Opinión
El papa en un país de ateos

Visita del papa a Madrid / Efe /Sergio Pérez
Hay imágenes que dicen más de una sociedad que cualquier encuesta. Miles y miles de personas en las calles, teléfonos móviles en alto, aplausos, vítores y una expectación poco habitual para ver pasar un segundo al papa. Y todo ello en una España en la que, según las estadísticas y la experiencia cotidiana, cada vez menos personas acuden regularmente a misa, las vocaciones religiosas son mínimas, disminuyen los matrimonios religiosos, caen los bautizos, las comuniones se han convertido en un mero acto social y de las confirmaciones -¿se acuerdan?- ya ni hablamos.
¿Cómo se explica la ‘locura’ de estos días? Quizá la respuesta esté en que lo vivido tiene tanto de religioso como de cultural, emocional e incluso mediático. La figura del pontífice trasciende de la fe; es una institución con dos mil años de historia, una referencia moral para unos, un símbolo de identidad para otros y, sencillamente, un personaje mundial para quienes no comparten sus creencias. Por eso, muchos de los que acudieron a ver a León XIV probablemente no pisen una iglesia desde hace años e incluso discrepen de las posiciones de la Iglesia, pero querían estar en un momento que percibían como histórico. A otros, porqué no, les puede haber llamado la mera curiosidad por estar ahí.
Sin embargo, lo más llamativo ha sido el despliegue institucional y mediático que ha acompañado la visita. El papa no se ha limitado a celebrar vigilias multitudinarias, presidir misas masivas o impartir bendiciones ante miles de fieles. También, unido a muchas audiencias privadas, ha visitado el Congreso de los Diputados donde realizó una llamada de atención sobre la responsabilidad de quienes ejercen la representación pública y la reprimenda fue acogida con una naturalidad sorprendente por todos los allí presentes.
A ello se suma el papel de la televisión pública que ha retransmitido prácticamente cada minuto de la visita con una intensidad, por parte de quienes hablaban, poco habitual. Durante varios días, la programación ha girado en torno al pontífice con un entusiasmo que difícilmente se observa en otros acontecimientos como si el país entero compartiera una misma emoción religiosa.
Y es que quizás, la explicación no se encuentre en la religión sino en el fenómeno fan por el que Robert Prevost,por su liderazgo y carisma, está sabiendo movilizar a las masas. ¿Le pedirán otros consejo?
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