y apostar por el eurocomunismo. Todo cambió cuando Aldo Moro fue secuestrado en 1978, sometido por las Brigadas Rojas a un «juicio popular» y finalmente asesinado, en un episodio que evocó lo ocurrido con el general Aramburu a manos de los montoneros argentinos. Con el nombramiento del socialista Sandro Pertini como presidente de la República y ante el creciente respaldo electoral al PCI, Craxi amenazó con retirar el apoyo parlamentario a la DC indispensable para formar gobierno. Esa maniobra facilitó su llegada a la presidencia del Gobierno. En ese periodo, el PSI alcanzó su mejor resultado electoral, con un 14 %, muy lejos de la DC y del PCI, que rondaban el 30 % y el 28 %, respectivamente. El PSI siguió formando parte de los gobiernos hasta 1992, bajo las presidencias de Fanfani y Andreotti.
El movimiento Manos Limpias de la justicia italiana, protagonizado por el fiscal Antonio Di Pietro contra la corrupción de los partidos, acabó por desmantelar ese entramado y puso fin al periodo conocido como la Primera República (1947-1994). Las siglas de casi todos aquellos partidos desaparecieron y sus militantes se reagruparon en nuevas plataformas, tanto de derechas como de izquierdas, junto a fuerzas emergentes como la Liga Norte o Forza Italia. Craxi pagó un precio especialmente alto. Con su denuncia en sede parlamentaria creía contribuir al fin de la corrupción. Sostenía que no se había enriquecido personalmente, incluso Berlusconi recordó que Forza Italia mantenía el espíritu de Craxi. No quiso regresar a Italia mientras no fuera considerado inocente, Di Pietro lo persiguió judicialmente hasta lograr su condena. Diecisiete años después de su muerte, el propio fiscal reconoció que Craxi tenía razón al afirmar que la corrupción era una práctica habitual en los partidos. El diario Il Giornale reprochó la tardanza de ese reconocimiento y el hecho de que nunca pidiera disculpas a la familia. Su caso sigue utilizándose, ya sea para subrayar la corrupción política de aquella época o para destacar la valentía de su declaración.
En su trayectoria se condensan las contradicciones de una época: la modernización del socialismo italiano, su voluntad de emanciparse de las tutelas democristiana y comunista y superar un sistema político corroído por prácticas que durante años fueron toleradas, compartidas e incluso normalizadas. Recordar a Craxi exige una mirada menos sumaria y más histórica que sea capaz de distinguir entre la responsabilidad personal y la lógica de un régimen político. Su nombre continúa suscitando opiniones diferentes y, más allá de la sentencia moral inmediata, permanece como uno de los símbolos del derrumbe de la Primera República italiana.
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