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Opinión | LA VELETA DE PAPEL

València

Soledad

El Papa León XIV, en el Congreso de los Diputados.

El Papa León XIV, en el Congreso de los Diputados. / José Luis Roca

En el occidente europeo hemos alcanzado un grado de desarrollo envidiables no hace demasiado tiempo. A pesar de los riesgos, las nuevas tecnologías ofrecen la oportunidad de viajar con la mente y los ojos a cualquier ciudad o lugar por muy remotos que sean, nos permiten conocer, incluso participar en culturas hasta no hace mucho arcanas. Desde casa podemos formarnos académicamente, asistir a conferencias, a congresos, ampliando sustancialmente nuestra base intelectual.

Se adquieren electrodomésticos que facilitan la vida, y dentro de poco habrá humanoides asequibles que ayudarán en multitud de tareas cotidianas, incluso como asistentes. Los avances en medicina están consiguiendo logros importantes, permitiéndonos alcanzar edades más longevas con calidad de vida. No, ni el dolor, ni la muerte han desaparecido, ni desaparecerán. La ciencia cruza fronteras hasta ahora infranqueables, pero no todas.

No podemos negar que las condiciones vitales de nuestra sociedad son mejores que las de nuestro antepasados, es un hecho. Pero hay una perniciosa contrapartida silente (en claro avance) que, no siendo consecuencia de ninguno de los éxitos alcanzados, sin embargo si parece ser una de sus derivadas: la soledad.

La soledad social no es un problema reciente, viene acentuándose desde mediados del siglo XX y debe ser afrontada con firme decisión. Los políticos crispados en batallas inútiles sobre falacias humeantes, ni se enteran ni están actuando. No es de extrañar y sí de agradecer que sea la Iglesia Católica, especialmente los dos últimos pontífices, Francisco y León XIV, la que ha alzado la voz para advertir de este grave problema y exigir soluciones.

A veces la independencia personal y el respeto al ámbito privado es una excusa para sutil e indolentemente rechazar o invisibilizar al prójimo, no solo en razón de una mal entendida seguridad sino, y esto es lo cruel, por sobresalir el yo sobre el él, o para justificar un orden establecido no se sabe por quién ni para quien. Sin empatizar, juzgamos y condenamos lo que nosotros también hacemos.

El dolor y desamparo que provoca en el ser humano la soledad no buscada, llega a invalidar a la persona socialmente, en sus relaciones con otros, incluso consigo mismo. Le afecta incluso físicamente y condiciona el futuro; aumenta la dependencia psicológica de personas en realidad innecesarias. Siente una solitud mucho mayor de la que padece, y cada día que pasa, esa sensación aumenta y a colmata la mente. La depresión espera agazapada.

No olvidemos que como humanos necesitamos de otros para vivir, y no estoy hablando únicamente de urgencias físicas o alimentarias infantiles, sino en todo momento, para desarrollarnos y ser felices. Sin minusvalorar los oasis del silencio. Hombre o mujer en solitud perpetua morirá triste y pronto.

Seamos conscientes de que las personas con sus personalidades, cada una distinta, nos acompañan a lo largo de nuestra existencia en este precioso mundo. Que nadie sea conocidos o desconocidos se sienta solo porque pases por su lado y no lo saludes; que nadie se sienta desamparado si por mor de la vida, o por decisión propia se quedará solo, tiene a amigos, a vecinos, incluso a desconocidos que podemos y queremos ayudarlo.

Mientras tanto podemos intentar corregir las tendencias a la insociabilidad que el aire nos trae de manera que no nos cueste sociabilizar, visitemos a los amigos, y también a los familiares que por cualquier razón dejamos en el cajón del silencio. Confraternicemos con la gente, el mundo será más luminoso, agradable, pacífico y estaremos alegres.

Por supuesto no os olvidéis de los salvajes que siguen atacando a personas, sean rusos, israelís o estadounidenses; que nadie se descuide con la IA y las manipulaciones interesadas. La Verdad hace libres: amémosla. Deseemos a Su Santidad, los mayores éxitos en su visita a España. Y gritemos juntos: ¡No a ninguna guerra; Dios no la quiere!

Mas es importante que seamos conscientes de que a nuestro alrededor vive gente que con un poco de nuestra amabilidad, atención, incluso ayuda, viviría mucho mejor de lo que ahora lo hace. Hacer felices a los demás hace muy feliz a quien lo practica, además de tener un valor terapéutico indudable: alarga la vida. Siendo gratis tú mismo te enriqueces, hazlo: te conviene.

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