Opinión
¿Cuándo nos ocuparemos de lo esencial?

Fachada del Congreso de los Diputados / Eduardo Parra - Europa Press / Europa Press
Son malos tiempos para para reivindicar consensos básicos en torno a cuestiones esenciales para la vida de la ciudadanía, en especial para los más vulnerables. Pero resulta que solo de esta forma podremos ofrecer soluciones concretas a esos problemas que afectan a la mayoría social y que son fuente de un profundo y creciente malestar.
Todo es ahora menos “sólido”. Los rasgos que definen este tiempo son incertidumbre, decepción y malestar, pérdida de confianza en el sistema, adhesión efímera a opciones políticas, abstención activa y autoexclusión de procesos electorales entre quienes se sienten perdedores. Puede ocurrir que un partido tradicional, por ejemplo, el partido laborista británico, arrase en unas elecciones generales, para ser abandonado en masa por gran parte de votantes decepcionados apenas dos años después. O pueden aparecer formaciones nuevas, a izquierda o derecha, capaces de canalizar la decepción por las promesas incumplidas de los partidos tradicionales. Partidos nuevos que decepcionarán igualmente en cuanto sean percibidos como parte del sistema, hasta el punto de que, como hemos visto en el pasado reciente, pueden casi desaparecer en muchos casos.
En la vieja Europa el proceso de globalización ha empobrecido y fracturado nuestras sociedades. Las crecientes desigualdades, la nueva pobreza y la exclusión social y territorial son el signo de un tiempo que se inició en los noventa del siglo XX y que se aceleró desde los primeros años de este siglo. Los ricos tienen demasiado y pagan pocos impuestos, las llamadas clases medias se fragmentan y una parte de ellas son empujadas hacia abajo y hacia los márgenes de unas estructuras que cada vez van adoptando una forma de torre Eiffel muy alargada, cuya cima concentra la mayor parte de la renta y la riqueza entre muy pocos, una parte central cada vez es más delgada y hay una base muy amplia y precarizada en la que la vida se hace cada vez más difícil. Y aparecen los conflictos entre generaciones; entre los nativos y los de fuera, y entre ciudadanos que se sienten abandonados y sus gobiernos. Y aflora el miedo al futuro, el rencor y el resentimiento, mientras desaparece la esperanza. Y aparecen entonces los falsos y efímeros salvadores que dicen tener soluciones sencillas para situaciones complejas.
Esta es la cuestión central que debiera requerir toda la atención de partidos y gobiernos europeos en este tiempo: la enorme complejidad del momento y el escaso margen de maniobra para atender, a la vez, nuevas exigencias derivadas del nuevo contexto geopolítico y nuevas demandas de la Europa social y económica. Por ejemplo, el incremento de gasto público en defensa que se quiere imponer a los Estados; el ingente esfuerzo presupuestario europeo que habría que hacer para dar contenido a lo que aconsejan los informes Draghi y Letta en materia económica y tecnológica, y las crecientes necesidades de una Europa social, cuna de un potente Estado de Bienestar único en el mundo, con su “Edad de oro” y “Edad de plata” durante la segunda mitad del siglo XX, y que desde hace más de dos décadas malvive con un Estado de Bienestar en su “Edad de Bronce”, en parte a crédito, para garantizar derechos básicos y servicios públicos esenciales.
El nuevo proletariado de servicios del siglo XXI y amplios sectores de clases medias empobrecidas, reclaman soluciones a problemas concretos que afectan a la vida cotidiana. Hablamos de decenas millones de personas. En nuestro caso, reconocidos los éxitos colectivos indudables y el buen comportamiento macroeconómico, la agenda de problemas es amplia: toda una generación está a la intemperie, sin casa y condenada a vivir con sus padres hasta los 30 años; la marea del malestar sube, sobre todo entre jóvenes y clases trabajadoras con menor nivel de renta; la educación, la sanidad y los servicios sociales públicos, con trabajadores y trabajadoras al límite, evidencian saturación y falta de recursos y de respeto; el envejecimiento de la población tensiona y afecta a la sostenibilidad del modelo de pensiones; los programas públicos de dependencia adolecen de graves retrasos; la movilidad cotidiana de millones personas se degrada en las áreas metropolitanas por falta de inversiones; el cambio climático obliga a revisar las políticas urbanas, territoriales, ambientales o de gestión del agua y de las áreas forestales; tenemos un importante problema de productividad; en muchas regiones turísticas nuestro modelo de crecimiento solo garantiza empleos de baja cualificación y bajos salarios; nuestra calidad institucional es muy mejorable, como también el sistema judicial, y hemos empeorado en materia de corrupción política. Pese a nuestros logros históricos, hay demasiado sufrimiento físico y emocional, demasiada precariedad, demasiado malestar y demasiadas necesidades no atendidas.
A la vista de este breve repaso, es obligado hacerse algunas preguntas: ¿Cómo afrontar hoy estas urgencias en un Estado cuasi federal, integrado por naciones históricas y regiones que ni siquiera disponen de modelos de financiación equiparables y donde hay Comunidades Autónomas de primera, de segunda y de tercera? ¿Qué Estado de Bienestar nos podemos permitir? ¿Qué hacemos con niveles de deuda insoportables? ¿Cómo se acuerdan y se financian las grandes prioridades sociales? ¿Cómo abordamos los efectos del cambio climático? ¿Cómo se aborda la cuestión migratoria, esencial precisamente para garantizar en parte el pilar social? ¿El debate sobre fiscalidad progresiva o los impuestos a grandes patrimonios es una batalla perdida? ¿Qué reformas deben acometerse? ¿Caben espacios de acuerdos básicos o esperamos a que ocurran grandes explosiones o confrontaciones sociales para entonces, solo entonces, sentarse a dialogar entre las partes que son Estado? Las y los docentes, desde las calles, les están indicando por dónde empezar.
La política vive en un mundo propio demasiado separado de las políticas. Pero son las políticas públicas las que ofrecen seguridades y calidad de vida de los ciudadanos. Ahora con mayor urgencia. Y esas políticas exigen miradas que trascienden los tiempos de cada convocatoria electoral y mayor coordinación entre gobiernos. Me he preguntado desde hace tiempo cuándo comprenderán los partidos de gobierno que, por ejemplo, el problema de la vivienda, el resto de políticas públicas sociales, la agenda metropolitana, las políticas de movilidad o de anticipación y adaptación a los efectos del cambio climático, cuestiones verdaderamente esenciales, no pueden resolverse actuando cada gobierno por separado. Precisan de lealtad institucional, acuerdos y enfoques integrados, visión estratégica y gran nivel de coordinación y cooperación. Sin embargo, incentivados por la polarización extrema, los hemos sustituido por los de competición, confrontación y deslealtad institucional. Nos hemos convertido en una España inacabada y disfuncional que no se ocupa como debiera de las cuestiones esenciales.
Se habla ahora de un nuevo ciclo político en España. Es posible, pero no es seguro. Eso solo ocurriría si PP y VOX obtienen mayoría absoluta en el parlamento español. Pero desde Madrid DF, estas formaciones siguen sin comprender la gran pluralidad de las Españas. Ignoran o desprecian la realidad profunda de esa tercera España de las diversas identidades nacionales y regionales, decisivas para poder formar gobierno. Pero si así fuera, años después habría que volver, como Sísifo, a cargar con la pesada roca de esta inmensa agenda pendiente. Porque las políticas públicas, aquellas que necesita y espera la gente, seguirían sin abordarse con ese mínimo sentido de Estado tantas veces reclamado en estas páginas.
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