Opinión
Colombia o el monstruo debajo de la cama

Los candidatos a las elecciones presidenciales de Colombia, Iván Cepeda, Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella. / RAUL ARBOLEDA; SERGIO YATE; LUIS ACOSTA / AFP
La primera vuelta de las elecciones presidenciales colombianas ha dejado una fotografía política cuya relevancia trasciende las fronteras nacionales y obliga a contemplar el fenómeno desde una perspectiva geopolítica más amplia. El avance de Abelardo de la Espriella hasta una posición de clara ventaja frente al candidato de la izquierda, Iván Cepeda, constituye mucho más que una simple alternancia ideológica dentro de una de las democracias más importantes de América Latina, pues lo que emerge de las urnas colombianas es la confirmación de una deriva autoritaria que recorre buena parte del mundo occidental.
Resulta tentador interpretar este resultado como una mera victoria de la extrema derecha sobre la izquierda; pero, la realidad es más compleja y, precisamente por ello, más preocupante. La elección colombiana revela una transformación profunda del vínculo entre ciudadanos y poder que ya se había manifestado en otras latitudes mediante la irrupción de figuras tan distintas entre sí como Donald Trump, Javier Milei o Nayib Bukele, líderes cuyas diferencias programáticas resultan menos relevantes que su capacidad para presentarse como intérpretes de una frustración colectiva frente a instituciones percibidas por los medios de comunicación como incapaces de responder a las preocupaciones más inmediatas de la población.
Para entender todo esto hay que saber que la llegada de la izquierda de Gustavo Petro al poder en Colombia representó un acontecimiento histórico cargado de expectativas que prometían inaugurar una nueva etapa de transformación social y modernización del Estado. La distancia entre aquellas expectativas y la percepción social sobre los resultados obtenidos, según la cobertura mediática, generaron un terreno fértil para el crecimiento de opciones políticas que se presentan hoy como una ruptura frente al rumbo adoptado durante los últimos años. Y, en política, bien sabemos, que pocas fuerzas movilizan tanto como la decepción de quienes esperaban cambios profundos y tangibles.
Dentro de este escenario, las figuras políticas de los “buenos patriotas” se han convertido en referentes continentales de una etapa marcada por la volatilidad electoraly por la búsqueda constante de liderazgos capaces de ofrecer respuestas simples a problemas extraordinariamente complejos. Lo verdaderamente relevante, sin embargo, no es la emergencia de estos liderazgos, sino la consolidación de una infraestructura cultural y comunicativa capaz de proyectar sus discursos mucho más allá de las fronteras nacionales. Como advirtió Gramsci hace casi un siglo, el poder político duradero no se construye únicamente mediante la conquista de las instituciones, sino mediante la captura del sentido común. La nueva derecha internacional parece haber comprendido esta lección con una eficacia maniquea. Antes que partidos, está construyendo marcos discursivos en torno a la normalización progresiva de una cultura política que percibe el pluralismo como una expresión de debilidady los contrapesos institucionales como mecanismos prescindibles frente a la voluntad de un líder investido de legitimidad popular. Conceptos como "batalla cultural", "ideología de género", "woke", "dictadura de lo políticamente correcto" o "defensa de la civilización occidental" forman parte ya de un lastimoso vocabulario que circula simultáneamente a ambos lados del Atlántico. Y, sobre todo, que demuestra cómo las crisis pueden convertirse en extraordinarias oportunidades para la implantación de falacias ideológicas que, en circunstancias normales, y en palabras de Klein, encontrarían mayores resistencias sociales.
El peligro radica en que esta circulación permanente de discursos suele simplificar problemas complejos y fomentar una lógica de confrontación constante. La historia latinoamericana demuestra que los pueblos rara vez renuncian a sus libertades de manera abrupta; con frecuencia las entregan gradualmente, seducidos por dirigentes que aseguran encarnar la voluntad popular y que presentan la concentración de poder como una necesidad transitoria para restaurar el orden. Colombia vuelve a anticipar una tendencia cuyo verdadero alcance no se medirá únicamente en el resultado de sus elecciones, sino en la capacidad de las democracias occidentales para resistir la tentación de sacrificar sus garantías institucionales y su compromiso con las libertades públicas en nombre de es falso paradigma de la eficiencia que algunos llaman certidumbre.
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