Opinión | El trasluz
Un acto litúrgico
El dinero no exige fe; exige obediencia, que es más eficaz

Donald Trump. / EFE
Trump tiene ahora el capricho de imprimir un billete de 250 dólares con su cara. Un capricho barato, comparado con sus costumbres y que, en principio, tampoco mata a nadie: otra excentricidad, si pensamos en lo que disfruta bombardeando. La cifra conmemora el 250 aniversario de la independencia, pero da igual: lo que importa es el rostro, no la excusa. Y el rostro, en un billete, cumple la misma función que el santo en una estampita. Ambos viajan de mano en mano, se guardan junto al corazón, se pierden, se encuentran, se doblan por la mitad. Ambos representan una fe. Los norteamericanos llevan muertos en la cartera: Franklin, Lincoln, Washington. Los padres fundadores los acompañan a comprar el pan, pagan el taxi, esperan en el cajón de la mesilla de noche. Son reliquias que circulan, santos laicos tocados por millones de dedos que nunca rezan, pero siempre cuentan. El dinero no exige fe; exige obediencia, que es más eficaz. No necesitas creer en el dólar, basta con que el dólar crea en ti.
Lo singular de Trump es que quiera entrar en ese santoral sin haberse muerto. Canonizarse en vida. Los otros presidentes que figuran en los billetes llevan siglo y medio o más en la tumba; han pasado por el purgatorio de los historiadores, han sido juzgados, revisados, reinterpretados. Trump se salta el trámite. ¿Para qué esperar a la posteridad si puedes fabricarla?
Hay algo religioso también en la cifra. 250 dólares no sirven para nada práctico: no encajan en las máquinas expendedoras, complican el cambio, desconciertan al cajero. Es un billete inútil, es decir, sagrado. Las estampitas tampoco sirven para nada material; su poder es simbólico, consolador, identitario. La economía, como la religión, funciona mejor cuando no piensas demasiado en ella. Cuando aceptas sus símbolos sin preguntar quién los diseñó ni por qué. Trump, con su efigie dorada, solo lleva esa lógica a su conclusión natural. Si el billete es una estampita, ¿por qué no poner en ella al único santo que todavía cobra comisión? Al final, cada vez que alguien entregue uno de esos billetes estará participando sin saberlo en un acto litúrgico. Un pequeño ritual de sumisión disfrazado de comercio. Y Trump, desde el papel moneda, sonreirá con esa mueca suya que nunca sabes si es de vendedor o de predicador. Quizá porque son lo mismo.
Fuente: La Nueva España
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