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Opinión

Unos cristianos un tanto raritos

Aquellos que defienden como directriz política primaria la llamada «prioridad nacional» están condenados a una de dos: o contradicen la tradición que dicen defender o la repudian para poder ser coherentes

El diputado de Vox en Aragón David Arranz.

El diputado de Vox en Aragón David Arranz. / Efe

Hace años un aragonés, Goya, escribió que «el sueño de la razón engendra monstruos». Leo en la prensa que un diputado aragonés de Vox pide públicamente que en los comedores escolares se sirva «mucho cerdo».

La intención de tan curiosa iniciativa resulta obvia si se recuerda que el consumo de cerdo y sus derivados es objeto de una interdicción religiosa. En el Islam, el consumo de carne de cerdo y sus derivados es causa de impureza ritual. Como no parece que la cultura del susodicho sea muy amplia, conviene recordar aquí que dicha tacha de impureza ritual no es en modo alguno algo original del Islam. Antes bien, la figura de tal impureza, y parte del catálogo de los alimentos que son su objeto, fueron tomados de la Halaka, esto es, de la ley judía. No en vano se ha podido escribir que el Islam se parece mucho a lo que quedaría del cristianismo si se le sometiera a un proceso de judaización intensiva.

De este modo, el ingenioso diputado aragonés consigue la gran hazaña y el difícil logro de ser simultáneamente antimusulmán y antisemita. Como dice un democristiano amigo: «Muy bueno lo tuyo, Morgan». Un buen ejemplo de lo que pasa cuando la ignorancia se saca a pasear mientras la razón duerme.

Por si lo dicho no fuera suficiente, su señoría parece no tener noticia de que el consumo de carne, comprendida la del cerdo, ha estado limitado durante siglos por una práctica ritual cristiana y católica: la abstinencia cuaresmal. Con lo que la «modesta proposición» consigue ser simultáneamente y en unidad de acto antisemita, anticatólica y antimusulmana. Con perdón del precitado, convendrán conmigo en que Morgan se ha quedado corto.

Entiéndase bien: no hemos brotado directamente de la cabeza de Zeus. Guste o no, somos hijos y herederos de una cultura y unas tradiciones que forman parte de nuestra identidad actual

En los no muy felices tiempos en los que el que suscribe usaba pantalones cortos, existía en los planes de estudios una disciplina denominada «Historia Sagrada», que no era otra cosa que una simplificada explicación de la tradición bíblica y sus contenidos. Tal cosa desapareció hace muchos años y me temo que no soy el único que piensa que aquella supresión era una idea manifiestamente mejorable, aunque solo sea porque tiene como resultado que los impúberes de nuestros días —y buena parte de quienes ya dejaron de serlo— carezcan de las informaciones necesarias para comprender más de la mitad del arte expuesto en el Museo del Prado.

Entiéndase bien: no hemos brotado directamente de la cabeza de Zeus. Guste o no, somos hijos y herederos de una cultura y unas tradiciones que forman parte de nuestra identidad actual. Y esas tradiciones han sido, son y serán necesariamente mestizas. Por eso consumimos más cordero que un noruego, bebemos más vino que un ruso y, loado sea Dios, tenemos la fortuna de cocinar con aceite de oliva.

Sin perjuicio de que el consumo intensivo de cordero sea incomprensible sin los siglos de presencia islámica, que el vino proceda originariamente del Creciente Fértil y que eso de cocinar con aceite se lo debamos a fenicios, griegos y romanos. Nuestra identidad es mestiza porque nuestra historia también lo es.

Y eso tiene una inmediata proyección pública. Vivimos en ordenamientos constitucionales que consagran la libertad religiosa porque entendemos que el Estado debe ser laico. Y la idea misma de laicidad es, paradójicamente, una criatura de matriz evangélica. Si hay que darle al César lo que es del César, es porque el César no es competente en los asuntos de Dios.

En el fondo, aquellos que defienden como directriz política primaria la llamada «prioridad nacional» están condenados a una de dos: o contradicen la tradición que dicen defender o la repudian para poder ser coherentes. No en vano sostenía Alain de Benoist que la preferencia nacional y la Biblia no son compatibles.

Como para muestra basta un botón, quizá sea suficiente recordar este pasaje del Levítico:

«Si un extranjero vive entre vosotros en vuestra tierra, no lo maltratéis. Al extranjero que vive entre vosotros hay que tratarlo como a un natural. Amadlo como a vosotros mismos, porque vosotros fuisteis extranjeros en Egipto».

O en Argentina, o en Francia, o en Bélgica, o en Alemania. Porque todavía hoy hay compatriotas que, para llegar a fin de año, deben marcharse cada verano a vendimiar las viñas del Rosellón.

Lo dicho: la «prioridad nacional» es propia de cristianos muy raritos. La cuestión de por qué hay hoy tantos es distinta y, les aseguro, muy, pero que muy políticamente incorrecta.

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