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Opinión

València

'Magnifica Humanitas'

Una iglesia sin poder solo puede tener una tarea: cuestionar, denunciar, limitar los poderes excesivos que se alzan entre nosotros, y que siguen promoviendo todavía la inhumanidad de los empresarios y la desenfrenada codicia de los competidores. La encíclica de Prevost sigue esa misma línea

Papa Leon XIV.

Papa Leon XIV. / Vatican Media/IPA via ZUMA Press / DPA - Archivo

Desde hace tiempo, la Iglesia católica lucha por corregir el error al que la arrastró la aristocracia italiana en el siglo XVI, cuando la hizo incapaz de ejercer el ius reformandi que la época requería. Desde León XIII hasta León XIV, pasando por el Concilio Vaticano II, ha mostrado una firme voluntad de analizar las cosas nuevas, acompañando la historia en sus cambios y significados. En 1891 se publicó De rerum novarum, obra de un papa franciscano, que denunció cómo “el tiempo fue insensiblemente entregando a los obreros a la inhumanidad de los empresarios y a la desenfrenada codicia de los competidores”. No es un azar que esta aspiración haya sido retomada por un agustino, ya que Agustín de Hipona dotó al cristianismo de conciencia histórica. Tampoco lo es que la Iglesia mostrara esa voluntad cuando el viejo sujeto aristocrático diera paso al proletario.

Ahora todos analizan la Magnifica Humanitas como si fuera el texto de autor, intentando ver tras ella filosofías más o menos inspiradoras. Pierden el tiempo. Las encíclicas pertenecen a un género autorreferencial y deben ser interpretadas a la luz de sus antecedentes. Nada de Heidegger o de Ortega. La serie de textos doctrinales de la Iglesia, sobre todo con estos papas procedentes de América Latina, no puede entenderse sin la reflexión fundamental del austriaco Ivan Illich, cuyo conjunto de artículos titulado 'La iglesia sin poder', resulta fundamental. Como Prevost, y como Francisco, Illich trabajó de manera intensa en México.

Una iglesia sin poder solo puede tener una tarea: cuestionar, denunciar, limitar los poderes excesivos que se alzan entre nosotros, y que siguen promoviendo todavía la inhumanidad de los empresarios y la desenfrenada codicia de los competidores. La encíclica de Prevost, estructurada alrededor de san Agustín, sigue esa misma línea. El primer capítulo lleva por título 'Una iglesia en camino en la historia universal'. Su idea es ofrecer “su contribución al logro de una convivencia más justa y fraterna”. Sin instalarse en la prepotencia del que enseña, confiesa ser un participante comprometido con los caminos de la humanidad.

Agustiniana es la idea de que la realidad alberga una “bondad originaria”, un ordo amoris que es inmanente y al tiempo arquetípico. El ser humano debe custodiar esa bondad de la realidad, refiriéndola de forma constante a su modelo ideal normativo. Saber leer esa bondad en lo real exige una hermenéutica y la Iglesia “se ofrece” para ayudar a leerla. A la par del mundo, sin imponerse sobre él, nos dice. Esa es la tarea del Espíritu, leer los acontecimientos desde la custodia de la dignidad humana, la cohesión de las comunidades, la justicia y la paz. Desde ahí se debe leer el acontecimiento de la IA. Y si hay un punto de enojo –“desarmar la IA”- se debe a la decisión de atenerse al Vaticano II. En ese concilio la Iglesia se adhirió a los valores universales de los derechos humanos y la democracia. Ahora les dice a los oligarcas de Estados Unidos que no fue ni un capricho ni una cesión, sino una defensa de la estructura normativa de la razón humana, que para ella queda iluminada desde “los signos de la presencia de Cristo, que viene y guía la historia hacia su plenitud”. Esa presencia es la del humano sufriente.

La encíclica es un género religioso, no filosófico. Si la Iglesia cree en un orden normativo es porque se deriva de esa presencia, no de tratados filosóficos. Ciertos filósofos pueden estar de acuerdo con ese orden normativo, porque algunos de ellos tienen en su prehistoria la traducción racional de la comprensión cristiana del mundo. A un kantiano le suena especialmente bien la doctrina del sentido a priori de la dignidad humana. Por eso es posible estar de acuerdo con esta encíclica cuando identificamos el orden normativo que la guía, seamos o no hombres religiosos. Esto se debe a que promueve bienes humanos apreciables por argumentos racionales, en la encíclica apoyados desde el Evangelio.

Lo que hace la Iglesia en esta encíclica es perfeccionar su doctrina social; afirma su coherencia

Si la Iglesia “considera compañeros de camino a todos aquellos que buscan sinceramente 'la verdad, la bondad y la belleza'”, considerándolos «preciosos aliados» en la defensa de la dignidad de cada persona y en la custodia de la creación-Tierra, entonces deberíamos concederle la reciprocidad. Si llama a un diálogo, no podemos rechazarlo. Si afirma que resulta esencial “la contribución de la filosofía y de las ciencias humanas y sociales”, porque analizan las dinámicas culturales, económicas y políticas, de las que depende la realización de la dignidad humana, no podemos responder con el desdén.

Sin embargo, no debemos olvidar que lo que hace la Iglesia en esta encíclica es perfeccionar su doctrina social; afirma su coherencia. Por eso realiza una historia completa de esa doctrina. Pero su meta última es promover un “desarrollo integral del ser humano”. Para hacerlo posible, se exige una conciencia ecológica y el cuidado de la Tierra como casa común, la justicia en el trabajo y el derecho a disponer de un carácter capaz de regir libremente la vida personal y comunitaria. Solo los principios de esta doctrina social se elevan a criterios concretos de juicio sobre la IA. Sin tener claro ese horizonte normativo, no se entenderá esta encíclica. Pues solo desde este criterio la encíclica se hace la pregunta: “¿Contribuye [la IA] realmente a hacer crecer a las personas y a los pueblos en humanidad y fraternidad, en el respeto a la Casa común y a las generaciones futuras?” Magnifica Humanitas afirma que, tal y como está orientada la IA, no lo hace. Por eso llama a desarmarla. Pero lo que signifique esta expresión lo analizaremos en la próxima semana.

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