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Opinión

València

Quererlo todo

Un joven sigue un partido de fútbol por televisión y mira una intervención del 'influencer' Ibai Llanos en el móvil.

Un joven sigue un partido de fútbol por televisión y mira una intervención del 'influencer' Ibai Llanos en el móvil. / JULIO CARBO / EPC

Estamos traspasados por el tiempo, sobre todo por el final del tiempo, por la muerte, que representa la pérdida total. No haríamos lo que hacemos si no supiésemos que vamos a morir pero, más allá, somos conscientes de que la vida es decisión y, por lo tanto, que está penetrada de muertes parciales a diario. Con cada elección, algo fenece. Hacer es no hacer. Elegir siempre implica dejar algo atrás. Y con esa ausencia vivimos. La nostalgia puede estar sujeta a un pasado que ya no existe más allá de en nuestra memoria pero también puede estar aparejada a lo no configurado, a las miles de versiones de uno o una que quedaron bloqueadas por la elección de un camino diferente.

Esa ausencia tiene presencia. Nos define y afecta a lo que sí tomó forma. La carrera que no estudiamos afecta a la carrera que sí cursamos. El libro que no leemos permea al que nos merendamos cuando los ojos nos pesan. Las personas que estuvieron y pasaron, que estuvieron y murieron, influencian nuestra relación con quienes están presentes hoy.

Esas pérdidas son la constatación diaria de que la totalidad no existe. Hay una gradualidad en nuestro ser, una temporalidad que avanza, lineal, hacia el final. Dejamos atrás, día a día. Y olvidamos, pese al Funes de Borges. En nuestro devenir es clave la pérdida, lo que puede caer, la renuncia que deberíamos combatir. Pesan las pérdidas del pasado y pesan las pérdidas del futuro.

Vivir implica decisión, mientras el capitalismo ofrece perder la autonomía bajo la falacia de disponer y aspirar a la totalidad. Las posibilidades infinitas son una falacia fundacional y solo el embelesamiento bajo la consigna de la aspiración mantiene la paz social. El sueño de tenerlo todo cuando el todo, simplemente, no existe.

El mundo digital ha extendido la sensación de cierto poder, sin percibir que, a cambio, se ha perdido autonomía, privacidad y atención, convirtiéndonos en seres impacientes incapaces de contemplar. Además, para esta filosofía capitalista, la perfección pasa por tenerlo todo y cuando la imposibilidad obliga a aceptar el embuste, apuesta por el promedio, la dictadura de la mayoría, la homogenización en función de la fuerza. La violencia de la estadística, que deshumaniza para imponer modelos tras los que se esconden negocios y seguir con la aspiración para acabar viviendo en el anhelo. Una trampa.

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