Opinión
El Reino del Fuego

Incendio de Villanueva de los Castillejos (Huelva). / CONSORCIO PROVINCIAL DE BOMBEROS / Europa Press
Cuentan que, en un reino a orillas del Mediterráneo, sus gobernantes y vecinos se sentían muy orgullosos de sus bomberos. Tenían los mejores camiones, los uniformes más modernos y las máquinas voladoras más espectaculares que nadie hubiera visto jamás. Cuando apagaban un incendio, los habitantes del reino salían a los balcones para aplaudir. Los periódicos publicaban fotografías heroicas y los mandatarios pronunciaban grandilocuentes discursos, agradeciendo el sacrificio de quienes luchaban contra las llamas.
Sin embargo, en el reino los incendios eran cada vez más grandes, rápidos y virulentos. Más difíciles de controlar. Al principio nadie entendía por qué. Los gobernantes convocaron reuniones. Los expertos elaboraron informes. Las universidades organizaron debates. Muchos culpaban al cambio climático. Algunos cortesanos presuntamente ilustrados proponían dejar el monte a su suerte, abandonándolo bajo el argumento de la conservación. Pero, entre tantos expertos, una anciana de las montañas pidió la palabra.
—El problema no son los incendios —dijo. Todos se echaron a reír.
—¿Cómo que no son los incendios?
—No. El problema es el bosque.
Aquella respuesta indignó a muchos cortesanos. El bosque era hermoso. Desde las ciudades se veneraba, era más grande, verde y frondoso que nunca.
—¿Cómo va a ser el bosque el problema?
Entonces la anciana señaló hacia las montañas:
—Hace muchos años había agricultores, ganaderos, leñadores... Había gente trabajando y viviendo.
El silencio se hizo entonces muy incómodo. Durante generaciones, aquellos habitantes rurales habían cuidado del territorio con su trabajo cotidiano. Los rebaños pastaban en el monte. Los cultivos interrumpían el avance del fuego. La madera se aprovechaba. Los caminos se mantenían abiertos. Pero un día dejaron de ser necesarios. Las ciudades crecieron, los pueblos se vaciaron y el bosque comenzó a quedarse solo.
Al principio pareció una buena noticia. Los árboles ocuparon antiguos bancales y los arbustos cubrieron caminos abandonados. Todos celebraron aquella aparente victoria, a la que incluso le pusieron pomposos nombres y restricciones. Todos, excepto los ancianos de las montañas. Porque ellos veían algo que los demás no sabían o querían ver: cada año se acumulaba más combustible; el bosque se hacía más grande, pero también más homogéneo y frágil y menos rico en biodiversidad, y bastaba una sola chispa para convertir aquel magnífico capital natural en una inmensa hoguera. Pero nadie los escuchaba.
Los gobernantes preferían inaugurar nuevos camiones y aviones. Era mucho más vistoso. Una mañana llegó una gran sequía. Semanas después el fuerte viento de poniente. Y después llegó el fuego. Los bomberos lucharon con valentía, los ciudadanos los aplaudieron y las máquinas voladoras llenaron el cielo. Pero el incendio siguió avanzando. Entonces ocurrió algo que nadie había imaginado. El fuego pasó por encima de caminos y cortafuegos e ignoró las máquinas, los discursos y los aplausos. Aquella noche ardieron montañas enteras, cayeron algunos héroes en combate y murieron varias familias que no pudieron escapar a tiempo. Se celebraron solemnes actos con la presencia del emperador que bajó de la meseta.
Cuando todo terminó, el reino reunió nuevamente a sus sabios cortesanos.
—Necesitamos más bomberos —dijeron unos.
—Más camiones y máquinas voladoras —reclamaron otros. Entonces la anciana de las montañas volvió a pedir la palabra. Esta vez nadie se rio.
—No necesitáis más héroes. Necesitáis menos incendios —explicó algo que parecía obvio y que, sin embargo, casi todos habían olvidado —. Los incendios se apagan cuando ocurre la emergencia, generalmente en verano, pero se previenen con el trabajo constante de todo el año.
La asamblea guardó un silencio atronador. Un joven y valiente bombero compartió que su abuelo fue pastor, su padre agricultor y él ahora luchaba contra el fuego. Entonces todos comprendieron que llevaban décadas confundiendo las consecuencias con las causas. Comprendieron que habían invertido fortunas en apagar incendios mientras olvidaban cuidar el territorio. Comprendieron que los habitantes de las montañas, aquellos que todavía permanecían allí, no eran una carga presupuestaria, sino una parte central de la solución. Comprendieron que los bosques no solo producían paisajes hermosos. Producían agua y aire limpio. Protegían a los pueblos de la costa frente a las inundaciones. Almacenaban el carbono que otros generaban lejos de allí. Y entendieron y asimilaron también una profunda injusticia: las ciudades obtenían muchos de esos beneficios, sin ofrecer nada a cambio, siendo los pueblos de las montañas y sus alcaldes quienes soportaban la responsabilidad de conservarlos.
Aquella noche el rey y sus más estrechos colaboradores tomaron una decisión. No construirían más monumentos a los incendios. Construirían una política justa y eficaz para evitarlos. Ayudarían a quienes vivían en las montañas. Harían pagar por los servicios que prestaban al conjunto del reino. Gestionarían los bosques, restaurarían las cuencas, promocionarían el uso y consumo de todos los productos forestales. Escucharían a los científicos y profesionales, pero especialmente a quienes llevaban décadas viviendo y trabajando en el territorio. Y, sobre todo, dejarían de esperar a que apareciera el humo para acordarse del monte.
Cuentan que el reino siguió sufriendo pequeños incendios que sofocaban los valientes bomberos. Como todos los reinos mediterráneos. Pero sus habitantes nunca volvieron a sorprenderse cuando llegaban. Porque habían comprendido una verdad sencilla: el fuego no decide el futuro de los bosques. Lo deciden las personas sabias y sus gobernantes justos y honestos, mucho antes de que aparezca la primera llama.
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