Opinión
Soltar la mano

Varios niños llegan al colegio acompañados de sus madres. / Europa Press
Mi hijo, de pequeño, tenía un compañero de clase que, en cuanto su madre se daba la vuelta tras dejarle en el colegio, “se quitaba” sus besos de un manotazo. Así me lo contaba mi chiquillo con una mezcla de asombro y de espanto. Por suerte para mí, el paso del tiempo no ha hecho que él haya sentido vergüenza de darme un beso o regalarme un «te quiero» delante de sus amigos, aunque, obviamente, hace años que soltó mi mano.
La semana pasada fue uno de los más de 25.000 estudiantes de la EBAU que se enfrentaron al examen de castellano en el que se pedía una redacción a partir de un artículo de Pilar Galán cuyo título (y, con su permiso) tomo prestado para el mío. 'Soltar la mano' es una preciosa reflexión sobre cómo las madres viven ese momento en el que sus criaturas empiezan a volar y rompen, de alguna manera, ese vínculo emocional y de dependencia que acompaña la niñez. Aquello que ocurre cuando, como cantaba Eduardo Aute en El niño que miraba al mar, el verdugo que llevamos dentro gana la batalla y te empuja irremediablemente hacia la vida adulta.
Felicito al tribunal que eligió este texto para la prueba, ya que difícilmente podría ser más adecuado para un público que, desde la otra barrera, también ha vivido ese desapego gradual. Es un tránsito hacia otra etapa vital que, aunque desde otra perspectiva, tampoco es fácil. Hacerles pensar y reflexionar sobre sus emociones me parece un acierto, y estoy segura de que las personas que corrijan encontrarán oro en esos exámenes. Más de una (yo incluida) pagaría por leerlos.
El reencuentro con el artículo de Pilar Galán, además, me ha hecho pensar sobre ese concepto de 'nido vacío'. No es cierto que nadie nos enseñe a enamorarnos o a ser madres: en realidad, la norma patriarcal marca con bastante claridad el camino. Y en el caso de la maternidad, es demasiado exigente, demasiado sacrificado y conduce principalmente a las mujeres —trabajen fuera de casa o no— a cierto vacío existencial cuando los hijos y las hijas crecen.
Tal vez habría que preguntarse si una maternidad menos omnipotente, con una paternidad más activa, serviría para no colocarnos como únicas responsables de cada paso, de cada éxito, de cada fracaso. Creo sinceramente que nos haría más fácil soltar la mano antes de que sean ellos y ellas quienes sientan que han de arrancarlas de las nuestras. Haría, sin duda, más llevadero ver, como escribe Pilar Galán, «esa mano que se pierde en el aire justo antes de que tu hijo desaparezca dentro del autobús»
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