Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | En el barro

València

Entre la huelga y El Ventorro

Las protestas siguen y yo prefiero ver el mundo a través de la segunda temporada de The Pitt. No es muy diferente. El mismo mundo de seres perdidos, de policías que persiguen inmigrantes solo por ser extranjeros, de trabajadores pobres que prefieren la enfermedad a endeudarse, de profesionales rotos por dentro. ¿Es posible que haya pasado una semana y ese policía no haya encontrado el modo de disculparse ante esa mujer?

Manifestantes, ante la Conselleria de Educación.

Manifestantes, ante la Conselleria de Educación. / Ana Escobar / EFE

La huelga dice también algunas cosas buenas de nosotros. No solo la capacidad de unirse en tiempos de soledad casi obligada y desempolvar algo de solidaridad. Las reivindicaciones son de una sociedad que ha avanzado y pide condiciones de calidad para la formación de las nuevas generaciones. Mi mundo de estudiante es una clase de ladrillos caravista y pupitres rayados después de mil usos donde nos hacinábamos 40 chicos y chicas delante de alguien que solo tenía unos libros y una pizarra verde para atraernos. Por supuesto, ni calefacción en invierno ni aire acondicionado en verano. Ahora se reclaman clases de poco más de 20 alumnos, preparadas para las olas de frío y calor, acondicionadas para los cambios tecnológicos y profesores dignamente retribuidos para un trabajo importante y reconocido socialmente. Esta huelga no es la de una sociedad precaria. Es la de una sociedad mimada. Entiéndase como algo positivo: se mima lo que se valora y se aprecia.

Veo esa sociedad desde la ventana. Pasan cuatro chicos negros bailando y riendo con una canción vieja de Michael Jackson. El mundo nuevo. Veo a hombres y mujeres en una danza sin orden en la plaza. Se mueven de un lado a otro mientras parlotea cada uno consigo mismo. Parece una performance artística. Será verdad que el teléfono móvil es el verdadero agente transformador de un nuevo mundo de individuos solitarios. Ahora ya no se necesita ni tenerlo en la mano para hablar. Si se lleva es para mirar mensajes, vídeos y el último post. Hasta la ventana llega el ruido lejano de las protestas de los profesores en la Conselleria de Educación. La noche empieza a caer. Un policía empuja con fuerza a una profesora por la espalda y ella da con sus huesos en el suelo. Las protestas siguen y yo prefiero ver el mundo a través de la segunda temporada de The Pitt. No es muy diferente. El mismo mundo de seres perdidos, de policías que persiguen inmigrantes solo por ser extranjeros, de trabajadores pobres que prefieren la enfermedad a endeudarse de por vida para pagar la factura del hospital, de profesionales rotos por dentro sin saber por qué. ¿Es posible que haya pasado una semana y ese policía no haya encontrado el modo de disculparse ante esa mujer?

Una exposición es una puerta al pensamiento. Me miro al espejo con Tàpies. Qué gozada. Un artista con un mundo propio, que es siempre una manera de intentar entender a los demás. “Todo lo veo confuso. Aborrezco las cosas que la gente acepta como reales”. Habla de este tiempo. Este tiempo y todos. La llave está en un cuadro: “a pot ser b”. Ahí está todo. Todo cambia y todo sigue siendo lo mismo. “Todo parece que se acaba, pero a la vez todo parece que renace”. Este tiempo. También este tiempo. El misterio de siempre. Nunca es siempre.

El Gobierno de España siente el asedio. Entre las revelaciones judiciales sobre Zapatero y la entrada de los guardias en Ferraz buscando las cloacas del PSOE contra los jueces, los fiscales y los policías, no ha pasado ni una semana. La presión se hace más fuerte. El sumario va de papeles sucios. La UCO destapa a los que querían zancadillear a la UCO y enseñar que hay fango en sus procedimientos. Ahí dentro suena algo oscuro. Es material fácil para conspiraciones. ¿Una guerra subterránea entre actores sucios y poderes profundos? De película de espías, solo que con fontaneros más al estilo Gracita Morales o José Luis López Vázquez para darle el imprescindible toque carpetovetónico.

Pedro Sánchez esta semana en Barcelona.

Pedro Sánchez esta semana en Barcelona. / Efe

Sánchez responde con unos presupuestos. Es el jugador de baloncesto. Da igual que todo vaya fatal. Da igual si se ha equivocado. Está vivo y queda un último cuarto

Sánchez responde con unos presupuestos. Es el jugador de baloncesto. Da igual que todo vaya fatal. Da igual si también se ha equivocado. Está vivo y queda un último cuarto. Él quiere creer en la remontada. Ya lo ha vivido. ¿Por qué no otra vez? Pueden pasar cosas. Ya lo ha vivido. Otra guerra, una epidemia… Adelantar las urnas ahora sería para perder y Sánchez cree aún posible que la gente abra los ojos y vea todo lo que su Gobierno ha construido. Eso diría que él cree desde su torre de la Moncloa. Y los presupuestos son su última maniobra de cohesión de la mayoría que le sostiene y que se resquebraja. Son una suerte de programa electoral, que siempre será más atractivo para nacionalistas catalanes, vascos y del más allá que el que pueda ofrecer la alianza PP-Vox. Los presupuestos son su invento para atraer a los que no piensan como él pero están más cerca de él que de los otros. Puede que no le salga. Es lo más posible. Pero quiere salir a jugar. Por si otra vez esa tercera España, plurinacional, multiforme y dispersa, que parece que no está y para la que él mismo no ha hecho grandes reformas para asentarla, por si esa otra España difusa que ocupa decenas de escaños reales vuelve a tener la llave. Por si todo esto que parece que se acaba, renace.

Salgo a las calles estrechas de la València vieja. Unos turistas se orientan con el móvil en la mano. Señalan el lugar de El Ventorro. No hay cartel, queda su hueco. Pero Google existe y localiza la esquina. Un pasado y una herida inmensa convertidos en un selfi. A Mazón solo le queda la victoria en los juzgados. En la calle está derrotado. Los turistas intentan sacarse una foto ante la puerta cerrada. Yo estuve en El Ventorro, dirán después. “Dejad. Yo os la hago. Prohibido sonreír”.

Nada se detiene.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents