Opinión
Darwin y la inteligencia artificial
Si en el algoritmo hay lenguaje, lo hay sin ideas: por eso es pura combinación. De ahí que ChatGPT sea un modelo de lenguaje artificial, no una inteligencia

Imagen de archivo de un robot que chuta una pelota mediante inteligencia artificial. / ED
Navegando por el universo de los pódcasts, voy encontrando, aquí y allá, las piezas que me permiten reconstruir los fundamentos de la mal llamada Inteligencia Artificial y, a continuación, dar sentido a la meta que persiguen los diversos gurús y empresas inmersos en la carrera hacia la (aún peor llamada) Inteligencia Artificial General. Para quien no lo sepa, sus ideologías se basan en una lectura fraudulenta de la teoría de la evolución, deformada por el aceleracionismo característico de todos los fines de época.
El problema es que, si Darwin descubrió algo, fue que el tiempo biológico era mucho más largo de lo que el ser humano, sin la ciencia, jamás hubiese sido capaz de imaginar. Fue este tiempo ingente e inabarcable el que Darwin colocó en lugar de la teleología (divina o no), de la idea de que la emergencia del ser humano era algo predeterminado, algo que emanaba de la lógica misma de la historia (que era su fin, su propósito); una especie, la humana, que todo lo demás prefiguraba y de lo que ella era la culminación. Es muy fácil incurrir todavía en este tipo de ideas cuando uno mira al pasado desde su posición y, vedado el acceso al futuro, se ve irremediablemente como el punto de llegada. Estamos tan bien adaptados al entorno (nos decimos, mirando nuestros largos brazos, nuestras hábiles manos, todo lo que nuestra inteligencia nos ha permitido fabricar) que es imposible que no seamos la explicación última de todo lo que nos precedió. Seguro que las cosas sucedieron para que nosotros emergiéramos. Desde siempre fuimos la meta.
Pues no. En lugar de un tiempo abreviado, en la medida en que había sido prediseñado para llegar hasta nosotros (hay quien habla de seis días), Darwin colocó una historia biológica tan extendida como carente de guía: un tiempo inmenso, que cubría miles de millones de años y que, además, estaba compuesto por dos variables muy sencillas: la capacidad de los miembros de cada especie para dejar descendencia en un entorno cambiante, y el hecho de que, respecto a este factor, algunas mutaciones genéticas aleatorias eran ventajosas y otras no. Una vez emergieron los homínidos, esta lógica se complicó, claro: con el lenguaje, los valores sociales y la posibilidad de modificar el entorno con nuestras propias manos (en vez de adaptarnos a él), gracias al poder ingente de las nacientes tecnologías. Pero incluso estas realidades cristalizaron a partir de las sencillas dinámicas de la teoría de la evolución, y nada las prefiguró antes de que se consolidaran.
Hoy, como un Dios creador, la industria de la inteligencia artificial se imagina inmersa en una carrera por la evolución. Lo hace poseída por la fantasía de que puede hacer evolucionar una inteligencia suprahumana en un tiempo muy acotado y a propósito. En lugar de la mutación genética y cuerpos vivos interactuando en sus entornos, OpenAI, Google DeepMind, Anthropic, etc., trabajan con el lenguaje humano, cuyos productos han expropiado ilegalmente y volcado en ingentes bases de datos. Esa es su sustancia, por decirlo así. Y en lugar de un tiempo inmensamente largo, saturado de trillones de nacimientos, muertes, engendros y mutaciones, la industria ha colocado millones de trabajadores y usuarios que malgastan sus vidas manipulando, probando, ajustando y modificando continuamente y en tiempo real la precisión de algoritmos que combinan, de formas adecuadas (o no), unas palabras con otras. Ese es su método, su tiempo y su entorno. De la repetición ingente de este mecanismo a cada segundo pretenden que emerja una nueva Inteligencia Artificial General, una inteligencia que ya no requiera de otros cuerpos y mentes para generarse a sí misma, igual que la inteligencia humana evolucionó a partir de la de los grandes monos.
Así se plantea la fantasía, sin darse cuenta de que hay más inteligencia en los grandes monos (y en los pequeños) que en cualquier algoritmo, por muy eficiente que sea. Tal vez el animal no tenga lenguaje, pero tiene ideas y reacciona a su entorno; en cambio, si en el algoritmo hay lenguaje, lo hay sin ideas: por eso es pura combinación. De ahí que ChatGPT sea un modelo de lenguaje artificial, no una inteligencia. Combinatoria + perfeccionamiento acelerado del algoritmo = Inteligencia Artificial General. Pero entre esos términos no podrá haber jamás equivalencia. Y ésta es, en último extremo, la discrepancia que la propia industria trata de compensar; lo hace con un salto de fe que, en este caso, se expresa en billones y billones de dólares invertidos en una cruzada fantástica que, igual que la colonización de Marte, no hará más habitable nuestro entorno, ni más dignas nuestras vidas, ni más amable el destino de nuestra descendencia.
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