Opinión

Miembro del PPCV
Todos contra la ilustración

El Papa León XIV en el Congreso de los Diputados en su visita a Madrid. / José Luis Roca / PIM
Escucho, por tierras de España, predicar al Papa León XIV sobre la necesidad de amarnos, comprendernos, dialogar, evitar el egoísmo o los radicalismos, que cierran puertas al otro. Hace unos días, el Arzobispo de Valencia, Monseñor Enrique Benavent, insistía en parecidos términos. Ante un mundo que se aleja de la soñada hermandad universal, la Iglesia se mueve hacia nosotros para recordarnos que somos todos hijos de Dios.
Apenas unas semanas atrás, tuvo lugar en el CEU una entrañable mesa redonda que quería hacer hincapié en la necesidad de combatir el sectarismo y reabrir espacios al entendimiento y al consenso en sentida añoranza de aquellos lejanos tiempos de la Transición. Joan Lerma identificó el sentido del gobernar en algo tan básico como el administrar la convivencia de todos siendo todos diferentes. Dijo, además, que ésa había sido siempre su vocación de gobierno. La verdad es que cuando hice campaña contra su gobierno en el 95, no le hubiera creído, pero esa tarde le creí. Creo que era sincero y que, al menos, expresaba su deseo y convicción de que ésa fuera tarea fundamental para cualquier buen gobierno. Sin embargo, no entendí que un socialista no apostara, de algún modo, por un más allá, secular, del hoy; por un progreso lineal y una transformación progresiva hacia su propia perspectiva social acorde con su interpretación de los valores ilustrados y el programa de la Ilustración.
Tal vez por ello, alguien introdujo de repente la pregunta incómoda y de fondo: ¿Ha fracasado la Ilustración? ¿Este nuevo mundo que se gusta en la división y el enfrentamiento, significa el fracaso y el final del aquel programa de libertad, derechos humanos y democracia universales?
Aquí la Iglesia tenía poco que perder. Aunque desde De Rerum Novarum al Concilio Vaticano II y la encíclica Gaudium et Spes, ha habido notables cambios, ni siquiera con Ratzinger la Iglesia Católica se ha sentido cómoda con la Ilustración; un movimiento que, en buena medida, creció contra su doctrina y también contra su poder y acabó propiciando el surgimiento de otras formas de poder, laicas, secularizadas, acusadas hoy de habernos conducido hasta este presente de confrontación general y extravío individual.
La Doctrina Social de la Iglesia constituye una respuesta al mundo moderno y proclama sus condiciones universales de derechos y libertad, pero, obviamente, no se reconoce en absoluto como hija o heredera de la Ilustración. El mismo Ratzinger movió recursos contra derivas en esa dirección y, finalmente, entre Escila y Caribdis, dimitió. Sin embargo, hemos visto que los partidos demo-cristianos pueden llegar a acuerdos con los partidos liberales y social-demócratas y los tres, de hecho, han protagonizado la vida política del Occidente democrático desde el final de la II Guerra Mundial hasta la disrupción actual. Cierto que representan proyectos bien distintos, pero todos hacen gala de una voluntad de humanismo universal. Entones, ¿sólo han fracasado los derivados de la Ilustración? Bueno, respecto de la falta de un horizonte inmanente de perspectivas positivas, la secularización paga aquí su apuesta.
El Arzobispo de Valencia, que presidía el acto, amable experto en la Doctrina, terciaba criticando veladamente a la Ilustración por haber propiciado la creencia en el absoluto poder de la Razón y haber traspasado infructuosamente los límites reservados a la Fe sembrando el malestar de nuestro tiempo. Pero el diplomático Fernando Villalonga fue menos diplomático y bajó a la arena: la Ilustración es cierto que ha traído mayor libertad u opcionalidad individual, pero ha fracasado estrepitosamente como proyecto político y trajo a colación, como ejemplo indiscutible, las decenas, si no más, de millones de seres humanos asesinados desde el siglo pasado por el comunismo, un innegable hijo de la Ilustración por mucho que algunos lo consideremos un hijo desnaturalizado. Además, quitó dramatismo a la crispación que caracteriza a la política española en la actualidad y dijo que esta crispación no es sustancialmente distinta de la que vivió nuestro país en los años inmediatamente anteriores al gobierno de Aznar o tras el atentado de Atocha de 2004 y el cambio de gobierno derivado. No contento con ofrecer este baño de realidad, dio un paso más y subrayó ante el auditorio la necesidad de no caer en la ingenuidad contrafáctica: los derechos humanos y la democracia universal sólo han tenido realidad en los países occidentales; los mismos en los que, de una u otra manera, su tradición histórica y cultural hunde sus raíces en el pensamiento griego, la civilidad romana y la religión cristiana. En el resto del mundo, los fracasos se cuentan por intentos.
Entonces, ¿qué mundo viene, está viniendo ya?
¿Cuál es el sentido de la renovada empresa de León XIV por el humanismo cristiano y sus manifiestas reservas respecto de la inteligencia artificial?
¿De verdad ha fracasado la Ilustración?
Además de desconcierto, ¿qué les queda a quienes se construyeron en sus ideales políticos y normativos?
¿Podemos esperar, al menos aquí, algún tipo de regreso al mundo de diálogo y grandes acuerdos de la Transición?
Sería interesante convocar a esta mesa redonda a Kant y a Hegel, a Schopenhauer y a Nietzsche, a Heidegger, Wittgenstein y Lyotard, a los francfurtianos, a Habermas y a Luhmann y a Ulrich Beck, a Foucault y Derrida y Bauman, a Camus y a Sisifo, el del mito, y hasta al mismo MuVIM. Digo yo que algo tendrán que decir en esto.