Opinión
Dilema ético de los demócratas europeos

Trump y Netanyahu. / Europa Press/Contacto/Jim LoScal / Europa Press
Los Estados miembros de la Unión Europea no están en guerra con ningún otro Estado. Las guerras se erradicaron desde 1951, en que se inició la construcción de la Unión Europea. Tampoco secuestran a dictadores, ni rompen relaciones diplomáticas con estados que probablemente lo merecerían, ni lanzan amenazas por doquier. Sin embargo, Trump, Netanyahu, Putin y los Ayatolás iraníes son protagonistas de guerras, secuestros, asesinatos masivos, vulneración de derechos humanos y una larga lista de acciones que están generando destrucción, muertes, exilios y crisis económica.
¿Qué posición ética tenemos que adoptar los demócratas europeos ante los hechos a que antes nos hemos referido? ¿Que actitud debemos adoptar ante el secuestro de Maduro y su esposa por Trump? Es evidente que el secuestro, la violación del espacio aéreo de un estado soberano y el asesinato de la guardia de Maduro por militares de EEUU, sin que mediara provocación o amenaza del estado venezolano a EEUU son acciones contrarias al Derecho internacional. Tales acciones no se pueden justificar en defensa de los derechos humanos de los venezolanos. Trump ha acreditado que no le importa lo más mínimo el sufrimiento del pueblo venezolano. El objetivo de las acciones reprobables de Trump ha sido apropiarse del petróleo venezolano para lo que mantiene al frente del Estado venezolano a chavistas que han traicionado a su presidente. Maduro ha sido el dictador de un narcoestado que, entre otros delitos, ha encarcelado y asesinado a miles de venezolanos.
No es posible que nos pongamos del lado de Maduro ni de sus sucesores. Pero ¿podemos ponernos al lado de Trump? Los EE UU de Trump son formalmente una democracia, pero en el exterior se comporta como un estado terrorista. El Tribunal Penal Internacional no se atreverá a procesar a Trump por crímenes de lesa humanidad, pero lo merecería. Los demócratas europeos debemos rechazar tanto a Maduro y a sus sucesores como a Trump. Ninguno es la solución que el pueblo venezolano necesita.
1400 ciudadanos israelitas fueron asesinados por Hamás, un grupo terrorista que acosa desde hace décadas a Israel desde Gaza. La represalia de Israel ha sido terrible: ha devastado Gaza y asesinado a más 70.000 gazaties y los sigue asesinando en nuestros días. Por ello el Tribunal Penal internacional ha emitido una orden de detención de Netanyahu.
Israel tiene la apariencia de una democracia, pero en Gaza, en Líbano y en Irán, se comporta como un Estado terrorista con el apoyo de EE UU. La vulneración de derechos humanos se ha convertido en su forma de actuar. No podemos apoyar a Hamás ni a Hezbolá, organizaciones terroristas que gobiernan en Gaza y en el su del Líbano. Pero tampoco podemos ponernos del lado de Israel que, con el apoyo de EE UU, ha sembrado muerte y odio en Palestina, en Líbano y en Irán. Pero los demócratas europeos sí debemos ponernos al lado de los seres humanos que viven en Gaza: es un imperativo humanitario, pues no podemos ser indiferentes ante el genocidio que Israel practica en Gaza, ni ante la miseria en que se encuentran los gazatíes.
Irán es un estado dirigido por Ayatolás fanáticos, que desde hace décadas financian el terrorismo internacional. Es una dictadura que en 2026 ha asesinado a decenas de miles de iraníes que ejercían el derecho fundamental a manifestarse. Desde hace décadas sufre sanciones de la Unión Europea y de EE UU, pero su gran riqueza en petróleo, que vende a la dictadura China y a otros estados, le permiten una situación económica confortable. Y desde hace años se prepara para fabricar artefactos nucleares. Los EE UU, autonombrados paladines del mundo civilizado, estaban negociando con Irán paralizar el proceso de enriquecimiento de uranio y sin previo aviso, junto con Israel, comenzó a bombardear Irán. La guerra iniciada por Trump no solo ha sido ilegal, ha sido una torpeza considerable fruto de su ignorancia y soberbia. La finalidad de la guerra no ha sido la defensa de los derechos humanos de los iraníes sino el control de armas nucleares. No es posible ponerse al lado de Irán, pero tampoco podemos estar con EEUU.
Putin es otro de los psicópatas que gobiernan en el mundo con el beneplácito de la mayoría de los rusos. Su guerra contra Ucrania, vulnerando el tratado que firmó dando nacimiento al Estado ucraniano y pisoteando los más elementales derechos humanos, ha puesto de acuerdo a los europeos y americanos cuya ayuda les está permitiendo a los ucranianos no ser derrotados por la Rusia de Putin, sobre el que el Tribunal Penal Internacional ha emitido una orden de detención.
Putin se ha atrevido con Ucrania porque sabía que la Unión Europea y sus Estados miembros no iban a ser un obstáculo insuperable, sobre todo porque Trump está consintiendo esta guerra que le reporta grandes beneficios a su industria armamentística. Las relaciones de EE UU con Rusia y con China se rigen por el acuerdo implícito de que en sus respectivas esferas de influencia pueden hacer lo que les venga en gana. Y se supone que Ucrania está en la esfera de influencia de Rusia. Los demócratas europeos debemos seguir al lado de los ucranianos que sufren una guerra ilegal.
Necesitado Trump de alguna victoria, entre derrotas y errores, ha puesto en estas últimas semanas su maléfica mirada sobre Cuba, jaleado por Marco Rubio de origen cubano. Primero ha asfixiado económicamente a Cuba, tras ser abandonada por Rusia y Venezuela, y ahora dice que va a salvarla. El Estado cubano es una dictadura por lo que no podemos ponernos de su lado. Pero no se puede estar tampoco con EEUU que persigue convertir a Cuba en un balneario norteamericano como fue en tiempos de Batista. No podemos estar ni con Trump ni con el gobierno cubano, pero debemos estar con los cubanos que atraviesan una etapa dramática.
Los demócratas europeos en estos tiempos turbulentos no podemos ser neutrales. No podemos apoyar a estados democráticos que actúan en política exterior como si fueran estados terroristas. Pero debemos ser rigurosos y que, en caso alguno, la defensa de los derechos fundamentales de los ciudadanos de estados regidos por dictaduras pueda confundirse con apoyo a esas dictaduras y a los dictadores que las rigen. Este es la encrucijada y el dilema ético que se nos plantea a los demócratas europeos.
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