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Opinión

València

Sin líneas rojas

Si todo puede negociarse, se asume que nada es intrínsecamente inaceptable. Y eso es exactamente lo que Vox busca. Su victoria reside en que su socio acepte la premisa de fondo: que sus propuestas forman parte del menú del debate

Pérez Llorca, durante la presentación de los presupuestos de 2026.

Pérez Llorca, durante la presentación de los presupuestos de 2026. / Robar Solsona / Europa Press

Hubo un tiempo en que la expresión "líneas rojas" quedó muy vinculada al PPCV. Alberto Fabra, en su etapa de presidente de la Generalitat, la utilizó para marcar dónde estaba el límite a partir del cual no era razonable que un dirigente siguiera en la vida pública. Acorralado por la ristra de casos de corrupción y cargos imputados que le dejó en herencia Francisco Camps, Fabra las situó en la fase de imputación judicial.

Con el tiempo, aquellas líneas rojas se fueron difuminando, pero el concepto volvió a ponerse de moda en la jerga popular, esta vez para aplicarse a los puntos que el PP consideraba innegociables en el caso de tener que pactar con una entonces incipiente ultraderecha. Isabel Bonig, que tomó el relevo de Fabra, arrancó en 2015 su etapa en la oposición con un mensaje muy claro: podía sentarse a hablar con Vox, pero con límites, entre ellos la igualdad y la violencia de género.

Con el ascenso imparable de Vox —que en 2019 entró en las Corts— Bonig fue abandonando la expresión, si bien siguió marcando distancias con los temas más duros de la agenda ultraconservadora: el negacionismo de la violencia de género y la inmigración.

Ya en la agónica etapa final de Mazón y ahora, con Pérez Llorca al frente del Consell, hemos asistido al entierro definitivo del concepto. Hace unos días, con la negociación con Vox de los presupuestos de la Generalitat, Pérez Llorca aseguró que no se había visto en la tesitura de establecer ninguna línea roja.

De modo que, si estas alguna vez sirvieron para marcar hasta dónde se podía llegar sin traicionar unos mínimos éticos, ahora ya ni eso. Presentarlo como gesto de amplitud de miras, o confiar en que las exigencias de prioridad nacional de Vox no tendrán encaje en las cuentas, no borra el salto cualitativo que se ha dado.

Si todo puede negociarse, se asume que nada es intrínsecamente inaceptable.

Y eso es exactamente lo que Vox busca. Da igual que aprueben o no sus medidas al pie de la letra; su victoria reside en que su socio acepte la premisa de fondo: que sus propuestas forman parte del menú del debate, que están dentro del rango de lo discutible, de una normalidad en la que antes no tenían cabida.

Y esa es la verdadera línea roja que ya ni siquiera hará falta difuminar con el tiempo.

Ya se ha cruzado.

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