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Opinión

Historiadora; Fundación por la Justicia

El precio de un niño

La dura realidad del trabajo infantil: uno de cada diez niños en el mundo trabaja

La dura realidad del trabajo infantil: uno de cada diez niños en el mundo trabaja

Qué titular tan simple, que apunta a reacciones simples: un niño no tiene precio; una persona no tiene precio; cualquier vida no tiene precio; el ser humano no es un bien cuantificable, no es moneda de cambio.

Debiera ser el razonamiento obvio frente a las cinco palabras que encabezan el artículo. Sin embargo, en fecha tan cercana como 2002 la Organización Internacional del Trabajo lanzó un llamamiento que mostraba la magnitud del problema, estableciendo cada 12 de junio como el día en que los esfuerzos institucionales y personales a todos los niveles debían recordar y enfrentar una lacra social y humana que persiste de forma inimaginable: el trabajo infantil.

A los historiadores nos parecen tan lejanos los hitos que marcan el comienzo de la Historia Contemporánea, con la revolución industrial, el abandono de las formas de vida y trabajo tradicionales y la llegada del progreso, los avances científicos y la sociedad fabril, que pensamos que los tugurios de las ciudades industriales británicas que Dickens encarnó en su Oliver Twist quedaron en la literatura romántica y se superaron. Ya los niños de Liverpool y Manchester, o de las riberas del Támesis no enferman y mueren antes de su adolescencia; hace más de un siglo que comen, crecen, estudian, hacen deporte y llegan a ser lo que cada uno imagina en su vida adulta.

No es cierto, por desgracia. El trabajo infantil, que priva a los niños de su inalienable derecho a crecer física y psicológicamente con la dignidad que se debe atribuir al desarrollo humano, continúa cayendo como una losa sobre millones de criaturas, a edades inconcebiblemente tempranas, aunque desde su creación hace más de un siglo la OIT señalara su abolición como objetivo prioritario.

Según un informe de UNICEF de 2024 sobre cifras, estimaciones y tendencia a seguir relativas al trabajo –siempre forzado- infantil, aunque desde primeros de siglo los porcentajes se han reducido, queda aún el escalofriante dato de casi 140 millones de niños afectados. Niños que no están en la escuela ni jugando, sino en el campo, ayudando con su frágil apoyo a sus familias, vendiendo, trabajando en fábricas o incluso en las minas.

Repartidos por Asia, el Pacífico, América latina o el África subsahariana, donde se concentra el porcentaje más cruel con casi dos tercios de todos los niños –87 millones- en situación de trabajo infantil, su vulnerabilidad les aleja de la vida que los derechos humanos y también, por ende, la justicia humana, debiera asegurarles, protegiendo a quienes han de ser nuestro futuro.

Niños sin horizonte, sin sueños y muchas veces sin asistencia, ropa, la mínima higiene o un simple calzado; y no es literatura romántica. Son coetáneos a nuestros hijos. Pero estos niños no pueden discernir si quieren ser bomberos, astronautas, futbolistas, médicos, videogamers o influencers: no tienen opción de elegir. Aunque algo tienen claro en cuanto a que son seres humanos: ninguno querrá ser esclavo.

La efeméride internacional contra el trabajo infantil coincide en estas fechas con la celebración del Humans Fest de Fundación por la Justicia, el festival de Cine y Derechos Humanos que dedica esta XVII edición a la Infancia y Juventud, para impulsar la reflexión ciudadana con la potente imagen del cine.

Miradas que recorren conflictos, dramas o ilusiones de la infancia a la que dar voz. A esos niños que trabajan en los campos sin conocer a Confucio cuando planteaba “¿Me preguntas para qué compro arroz y flores?” hay que hacerles llegar su respuesta: “Arroz para vivir y flores para tener algo por lo que vivir”.

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