Opinión | Traspapelado
No es solo una cafetería: estado de la cultura en València
El cierre de la cafetería del Rialto no es solo el fin de una cafetería más: tiene también algo de símbolo de una ruina cultural. Algo así es lo que se ve a cierta distancia, sin tener el morro dentro todos los días. ¿Recuerdan la última producción escénica pública valenciana ambiciosa?

Roberto García, en 2019 en la cafetería del Rialto. / GERMAN CABALLERO
He encontrado la cafetería del edificio Rialto cerrada. Punto final a un periodo de deterioro. Una cafetería que está en el interior de un edificio donde está el teatro que le da nombre y la Filmoteca es evidente que está para atender a los espectadores y trabajadores de esa oferta cultural, pero en los últimos meses ya no ejercía. Sí abría por las mañanas, como cualquier otra cafetería más en el centro más centro de València. Pero ni eso. Ahora ya está cerrada las 24 horas. Y con pocas expectativas de que abra pronto, por lo que cuentan empleados del edificio. Estaba en una prórroga de contrato, hay que sacar uno nuevo y esas cosas administrativas no son rápidas casi nunca.
Una cafetería más que cierra, dirán. Y sí. Pero no. Se trata de un valioso edificio histórico (1935) y esa cafetería de aire art-deco guardaba parte de esa solera. Por sus mesas de mármol han pasado muchos de la cultura valenciana de muchas décadas. Por su ubicación céntrica ha sido punto de encuentro habitual. Si he de recordar a cuántos directores invitados en Cinema Jove o de los que pasaban por la Filmoteca y a cuánta gente de la escena he entrevistado allí, la cuenta no me sale. En tiempos de más brillo (sin pasarse, esto nunca ha sido un lugar de fiebre cultural, no nos engañemos) era fácil encontrarse en las mesas a algún rostro del pequeño star system local.

Fachada del edificio del Rialto, en la plaza del Ayuntamiento de València. / FERNANDO BUSTAMANTE
Es verdad que no son los tiempos de antes y que en esta València pesan más las iniciativas culturales privadas, en especial en el apartado de las artes visuales, pero lo de la cafetería del Rialto deja el tufo de las flores marchitas.
Si ni siquiera los gestores han sabido acercarse a los que mantienen como pueden las constantes vitales del esqueleto cultural, ¿qué queda?
No es solo una cafetería más: tiene también algo de símbolo de una ruina cultural. Porque algo así es lo que se ve a cierta distancia, sin tener el morro dentro todos los días. ¿Recuerdan la última producción escénica pública valenciana ambiciosa? Cuesta. Podemos discutir aciertos o desatinos de la era botánica, pero esta etapa posterior es la de la inanición. Ha pasado casi una legislatura y no hay nada memorable. Primero era la presencia de Vox al volante de la cultura y sus manías y su poca fe en lo público. Después fue el tránsito hacia no se sabe qué. Son más de tres años y el balance es más que áspero. Con el IVAM en una prolongada atonía; el Bellas Artes lastrado por su naturaleza híbrida (entre dos administraciones que se quieren poco); las bibliotecas sobreviviendo sin recursos ni para libros nuevos; la escena revuelta contra los cambios en el Circuit Cultural Valencià, como se ha visto estos días en la Mostra d’Alcoi, y el sector audiovisual que también se levanta contra los primeros proyectos de más calado que anuncia el Consell de Pérez Llorca, no se trata de juzgar, basta con enumerar. Si ni siquiera los gestores han sabido acercarse a los que mantienen como pueden las constantes vitales del esqueleto cultural, ¿qué queda? Queda Les Arts, que ha conseguido una extraña estabilidad (lo mismo puede decirse del Palau, en clave municipal). Quedan los macrofestivales de música. Y queda Sorolla y el proyecto con la Hispanic de Nueva York. Una pompa de jabón brillante y hermosa en un paisaje vacío. La cultura es algo más que alimento para turismo cultural. La cultura tiene mucho que ver con una cierta idea de identidad y de amor propio.
Y el que quiera un café que se vaya a una de esas franquicias que colonizan las calles del centro.
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