Opinión | Crónicas de la incultura
A buenas horas, mangas verdes
La cultura es una cosa seria y no se puede vender como una bebida refrescante o como una camiseta ilustrada con monigotes. Cuando se lee, lo normal es que se susciten contradicciones y preguntas, nunca que el lector acepte un mensaje plano y sin matices

El ministro de Cultura, Ernest Urtasun, durante una rueda de prensa, en el Auditorio Jorge Semprún, a 10 de febrero de 2025, en Madrid. / Carlos Luján - Europa Press - Archivo
El pasado día 29 de mayo se presentó en Madrid, en la sede del Instituto Cervantes, el Plan Nacional de Acción Cultural en el Exterior, con la intervención del director del centro, de los ministros de Exteriores y de Cultura y del propio presidente del Gobierno de España. Se trataría de impulsar la acción cultural en el exterior para que ‘los valores, principios e identidad de nuestro país’ se alcen como un muro defensivo frente a ‘las guerras y la inestabilidad’ de allende nuestras fronteras. Se sostiene que el plan “ayudará a mejorar las industrias culturales, a abrir mercados y a ganar más presencia internacional”. Todavía más: según la nota de prensa difundida por Moncloa, “el presidente del Gobierno ha querido diferenciar entre los ‘países que dejan huella por el poder que acumulan’ y ‘los que consiguen algo mucho más difícil: formar parte de la imaginación emocional del mundo’; y es que España, cuando ha dado lo mejor de sí misma, nunca ha intentado imponerse desde la fuerza; lo ha hecho siempre desde la cultura".
Llama la atención el buenismo un tanto infantil de estas declaraciones. Hombre, eso de que España nunca se impuso por la fuerza es un decir. Primero llegaron los soldados, luego los misioneros. Claro que ocurrió lo mismo con la propagación de la cultura inglesa, de la francesa, de la alemana, de la japonesa, de la china, de la rusa o de la musulmana. Y mirando hacia atrás sin ira, algo parecido cabe decir de la cultura latina: ¿o es que las legiones de Roma les leían en voz alta el De amicitia de Cicerón a sus enemigos antes de proceder a masacrarlos? Uno de los problemas de la difusión cultural hodierna es que no funciona a base de libros, sino de reels en Internet: de ahí la simplicidad del mensaje que transmiten. La cultura es una cosa seria y no se puede vender como una bebida refrescante o como una camiseta ilustrada con monigotes. Cuando se lee, lo normal es que se susciten contradicciones y preguntas, nunca que el lector acepte un mensaje plano y sin matices.
Conozco bien el Instituto Cervantes, entidad con la que he colaborado a menudo en toda clase de cursos y conferencias, y puedo asegurarles que este simplismo es ajeno a las normas de la casa. Me pregunto si José Manuel Blecua, uno de los mejores directores que ha tenido el centro y que desgraciadamente falleció el mismo día en que se celebraba el acto de presentación del plan de marras, hubiera sostenido estas cosas sin ruborizarse. Resulta inevitable que casi todos los medios hayan destacado que no es una casualidad que dicho acto coincida con el hundimiento electoral del PSOE y, lo que es peor, con el escándalo político de una verdadera erupción de casos judiciales que no dejan títere con cabeza. Da la impresión de que el Gobierno ha situado al sector cultural español en primera línea de acción para expandir su agenda política fuera de nuestras fronteras.
Lo malo es que llega tarde. El Cervantes ha sido tradicionalmente -aparte de su importante contribución a la didáctica del español como lengua extranjera- un espacio de reflexión sobre las lenguas y las culturas hispánicas. "En este momento en el que algunos pregonan la cultura de la fuerza y de la guerra, nosotros elegimos el camino contrario, la fuerza de la cultura", ha asegurado Pedro Sánchez haciendo una clara alusión al presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, o al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, tras los enfrentamientos que el Gobierno ha vivido con ambos en los últimos meses. De hecho, el primer país que ha citado ha sido Estados Unidos con sus 60 millones de hispanohablantes. Pues bien, también conozco esta sociedad: al fin y al cabo, he estudiado el Spanglish en varios de mis trabajos y yo mismo di una conferencia sobre este tema en el Observatorio del Español (Instituto Cervantes) de la Universidad de Harvard y les puedo asegurar que esos sesenta millones de hispanohablantes de los EE UU no son necesariamente hispanoforofos.
Creo que ha llegado el momento de encarar la cuestión de la cultura hispánica sin triunfalismos ni derrotismos. Se trata de una gran cultura que se suele expresar en español, pero no necesariamente siempre y en todo lugar. Quiero decir, que los 500 millones de hispanohablantes que hay en el mundo nos entendemos en lengua española, con independencia de que sea o no nuestra primera lengua: un mejicano es hispanohablante, aunque su lengua familiar pueda ser el náhuatl o el maya; un paraguayo es hispanohablante, aunque la lengua de sus años mozos fuera el guaraní; un valenciano es hispanohablante, aunque su lengua materna sea el catalán; un tejano es hispanohablante aunque su lengua vehicular sea el inglés. Mientras no resolvamos este dilema, la cultura hispánica estará lastrada por toda suerte de malentendidos que se traducen en una frustrante debilidad política. El Instituto Cervantes ha intentado –me consta- fomentar la fuerza del español sin dañar la de las otras lenguas de los hispanos, pero otras instituciones siguen sin ponerse las pilas. No entiendo cómo, en pleno siglo XXI, hay una asociación de academias de la lengua española (ASALE), cuyos estatutos afirman que su presidente nato es el de la RAE (¿por qué?) y que su sede está en la calle Felipe IV de Madrid. El pasado colonial pasó: el futuro lo tenemos que construir entre todos, no porque le interese a un gobierno, sino porque nos interesa a los hispanohablantes. Solo que no se puede estar en misa y repicando: uno esperaría que nuestros gobernantes fueran consecuentes y mantuviesen la misma postura respecto al mundo hispano dentro que fuera. ¡Ay!
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