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Opinión | Bolos

Director de Levante-EMV

El Mundial arranca muy lejos de Mestalla

La FIFA necesita tres países y el doble de selecciones para un campeonato global cuya relevancia en Europa contrasta con el apego a los equipos locales

La selección española levanta la Copa del Mundo tras ganar en Sudáfrica en 2010.

La selección española levanta la Copa del Mundo tras ganar en Sudáfrica en 2010. / GEORGI LICOVSKI

Será difícil que el arranque de este macromundial de fútbol encuentre sitio entre el epílogo de la huelga docente, el último tramo de la visita del papa León XIV, la crisis del PSOE, la renovación de los últimos pases de Mestalla o el final de liga del Valencia Basket. Antes, el campeonato paralizaba el planeta. Ahora, la FIFA necesita tres países, más sedes y el doble de selecciones para disimular que el aficionado europeo vive más pendiente de su club que de su bandera.

Basta colocarse a la salida de un colegio para comprobar cómo ha cambiado el mercado sentimental del balón. Los equipos locales han sido barridos por el bipartidismo doméstico, pero también por el empuje de los clubes-Estado arábigos. El fútbol de proximidad compite con más desventaja contra una industria global que vende pertenencia sin exigir memoria.

En mi saturada ratio de EGB, un maestro que después fue durante años gurú de la comunicación en la Diputación y pariente del mítico presidente federativo (Pablo, Pablito, Pablete), nos preguntó en clase de qué equipo éramos. El resultado aún se recuerda fácil porque mi número era el penúltimo: 47 del Valencia, uno del Levante —su padre era del Cabanyal— y otro del Athletic, entonces de Bilbao, un club que conservaba en los setenta muchas simpatías fuera de Vizcaya, también aquí, sobre todo entre familias vinculadas a los Altos Hornos del Puerto de Sagunt.

Ahora, los míos están más preocupados por cómo será la reubicación en el Nou Mestalla, si esta vez se cumplen los plazos, y por preparar un homenaje en la anunciada última campaña del viejo santuario. Afrontamos el Mundial con una merecida equidistancia y una inconfesable inclinación hacia el tiburón de Foios. Ferran Torres es de los pocos futbolistas capaces de sacarnos un rato del túnel de melancolía donde nos metió Peter Lim. Recordar que en la Roja que ganó el Mundial de Sudáfrica, hace dieciséis años, había cuatro jugadores con sello valencianista —Marchena, Silva, Mata y Villa— produce más desánimo que nostalgia. Como ese Estados Unidos algo ajeno que se verá.

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