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Opinión

València

Peter Lim prefiere las aguas del Danubio

Peter Lim, junto con Nasser Al Khelaifi, propietario del Paris Saint Germain.

Peter Lim, junto con Nasser Al Khelaifi, propietario del Paris Saint Germain. / ED

Nuevo desprecio. Después de permanecer en el anonimato durante un prolongado período de tiempo, Peter Lim reapareció con motivo de la final de la Champions. Sonriente, relajado, y con buen aspecto, se retrató en compañía de Nasser Al Khelaifi, feliz propietario del París Saint Germain, dos veces campeón del torneo. Vivir para ver. Lim vistió para la ocasión un pantalón con el escudo del Valencia CF. Todo un detalle, o una provocación. Ambos personajes representan la cara y la cruz de cómo gestionar un club. La diferencia es abismal. De un proyecto ambicioso, en constante crecimiento, que persigue mejorar con criterio, a otro que es lo más parecido al del timo de la estampita. En la capital francesa no caben en gozo; a orillas del Turia, un verano más, se disparan las conjeturas sobre el porvenir. Su desprecio hacia la entidad de Mestalla, que domina por control remoto, se manifiesta con su nulo interés por acercarse a Valencia, distante a poco más de 2 horas de avión de la capital húngara. Nadie se sorprende ni se indigna. En realidad, lo tiene todo encarrilado. Lay Hoon pactó con los políticos locales la hoja de ruta del futuro estadio para alivio, entre otros, de Cristóbal Grau, que algún día debería contar con detalle sus tejemanejes en esta historia, desde aquel lejano día en el que avaló a Amadeo Salvo ante Rita Barberá. Se ha lucido desde entonces la mano derecha de la actual alcaldesa.

Sin mundialistas. La ausencia, salvo el helvético Cömert, de jugadores del Valencia en el próximo Mundial delata el momento del Club, aunque lo sorprendente hubiera sido contar con una mayor representación, pese a tratarse de un torneo tan concurrido, con nada menos que 48 participantes. Nadie se puede escandalizar a estas alturas. La única preocupación es la de disponer de un nuevo estadio para albergar partidos en la siguiente edición mundialista. La historia nos enseña que la reforma llevada a cabo en Mestalla durante el verano de 1978, con el objetivo de convertirse en la sede de la selección anfitriona cuatro años después, condujo a la ruina más absoluta. Las inversiones efectuadas entonces nunca tuvieron el retorno prometido. Un fiasco mayúsculo que dejó herido de muerte al club valencianista. La coyuntura financiera en el presente no invita al optimismo, precisamente. Las previsiones de cara al futuro, menos todavía. La temeridad con la que se engatusa a la opinión pública con el reclamo del cambio de campo responde a la insensatez de quienes se ven obligados a vender el producto para combatir la mediocridad actual.

De Putin a Trump. La FIFA se rindió en su día a los intereses geopolíticos de Vladimir Putin y le concedió la organización del Mundial en 2018. El presidente ruso necesitaba este acontecimiento para exportar la cara más amable de su país y supo, por supuesto, tocar las teclas adecuadas. La selección organizadora de aquella edición está vetada 8 años después. La Copa del Mundo, que arrancará el próximo jueves, viene condicionada por una serie de conflictos internacionales de enorme gravedad. Pero, desde hace tiempo, los rectores del fútbol no tienen inconveniente en descararse políticamente. La bochornosa escena de Gianni Infantino, presidente de la FIFA, rindiendo pleitesía a Donald Trump, y otorgándole un premio a la paz lo confirman. Ni los geniales hermanos Marx hubieran imaginado un delirio de este calibre en alguna de sus películas. Con anterioridad, Joao Havelange y Joseph Blatter, presidentes del mismo organismo, se vieron inmersos en graves escándalos de corrupción. El negocio y los intereses ya ganan por goleada al idealismo de Jules Rimet cuando alumbró en su día este torneo.

Jugadores extenuados. El Mundial más largo de todos los disputados hasta el momento, cierra un ejercicio extenuante para la mayoría de los jugadores de primer nivel. Las principales ligas europeas exigen un esfuerzo descomunal, con el añadido del desgaste que proporciona la Champions desde la implantación de su novedoso formato. Hace un año, más o menos, asistimos al estreno del Mundial de Clubes, cuya factura están pagando algunos de los participantes, caso del Chelsea, que ganó aquel absurdo torneo y que no disputará ningún torneo continental la próxima temporada. Su principal logro fue acceder a la final de Copa en Wembley. Una de las consecuencias de esta deriva competitiva es el aumento de lesiones; la cifra se ha disparado. Sin duda, un factor clave en el desarrollo de la inminente Copa del Mundo será el nivel de recuperación de algunos futbolistas, llamados a priori a marcar diferencias, y que llegan al acontecimiento con las reservas de energía agotadas y cuidados entre algodones.

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