Opinión
Gabriel Acevedo García
Soberanía, representación y populismos en las democracias contemporáneas

Una de las manifestaciones del 15M en Gandia, en junio de 2011. / Levante-EMV
Con la Ilustración y la Revolución Francesa se consolida la idea moderna de que la soberanía reside en el pueblo. Sin embargo, en la práctica política, la voluntad popular rara vez se expresa de forma directa, sino a través de instituciones representativas, partidos políticos y diversos mecanismos de intermediación. En ese sentido, las democracias representativas se estructuran sobre una tensión permanente entre el principio de soberanía popular y el ejercicio indirecto del poder. En la última década, esta tensión se ha intensificado con el auge de los movimientos populistas en numerosos países occidentales, junto con la transformación del debate público provocada por la revolución digital y las redes sociales. Lejos de constituir una anomalía coyuntural o una simple estrategia política, el fenómeno debe entenderse como una lógica que reconfigura la relación entre el pueblo, los representantes y la legitimidad en las democracias modernas (Castells, 2009).
En las democracias contemporáneas, el creciente distanciamiento entre ciudadanos e instituciones marcado por la elevada abstención electoral refleja una profunda crisis de representación política. Desde la perspectiva de Max Weber, la estabilidad del Estado moderno depende en gran medida de la creencia colectiva en la legitimidad de sus instituciones. Cuando esta confianza se erosiona, las estructuras políticas permanecen, pero pierden capacidad de cohesión política y simbólica (Weber, 1964). Ya en el siglo XIX, Alexis de Tocqueville advirtió que las democracias modernas corrían el riesgo de desarrollar una creciente centralización administrativa capaz de alejar progresivamente al ciudadano de los centros de decisión (Tocqueville, 1969). En los últimos años, protestas como el Movimiento 15-M en España y el movimiento de los chalecos amarillos en Francia han puesto de manifiesto esta desconexión entre los ciudadanos y las élites políticas. Los populismos, tanto de izquierdas como de derechas, emergen en este contexto al presentarse como una alternativa frente a unas instituciones percibidas como distantes, burocráticas y ajenas a la voluntad popular.
El populismo no debe entenderse como una ideología, sino como una forma discursiva que enfrenta a un pueblo supuestamente homogéneo con unas élites juzgadas como corruptas o ilegítimas (Müller, 2017). Esta visión reduce el conflicto político a una oposición moral entre “el pueblo” y “sus enemigos”. En este sentido, el pensamiento de Carl Schmitt resulta especialmente esclarecedor. Según Schmitt, lo político se define por la distinción entre el amigo y el adversario (Schmitt, 2006). Sin embargo, el populismo radicaliza esta lógica, al convertir al rival político en una amenaza para el colectivo. De este modo, no se limita a criticar a las élites, sino que aspira, como señala Jan-Werner Müller, a encarnar al “verdadero pueblo”, diluyendo la diversidad interna en favor de una identidad colectiva homogénea y deslegitimando cualquier forma de oposición (Müller, 2017). La consecuencia es una creciente polarización social y la erosión progresiva del pluralismo político, pilar esencial para el ejercicio de la democracia.
Paralelamente, las redes sociales han transformado de manera estructural el debate público contemporáneo. La comunicación política ha dejado de articularse exclusivamente a través de los partidos, los medios de comunicación tradicionales o las instituciones parlamentarias, sino también mediante plataformas digitales que permiten una relación directa entre los líderes políticos y la ciudadanía. Este proceso de desintermediación favorece formas de liderazgo cada vez más personalistas, basados más en mensajes con fuerte carga emocional que en la deliberación racional (Castells, 2009). A su vez, la lógica algorítmica de estas plataformas fomenta la visualización de contenidos que intensifican la atención mediante la indignación, el miedo o la confrontación. Esta dinámica contrasta con el ideal defendido por Jürgen Habermas de un espacio público necesario para la democracia que esté orientado al debate racional y al entendimiento común (Habermas, 1981). De manera progresiva, las plataformas digitales fragmentan el espacio público compartido en comunidades ideológicas donde los ciudadanos dejan de confrontar ideas para consumir discursos que refuerzan sus propias convicciones, intensificando así la intolerancia y la polarización política. El resultado es una transformación profunda del debate público, que reconfigura la comunicación y la representación política.
La crisis de legitimidad de las instituciones y la transformación del espacio público en la era digital configuran un nuevo escenario en el que los movimientos populistas encuentran condiciones favorables para su expansión. El auge del fenómeno no ha de interpretarse únicamente como un indicador de riesgo sistémico, sino como una expresión del distanciamiento estructural entre la soberanía popular y la representación política. En este contexto, el desafío no consiste en su eliminación, sino en la capacidad de las democracias representativas de reformarse incorporando mecanismos de participación directa, subsidiariedad y control ciudadano, como los presentes en el modelo suizo, con el fin de preservar el pluralismo y reforzar la legitimidad del sistema democrático en sociedades cada vez más fragmentadas.
*Artículo ganador del concurso de ensayos políticos de la Asociación Valenciana de Politología.
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