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Opinión

València

Sobre la ceguera social

Una sociedad que no escucha a sus maestros se encamina hacia su propio extravío, una sociedad que se acostumbra a la ceguera termina aceptando como normal aquello que debería alarmarla

Decenas de personas se concentran frente a la Conselleria de Educación tras no conseguir un acuerdo en la reunión oficial convocada por la huelga indefinida de docentes, a 20 de mayo de 2026, en Valencia

Decenas de personas se concentran frente a la Conselleria de Educación tras no conseguir un acuerdo en la reunión oficial convocada por la huelga indefinida de docentes, a 20 de mayo de 2026, en Valencia / Rober Solsona - Europa Press

Hay momentos en la historia de una sociedad que funcionan como espejos: nos obligan a mirarnos, aunque no queramos. En un tiempo en el que los profesores reivindican una serie de mejoras para el sistema educativo, podemos observar las calles convertidas en aulas abiertas en las que comparten enseñanzas profesores, alumnos, familias y ciudadanos anónimos que no se resignan a lo que la inercia del momento está conduciendo: se están manifestando diariamente por una educación pública digna.

La administración educativa es incapaz de ofrecer respuestas, seguramente porque se encuentra en las antípodas de lo que se está reclamando, no existe otra explicación para justificar un conflicto de tanta duración en el que los propios afectados están pagando por manifestarse, por ofrecer su opinión, por sostener una huelga que consideran clave para el futuro.

Acercarse a una de estas manifestaciones es detener el tiempo por un instante y preguntarse hacia dónde vamos. Vivimos un periodo de extraña ceguera colectiva, como si no quisiéramos ver lo que está ocurriendo ante nuestros ojos. Y, sin embargo, pocas veces ha sido tan urgente abrirlos.

Este es buen momento para volver la vista atrás y detenerse en una de las principales obras de Saramago, El ensayo sobre la ceguera, repleta de metáforas, a cada cual más inquietante. El autor nos traslada la responsabilidad de tener ojos cuando otros los perdieron. Saramago nos obliga a parar, cerrar los ojos y ver, recuperar la lucidez y rescatar aquello que realmente es importante.

Las calles de Valencia y de Alicante son un buen antídoto frente a la ceguera social, nos ofrecen una imagen nítida acerca de la realidad que nos envuelve y los riesgos que conlleva si seguimos la espiral que ha originado este movimiento masivo, y que, si no reaccionamos, el precio lo pagarán las próximas generaciones. Una sociedad que no escucha a sus maestros se encamina hacia su propio extravío, una sociedad que se acostumbra a la ceguera termina aceptando como normal aquello que debería alarmarla. Y cuando eso ocurre, ya no es la luz lo que falta, es la voluntad de mirar.

Estamos asistiendo al siglo del deslumbramiento, hemos encendido tantas luces que apenas podemos percibir nuestro entorno, estamos ciegos, envueltos por la luz que nos envían los focos desenfocados de una tecnología hegemónica que va ocupando espacios en nuestra vida cotidiana: luces y más luces, sembrando oscuridad, opiniones que se reflejan a través de una imparable tormenta de mensajes que nos dirigen hacia un escenario que ya se ha creado, no por nosotros, y que nos conduce hacia un futuro que no hemos elegido

Este movimiento de traslado de la enseñanza a la calle, es buen momento para reflexionar acerca de lo que realmente es importante, por aquello que vale la pena pelear; y la educación pública de calidad, sin ninguna duda, se encuentra entre esos objetivos. Conviene aprovechar el clamor de los enseñantes para hablar de educación y abrir debates públicos con referentes claros hacia el futuro para reordenar ideas.

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