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Opinión | Va de Bo

València

Campeones en valores

El juego de pelota tiene además un componente extraordinario: el peso emotivo del respeto a una tradición heredada

Giner, tras abrazar a su padre el sábado.

Giner, tras abrazar a su padre el sábado. / Levante-EMV

Presume nuestro juego de pelota de atesorar todos y cada uno de los valores inmateriales que acompañan su práctica competitiva. El juego de pelota puede convertirse en una herramienta educativa para inculcar y fomentar valores como el respeto a los rivales y el esfuerzo continuado en la búsqueda del éxito y de la superación personal. Y junto a todas esas virtudes que adornan a cualquier disciplina deportiva, el juego de pelota tiene además un componente extraordinario: el peso emotivo del respeto a una tradición heredada. Una tradición que incluye, por ejemplo la obligación de la autoinculpación de una falta cuando ni siquiera un juez puede determinar si el pelotari la jugó de buena o de segundo bote. En este sentido recuerdo la anécdota de un monitor de Moixent que obligó a su pupilo, tras confesar que había engañado al juez, a telefonear a la federación y renunciar al título conseguido. La lección tuvo mucho más valor que el certificado de un título manchado por la mentira. Cuánta diferencia frente a los piscinazos en el área de los partidos de fútbol.

Este fin de semana hemos asistido a la exaltación de todas las virtudes del Joc de Pilota precisamente en las finales mas esperadas: las del Individual, tanto de Escala i Corda como de Raspall. En la primera vimos el triunfo de Giner de Murla sobre Salva Palau de Alginet por 60 a 45. El retorno de Giner a la cúspide es el premio al valor de la disciplina, la constancia en el esfuerzo por superar una lesión que le tuvo apartado de los trinquetes durante meses. Era un reto muy dif, peropero el de Murla posee todas las habilidades necesarias para hacer frente a la poderosa pegada del rival. Desde le principio apostó por restar al aire lo que pudiera restarse y rematar con su poderosa 'volea'. Salva Palau disputaba su primera final Individual y ese peso se dejó sentir con demasiados yerros. La partida, que pecó de mediocridad técnica estuvo acompañada de la pasión de los aficionados, siempre en límites respetuosos, ejemplares.

La final de Raspall en Xeraco terminó como nadie lo desea: con la lesión de Tonet IV de Genovés en un intenso 'quinze' defendiendo las embestidas de Iván de Ontinyent. Asistimos a la rabia de Tonet dispuesto a superar todos los límites en un supremo ejercicio de responsabilidad que, como se demostró, era una temeridad. Parecía dispuesto a jugar con una pierna, tal es su compromiso con el deporte, con la afición y consigo mismo. Tuvo que aceptar la dura realidad. La televisión enfocó el momento en que Iván se acerca a Tonet, con su padre, a consolarlo. Una imagen que se completó con el plano final en el que Iván compartió el trofeo de campeón con su rival. No es la final que todos esperaban, la soñada por los protagonistas, la que llevaba trazas de ser una apoteosis de la emoción y belleza del Raspall pero es la final que muestra la grandeza de los valores que acumula nuestro juego de pelota. Cuatro pelotaris, Giner, Palau, Iván y Tonet IV, educados en el respeto a la dignidad de los rivales, el juego limpio, la disciplina, el esfuerzo de superación y la solidaridad, ayudando a crear un clima emotivo en el escenario de juego. Y además, sabiendo que en cada pegada se recrea la historia de siglos, el valor de los sentimientos heredados en los genes, caso de Palau, Giner y Tonet, o adquiridos por los imanes de la tradición popular, caso de Iván.

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