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Opinión

Manuel Muñoz Ibáñez

Manuel Muñoz Ibáñez

Presidente de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos

València

El MuVIM en su laberinto

Exterior de la Sala Parpalló en el MuVIM.

Exterior de la Sala Parpalló en el MuVIM. / FERNANDO BUSTAMANTE

Durante el periodo en el que dirigí el Centre Cultural La Beneficencia y la Sala Parpalló tuve la oportunidad de hallarme próximo a la creación de este centro cultural, proyectado con la intención de que fuera un ámbito en el que la reflexión intelectual y el conocimiento pudiesen gozar de un espacio físico en el que se lograsen desarrollar los debates y, si era conveniente y oportuno, se alcanzase una concreción material a través de muestras vinculadas con el intercambio de ideas, en un ámbito abierto y de explícita tolerancia. La iniciativa fue de Manuel Tarancón, presidente de la Diputación de Valencia entre 1995 y 1999. Un hombre culto, bibliófilo irredento, moderado, de hábito pausado y trato fácil, con el que mantuve una relación cómoda y cordial.

Manuel Tarancón mantenía, entonces, una estrecha amistad con Manuel Bas Carbonell: bibliófilo serio y ordenado, que disponía de una colección impresionante de varios miles de volúmenes -incluyendo algunos muy valiosos- vinculados o relativos a la cultura valenciana, cuidadosamente indexados. La relación entre ambos y esa mutua dedicación al respeto por los libros contribuyó a que el primero se ilusionara por una iniciativa museológica en la que se dedicara una especial atención a los novatores y a los ilustrados propios, a Gregorio Mayans, y a sus relaciones internacionales.

Cuando Tarancón decidió que fuese a tomar forma, me invitó a que formase parte del jurado que debía adjudicar el proyecto constructivo, en un concurso al que se presentaron más de una docena de trabajos elaborados por equipos de arquitectos, dispuestos a construir sobre un solar endiablado: estrecho y largo, situado en el extremo del jardín del antiguo Hospital General y de la ermita de Santa Lucía.

Recuerdo detalles de aquella convocatoria que tuvo lugar en el Palacio de los Scala: el jurado lo constituimos al menos diez personas entre historiadores, gestores culturales, técnicos y arquitectos. Nos reunimos a eso de las diez de la mañana. En poco tiempo fuimos excluyendo los menos estimados, pero a medida que se iban reduciendo las propuestas, nos dábamos cuenta de que aquello se alargaba y, de hecho, se prolongó toda la tarde y hasta recién entrada la noche. En el momento en el que quedaron dos finalistas -existiendo posiciones encontradas-, la situación se tensó. Yo abundaba en argumentos por el que resultó ganador, y la votación final fue muy ajustada. Las plicas eran secretas y al terminar -en medio de una gran incertidumbre-, pudimos conocer el nombre del triunfador: Guillermo Vázquez Consuegra, uno de los más reputados arquitectos españoles, que había realizado el Pabellón de la Navegación de la Expo de Sevilla: fue una sorpresa general y el silencio repentino de aquellos que no lo habían apoyado. Solo entonces apareció Tarancón. Fue la primera vez que lo vimos durante todo el día: desde aquel momento, por la confianza depositada y por su actitud respetuosa, incrementé mi admiración por él.

El MuVIM se inauguró en julio de 2001, siguiendo las premisas de su proyecto inicial: "La aventura del pensamiento” contaba con decorados, figuración, efectos sonoros y audiovisuales. Durante el periodo en el que fue director Román de la Calle: 2004-2010, mantuvo el espíritu abierto y liberal que Tarancón promovió: exposiciones, congresos, reuniones intelectuales, debates, presentaciones de libros, cine. De la Calle, forzado a dimitir, incomprensiblemente, por una intromisión política ante una exposición de fotografía, realizó una labor encomiable, convirtiendo el espacio en un lugar universitario y de prestigio. Antes y después, también se mantuvo un nivel digno con otros directores.

Además de forzar la dimisión de de la Calle, el segundo gran error del área de cultura de la Diputación fue el paso allí de la Sala Parpalló: dirigida con una excelente gestión por Artur Heras en la calle Landerer, fue trasladada al Centre Cultural de la Beneficencia (1995-1999), convirtiéndose en un espacio con vocación internacional, muy prestigiado, que se llevó al MuVIM entre 2001 y 2005 y posteriormente al Convento de la Trinidad. En 2012 la reincorporaron de nuevo, definitivamente allí. De ese modo, poco a poco, cada vez que regresaba al MuVIM, la Diputación iba descomponiendo su libertad funcional hasta reducirla a un simple “espacio físico”, carente de personalidad, demoliendo su tradición y su historia.

El tercer error, va a ser la conversión del museo en un espacio propicio para albergar la colección artística de la propia Institución: con ello se va a descomponer el espíritu inicial que justificaba su existencia, truncando su razón de ser alojando un conjunto de obras que, en competencia con las de otros centros y lugares, no pueden porfiar. Los fondos artísticos de la Diputación de Valencia tienen tres orígenes esenciales: los pensionados de pintura, escultura y grabado, la colección contemporánea que donó Alfons Roig, el conjunto de fotografía soviética y las adquisiciones que fue haciendo, entre las que destacan algunas, como “Pescadoras valencianas” de Joaquín Sorolla, que compró Manuel Girona (depositada en Presidencia de la Generalitat). Si bien las obras que aportaron Francisco Domingo, Bernardo Ferrandiz y especialmente, Joaquín Sorolla e Ignacio Pinazo durante su pensionado, poseen un indudable valor, la mayoría de las decenas restantes son creaciones juveniles propias de periodos formativos, e incorporan sobre todo: tipos, academias y paisajes, de escaso riesgo y valor, con cierto atractivo para los historiadores pero menor para el público. Es decir, son cuadros de Michavila, cuando aún no era Michavila y de Genovés, cuando aún no era Genovés.

Para colmar el proyecto se ha convocado un concurso para la dirección del centro, cuyo fallo ha sido recurrido. Lo que llama la atención, en un principio, es el despropósito reflejado en el perfil del puesto, promoviendo a un director con poder autocrático sin patronato ni supervisión científica; el segundo aspecto destacable, es que haya sido una adjudicación determinada a partir de un informe del área de recursos humanos. Al convocar un concurso para una plaza de “libre designación en comisión de servicio”: ¿Se hubiera procedido igual si se tratara acerca de la idoneidad del jefe de pediatría o del de cirugía, del Hospital General?, o, además, se hubiera requerido el juicio de un tribunal con expertos muy cualificados (disponiendo, asimismo, de un baremo aquilatado y recurrible). En ese punto, aún cabe preguntar: ¿Por qué no se ha hecho así para un puesto científico, tan arriesgado (promovido con un perfil omnipotente), que va a manejar un importante museo dotado con dinero público? A mi juicio, no se trata de recelar de algo ilegal, porque la actuación cumple con la normativa vigente y con los pasos formales necesarios; pero dentro de un marco legal se puede proceder de un modo injusto cuando no se responde con criterios éticos de equidad entre los concurrentes. Por eso hay que despejar cualquier sospecha de que no se ha convocado a un simple fingimiento y que se está ante un concurso cierto y objetivo a través de un procedimiento perfectamente baremado por expertos conocedores con una pulcritud irreprochable. Si no es real, se podría haber evitado la añagaza y haber nombrado al director directamente…,¡sin haberlo convocado! Ante lo que está pasando, si no se han dado cuenta de que aún tienen tiempo –ético- para aclarar y resolver, que den una mirada alrededor.

Después de todo lo que está ocurriendo, a mi criterio, la Diputación -en el MuVIM-, se está perdiendo solao mal aconsejada-, en su propio laberinto.

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