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Opinión

València

Aplauden al papa y firman la discriminación cuando creen que Dios no mira

Aplaudir al papa cuando dice que ningún ser humano debe ser discriminado por su origen y, al mismo tiempo, pactar en Castilla y León, Aragón y Extremadura la llamada prioridad nacional exige una destreza que no se improvisa. Es como besar el santo y robarle la hucha

El Papa, ovacionado en el hemiciclo del Congreso

El Papa, ovacionado en el hemiciclo del Congreso / VERONICA POVEDANO / CONGRESO

La política española ha descubierto una nueva especialidad olímpica: aplaudir al papa con una mano y firmar la discriminación con la otra. Requiere flexibilidad moral, entrenamiento cervical y una notable capacidad para que la conciencia no haga ruido en mitad del hemiciclo. No todos pueden hacerlo. Hay quien, por simple torpeza ética, escucha un discurso sobre la dignidad de los inmigrantes y se siente interpelado. La derecha española, más atlética, escucha lo mismo, se levanta, aplaude y luego vuelve tranquilamente a la oficina a ordenar las prioridades nacionales, que es como ahora se llama a cerrar la puerta procurando que no chirríe demasiado.

El papa León XIV habló en el Congreso de los Diputados con esa serenidad peligrosa de quienes aún creen que las palabras significan algo. Dijo, más o menos, que el drama migratorio exige mirar a las personas, ofrecer protección, acogida e integración. Nada particularmente revolucionario, salvo para quienes han convertido el Evangelio en un folleto de comunidad de propietarios. Allí estaban muchos dirigentes de la derecha y la ultraderecha, muy compuestos, escuchando aquello de la dignidad humana con la expresión grave de quien oye misa, pero ha dejado la misericordia en el coche oficial. Alberto Núñez Feijóo aseguró después que suscribía el discurso del Papa «desde la A hasta la Z». Debió de hacerlo muy deprisa, porque entre la A de acogida y la Z de zancadilla administrativa no pareció detenerse demasiado.

Conviene reconocerles el mérito escénico. Aplaudir al papa cuando dice que ningún ser humano debe ser discriminado por su origen y, al mismo tiempo, pactar en Castilla y León, Aragón y Extremadura la llamada prioridad nacional exige una destreza que no se improvisa. Es como besar el santo y robarle la hucha.

La prioridad nacional es una de esas expresiones que llegan a la política perfumadas con eufemismos de notaría. No dice excluir, que suena feo. No dice discriminar, que mancha el mantel. Dice priorizar. Es una palabra estupenda: limpia, vertical, eficiente. El problema es que, cuando se rasca el barniz, aparece lo de siempre: unos vecinos con más derechos que otros, unas necesidades con pasaporte y otras sospechosas, unos pobres de primera y otros de importación.

Lo más cómico, si no fuera tan obsceno, es que muchos de quienes defienden esta doctrina se proclaman guardianes de las raíces cristianas de Europa. Debe de tratarse de unas raíces muy selectivas, quizá podadas por la sección de extranjería. En su versión, el buen samaritano se detiene junto al herido del camino, le pregunta primero de dónde viene, comprueba si lleva cinco o diez años inscrito en el censo de Jericó y, solo después, valora si procede aplicarle aceite, vino o una derivación burocrática al país de origen. De haber conocido este procedimiento, la parábola habría perdido algo de agilidad narrativa, pero habría ganado seguridad jurídica.

La ultraderecha no tiene este problema porque suele leer el cristianismo como quien consulta un menú y pide solo los platos que no llevan ingredientes inmigrantes. La compasión le parece bien siempre que sea nacional, ordenada y, a ser posible, con bandera. Lo llamativo es el papel del Partido Popular, que lleva años aspirando a parecer el adulto en la sala mientras le presta a Vox el bolígrafo para redactar el menú. En Castilla y León cedió la cocina. En Aragón firmó el postre. En Extremadura pidió que constara en acta que él solo había puesto la mesa. El resultado es idéntico: los mismos comensales excluidos, con la diferencia de que el PP conserva el mantel limpio.

Porque esa es la verdadera operación política: no se trata solo de repartir ayudas, viviendas o prestaciones. Se trata de instalar una jerarquía moral de la necesidad. El mensaje es transparente: si usted nació aquí, su pobreza es atendible; si llegó de fuera, su pobreza debe ponerse en cola y agradecer que no la acusen de abuso. Es una forma elegante de convertir la exclusión en trámite, la sospecha en política pública y la desigualdad en patriotismo de ventanilla.

Luego vendrán los discursos solemnes. Dirán que no hay discriminación, sino arraigo. Que no hay xenofobia, sino orden. Que no hay crueldad, sino sentido común. El lenguaje siempre es el primer abrigo de la indecencia cuando empieza a refrescar. Y el fondo se entiende perfectamente: aman al extranjero en abstracto, que es una forma comodísima de no tener que soportarlo en la consulta, en el colegio, en el alquiler o en la cola de los servicios sociales.

Quizá por eso el aplauso del papa fue tan hermoso: porque durante unos segundos todos parecieron mejores de lo que eran. El problema vino después, cuando terminaron los ecos, se apagaron las cámaras y cada cual volvió a su despacho. Unos regresaron conmovidos. Otros, simplemente, descansados porque habían cumplido con la liturgia. Ya podían seguir levantando alambradas administrativas con la conciencia recién planchada.

Así que al final la hipocresía resulta ser el verdadero pegamento de esta coalición implícita: Vox pone la doctrina, el PP pone la firma, y entre los dos construyen una política que ninguno de los dos se atreve a llamar por su nombre delante del papa. Aunque el papa, con esa serenidad peligrosa suya, ya lo había llamado.

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