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Opinión | En el barro

València

¿Sirve de algo escribir en este tiempo?

¿Qué hacer si cada uno tiene ya configurada su realidad y está cómodo en ella? Lo novedoso de este tiempo son las posibilidades de confort para las distintas verdades.

Elon Musk, fundador de SpaceX, proyectado ayer sobre una fachada de Times Square.

Elon Musk, fundador de SpaceX, proyectado ayer sobre una fachada de Times Square. / Victor J. Blue

¿Sirve de algo escribir en este tiempo? ¿Sirve de algo decir? La respuesta cada vez me parece más oscura. ¿Qué hacer si cada uno tiene ya configurada su realidad y está cómodo en ella? Lo novedoso de este tiempo son las posibilidades de confort para las distintas verdades. ¿Es la de Horizonte, que destripa (o lo parece) la cloaca de Leire Díez y señala en tono de ajusticiamiento ético a los 61 periodistas “sicarios” con los que decían tener contacto (no importa si es real o no lo que aparece, interesa linchar)? ¿O la verdad es la que a la misma hora encuentras en El intermedio, haciendo mofa de jueces e ironizando sobre sus inclinaciones? Qué sé yo. ¿No piensan que algo no va bien cuando se habla tanto de periodistas, ahora en el papel de colaboradores necesarios para manosear la realidad? No es el mejor momento para estar a este lado de la trinchera.

La verdad es que no todas las verdades son iguales. La verdad es que nuestra cloaca es haber llegado a un punto en que empezamos a no distinguir la realidad. Empezamos a nadar en el odio.

Entonces Elon Musk, el primer billonario, llama a la puerta de la fiesta para defender su tinglado. Lo que enfurece a la gente, dice, no son las redes sociales, sino “los migrantes asesinos que decapitan a personas inocentes en su ciudad natal”. Habla de Belfast. Podría hablar de cualquier ciudad. El odio racial está en el señalamiento no de los asesinos sin más, sino en la unión de inmigrante y asesino como si en su condición de extranjero fuera el mal. Marcados así como el enemigo a combatir. Es la misma raíz de pensamiento que nutre la ‘prioridad nacional’ y el mantra de ‘los españoles, primero’.

Y entonces me veo aquella mañana fría en Auschwitz, entre botas, gafas y viejas ropas huérfanas. Creo que nunca he sentido el mal tan cerca.

¿Cuál es la finalidad de este mar de odio? ¿Cómo se las compone el periodismo de siempre en esta época de universos paralelos?

Lo 'chic' es querer creer en algo que no necesita a la razón para explicar esto de ser

Parece que ya no es tiempo de laicismo. El péndulo está en movimiento. En los ochenta y noventa la cultura estaba dominada por la irreverencia, las ideas progresistas y el laicismo. Todo eso que hoy se desprecia como woke. Todo eso que parece viejo. Lo 'chic' es querer creer en algo que no necesita a la razón para explicar esto de ser. Vuelve a ser seductor ser espiritual. E incluso la izquierda cambia y se siente cerca de este catolicismo de hoy que representa León XIV (y antes Francisco). ¿Es un síntoma de que la razón importa ya menos? Hay que admitir que el papa suena bien en tiempos de odio y ruido: “El extranjero de ayer puede ser el hermano de hoy”. Amén.

Detrás de las guerras de valores y eso que han llamado batallas culturales, está (sigue estando) el dinero

El dios que no cambia es el del dinero. Detrás de las guerras de valores y eso que han llamado batallas culturales, está (sigue estando) el dinero. La operación de Trump en Cuba es diáfana. Que salgan todas las empresas extranjeras de la isla. Eso acaba de provocar. Ese tinglado va a ser para los emporios estadounidenses. Como en Venezuela. Como los intereses petrolíferos en Oriente Medio. No puede ser tan simple. Parece tan claro que hace dudar. Ese es el componente extraño de este Trump temporada dos. La perplejidad paraliza.

¿Será el dinero la finalidad del odio? La alianza del gran poder con las élites tecnológicas es un hecho. Y las redes ganan con la confrontación: la pelea genera mayor interacción.

¿Existe todavía un nosotros? ¿O estamos rotos y es imposible algo que nos agrupe? ¿Ni el fútbol en el Mundial? Este de ahora tiene mucha política encima. A ver qué sale de ahí.

Manifestación por la escuela pública, el pasado viernes en València.

Manifestación por la escuela pública, el pasado viernes en València. / Germán Caballero

¿Nuestro particular 11M será un aldabonazo contra un mundo roto? ¿El último torpedo antes de la extinción o la resurrección de un espíritu que no está dispuesto a dejarse doblegar? 11M, 11S, 15M, 1-O, 29-O. ¿Cuántas grandes fechas llevamos en un cuarto de siglo? De lo de antes solo me queda el 23F. Y ahora, tantas. Sumemos una más: nuestro 11M valenciano, el día que empezó la primera huelga indefinida de los profesores. En ocasiones se desconocen las consecuencias de lo que se empieza. Ha sido algo más que un paro laboral por una mejora salarial. Más incluso que el reencuentro con el valor de la educación pública. Ha sido un mes para reavivar conciencias marchitas. Para creer que decir aún sirve. Es la gran victoria a falta de acuerdos con molla. No sé. Quizá en unos meses la sombra de esta movilización se haya extinguido, porque somos olvido. Quizá necesitamos ahora tantas marcas de fechas para agarrarlas y que no se pierdan. Eso es el mañana. Hoy creo que lo que venga no está escrito en ningún horizonte: aún se puede pelear. Quizá ese es el mensaje de este 11M valenciano.

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