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Opinión | Algo personal

València

Miguel Hernández

Su muerte fue un asesinato a cámara lenta. La humedad y el abandono en esas cárceles que él mismo cantó en sus poemas le costó la vida. Morir poco a poco en las cárceles de Franco. Una cruelísima manera de asesinar bajo la despiadada lógica de los vencedores

Homenaje a Miguel Hernández en Pedralba en 1976.

Homenaje a Miguel Hernández en Pedralba en 1976. / Levante-EMV

Murió en la cárcel el mes de marzo de 1942. Tenía poco más de treinta años y los últimos se los pasó en el frente de guerra. De trinchera en trinchera. De arenga en arenga a sus camaradas cuando la República fue sitiada por el fascismo a partir del mismo 14 de abril de 1931. Desde muy joven se aficionó a la lectura. La imagen del pastorcillo cuidando a las cabras es a medias verdad y a medias inventado. Se movía en círculos conservadores de Orihuela, su pueblo. En ese ambiente escribió y publicó sus primeros versos. Pero los ojos se le abrirían más tarde a otros sitios diferentes.

Un nuevo paisaje. La libertad, la igualdad y la fraternidad republicanas alcanzaban los últimos rincones de un país herido. El poeta se fue a Madrid: el triunfo esperado entre tanta figura de la literatura. Poco caso le hicieron los del 27. También había poetas señoritos entre las estrellas del verso. Lo apoyaron Neruda y Aleixandre. No lo dudó y llegado el momento se fue a patear los montes de la guerra. La vivió y la escribió. Y la contó de viva voz entre las bombas. Que era comunista no lo dice casi nadie. Como si eso aún fuera un borrón en su cuenta de poeta inmenso. Poeta y comunista. Eso fue Miguel Hernández y por eso murió en una cárcel de la dictadura franquista. Su muerte fue un asesinato a cámara lenta. La humedad y el abandono en esas cárceles que él mismo cantó en sus poemas le costó la vida. Morir poco a poco en las cárceles de Franco. Una cruelísima manera de asesinar bajo la despiadada lógica de los vencedores.

Homenaje a Miguel Hernández en Gestalgar en 2010.

Homenaje a Miguel Hernández en Gestalgar en 2010. / Levante-EMV

Llegan los homenajes

A principios de 1976, apenas muerto el dictador, empezaron los homenajes al poeta. En los pequeños pueblos se sucedían esos homenajes. Recuerdo el que organizamos en Pedralba, comarca de la Serranía, y cómo después de varias prohibiciones conseguimos levantarlo en junio de ese mismo año. Media hora antes del estreno también lo prohibieron, pero lo disfrazamos de ensayo general con público y con el alcalde y la Guardia Civil torciendo el morro seguimos adelante. El teatro estaba a reventar. Eran otros tiempos. Los sueños que la Transición iría desbaratando en nombre de una ficticia reconciliación y un consenso al que le faltaba poco para felicitar a los verdugos franquistas por los servicios prestados. Por cierto, a algunos de aquellos torturadores, como Conesa, Ballesteros y Billy el Niño sí que los ascendieron en el escalafón policial cuando llegó la democracia y luego, cuando Felipe González tomó las riendas de esa democracia. Ahora, cincuenta años después, un grupo de gente está en la tarea de recuperar aquella noche de júbilo de la que yo mismo escribí ya no recuerdo dónde. Otro homenaje que no se me olvidará nunca fue el que le rendimos al poeta en Gestalgar, mi pueblo, cuando el centenario de su nacimiento, y llevamos a otros pueblos como el mismo Pedralba, Yátova y Chulilla. Hacer comunidad con la cultura. De eso se trataba.

Me conmueven profundamente las imágenes de aquellos días. Todos los pueblos que se juntaron para que no enmudeciera esa "boca cubierta de raíces", como el propio Miguel Hernández escribía en un poema dedicado a Pablo Neruda. No se me olvida que el estreno mundial -aunque casi nadie lo tenga en cuenta- de El labrador de más aire lo montó Juan Mateu en Pedralba en 1968. Que se sepa. Porque lo que no se cuenta es como si no hubiera existido.

El libro 'Un poeta en la Historia. Vida de Miguel Hernández'.

El libro 'Un poeta en la Historia. Vida de Miguel Hernández'. / Levante-EMV

La historia de su vida

Mucha de la gente que participaba en aquellos homenajes ya forma parte de nuestras ausencias más queridas. Por eso no podrá leer el magnífico libro que el historiador Mario Amorós acaba de publicar en la editorial Akal: 'Un poeta en la Historia. Vida de Miguel Hernández'. Contar lo que fue esa vida tan llena de dignidad y de decencia, tan del lado de la causa republicana, tan decididamente volcada en que el fascismo no consiguiera traspasar la línea de un combate que ya se veía venir con el ascenso nazi y fascista en la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini. Fue detenido el poeta tras la victoria del golpismo y condenado a muerte. Por la influencia de algunos altos representantes de los vencedores, le conmutaron la pena de muerte y le ofrecieron renunciar a sus ideales para salir de la cárcel y entregarse a la propaganda franquista. Se negó. Y siguió en prisión hasta su muerte, a los 31 años, el 28 de marzo de 1942.

Han pasado más de cien años desde entonces. Como dice Mario Amorós, "la dictadura condenó su obra al silencio y la censura". También esta democracia, tan en manos en algunos sitios de quienes son sus enemigos declarados, lo sigue condenando al silencio y la censura. Y si algunos pudieran, también al olvido. La placa con su nombre y los de otros defensores de la República fue retirada del cementerio de la Almudena en Madrid bajo la sonrisa bobalicona de su alcalde José Luis Martínez-Almeida. Lo mismo que hizo el Ayuntamiento de Godella, cerca de València y gobernado por el PP y Vox, con la que homenajeaba al poeta Vicent Andrés Estellés en un recinto municipal. Las palabras de María Lurueña, concejala del PP, sobre esa atrocidad: "el mural lo hemos hecho trozos y los hemos utilizado para rellenar socavones". Menuda lumbrera.

Homenaje a Miguel Hernández en Yátova en 2010.

Homenaje a Miguel Hernández en Yátova en 2010. / Levante-EMV

Pero el tiempo y la barbarie de los herederos del franquismo no acaban con todo, tampoco con la memoria de Miguel Hernández, que fue a la vez poeta de los grandes y militante comunista hasta su muerte. Nunca vamos a olvidar su nombre y sus poemas, ¿vale? Nunca.

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