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Opinión

Alfonso Fabregat Rosas

Profesor de Secundaria. Doctor en Filosofía

La huelga se suspende. El conflicto no. Septiembre empieza hoy

Muchos docentes arrastramos la sensación de no haber sido escuchados durante mucho tiempo. Ese malestar merece atención. Pero asumir con normalidad que las movilizaciones volverán en septiembre no debería ser motivo de orgullo para nadie, sino una señal de que seguimos sin encontrar vías eficaces de entendimiento

Última manifestación de la escuela pública tras un mes de huelga.

Última manifestación de la escuela pública tras un mes de huelga. / Germán Caballero

A partir de hoy los centros educativos valencianos vuelven a abrir sus puertas con aparente normalidad. Las clases continuarán, las evaluaciones seguirán su curso y muchos tendrán la sensación lo peor del conflicto educativo ya ha pasado.

Sin embargo, conviene abrir los ojos y preguntarnos si realmente estamos ante el final de una crisis o simplemente ante un paréntesis vacío.

Por lo que leemos, las organizaciones sindicales han suspendido las movilizaciones, pero no han renunciado a sus reivindicaciones. La Administración mantiene sus planteamientos, pero tampoco ha desaparecido el malestar acumulado durante estos meses. Como no puede ser de otro modo nada de lo que ha provocado el conflicto se ha evaporado de un día para otro.

La actual situación me recuerda a esas treguas que a veces aparecen en los conflictos más complicados. Durante un tiempo desaparece el ruido, disminuye la tensión y todos agradecen la calma recuperada. Por experiencia sabemos que el problema es que la tranquilidad en las callesnos produzca una ilusión peligrosa: creer que el conflicto se ha resuelto cuando en realidad solo ha dejado de manifestarse de forma visible.

Por eso creo que cuando la huelga se detiene comienza el verdadero reto.

Mientras existen movilizaciones cada actor conoce su papel. Los sindicatos movilizan. La Administración responde. Los medios informan. La opinión pública observa. El escenario es conocido por todos.

La dificultad aparece en cuanto cambia el escenario. ¿Qué ocurre cuando desaparece la presión inmediata? ¿Quién toma la iniciativa? ¿Quién convoca la siguiente reunión? ¿Quién asume el coste político de mover ficha en primer lugar?

La experiencia nos demuestra que muchos conflictos no fracasan por exceso de confrontación, sino por ausencia de trabajo silencioso entre los momentos de confrontación. Las oportunidades de acuerdo suelen elaborarse lejos de los titulares, en espacios donde todavía es posible explorar propuestas sin la obligación permanente de demostrar fortaleza ante los propios.

Precisamente por eso, el verano que ahora comienza debería ser entendido como un intenso tiempo de trabajo y no como un tiempo de espera a las nuevas movilizaciones.

No parece razonable que la alumnos, familias y docentes no sepamos si existe un calendario de negociación, qué cuestiones van a abordarse prioritariamente o qué mecanismos se utilizarán para intentar acercar posiciones. La incertidumbre alimenta la desconfianza. Y la desconfianza, cuando se prolonga, acaba convirtiéndose en un problema tan grave como las discrepancias que lo provocaron.

Soy consciente de que no es realista esperar grandes acuerdos durante las próximas semanas. Pero sí debería ser posible exigir algo más modesto y, precisamente por ello, más alcanzable: que el diálogo continúe.

No se trata de pedir a nadie que renuncie a sus convicciones. Tampoco de exigir soluciones inmediatas a problemas complejos. Se trata simplemente de evitar que septiembre se convierta en el punto de partida de una nueva escalada.

Muchos docentes arrastramos la sensación de no haber sido escuchados durante mucho tiempo. Ese malestar merece atención. Pero asumir con normalidad que las movilizaciones volverán en septiembre no debería ser motivo de orgullo para nadie, sino una señal de que seguimos sin encontrar vías eficaces de entendimiento. Confío que el objetivo de estos meses no sea ganar tiempo, sino que sea un tiempo activo y productivo en la búsqueda de un acuerdo.

Dentro de unas semanas volveremos a hablar de plantillas, de condiciones laborales, de organización educativa o de política lingüística. Son debates legítimos y necesarios. Pero antes de discutir sobre cualquiera de ellos existe una cuestión previa que debería preocuparnos a todos, saber si las personas responsables de resolverlos siguen sentándose a hablar.

Sigo pensando que la educación valenciana necesita acuerdos. Pero en este momento, sobre todo, necesita proteger los espacios donde esos acuerdos pueden llegar a construirse.

Ahora que la huelga se suspende no es tiempo de preguntarse, o de vender, quién ha ganado o quién ha perdido. La pregunta verdaderamente importante es si alguien está dispuesto a trabajar para que septiembre sea diferente a lo que acabamos de vivir.

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