Opinión | La veleta de papel
Coherencia

El papa León XIV recorre Santa Cruz de Tenerife saludando a sus fieles / Andrés Gutiérrez
La semana pasada participamos de algún modo, en los actos multitudinarios presididos por Su Santidad, León XIV. Habrá otros analistas más autorizados, pero quiero compartirles una primera reflexión que, naturalmente tratándose de creencias, nunca es unidimensional sino poliédrica. Intentaré ser ecuánime aun siendo católico practicante.
Me ha sorprendido la numerosa participación de personas en los actos presididos por el Papa; algunos de los comentaristas que han estado al pie del micrófono o pluma en los distintos medios, lo señalaban como uno de los síntomas de la revitalización de la fe católica. Otros lo entroncaba con el reverdecimiento de ideas ultraconservadoras.
Ambas visiones son aparentemente ciertas. Se intuye mayor interés de la juventud en la transcendencia. En las parroquias vemos acercarse más gente joven formalmente vestida; asistimos a la proliferación de movimientos eclesiales muy restrictivos y parciales; escuchamos homilías sacerdotales imbuidas de ortodoxia guardiana de las puertas del cielo que difícilmente cruzaran; volvemos las amenazas del fuego eterno; casi a la ceguera provocada por el onanismo; a los reclinatorios decimonónicos y vemos huir hacia otros altares a fieles locales. Pero recordemos que en las décadas 70-90 hubo un gran interés por el budismo e hinduismo y de aquella espiritualidad quedó poco.
No me sorprende que el Papa defienda con firmeza la doctrina social de la Iglesia y la paz mundial. No me admira que preconice la solidaridad y bondad entre los hombres, la convivencia pacífica que no es solo el silencio de las armas, sino también el uso correcto y amigable de las palabras que de otro modo herirán como navajas. Qué el Papa sonría, esté alegre, sea espontaneo, sociable, incluso sensible, es normal; no es ni más ni menos que la expresión concreta de su fe en Jesucristo resucitado. Nadie que sea verdaderamente discípulo de Cristo puede hacer lo contrario. La fe cristiana es alegre, respetuosa y solidaria.
La contribución de la Iglesia Católica, de la fe cristiana, al ordenamiento jurídico y al pensamiento social del mundo es indubitable. Somos lo que somos, por nuestro pasado, la fe ha estado enraizada en los pueblos que forman España (y Europa) desde hace milenios, por eso no veo reverdecer la fe, sino regresar a los orígenes. Planteémonos si algunos cambios necesarios en nuestra sociedad, no habrán sido demasiado rápidos y por ello forzados, hasta negativizarlos contra lo que se pretendía liberalizar y proteger, y como consecuencia la regresión radical y negativa.
Desde el punto de vista magisterial el Papa, León XIV, nos deja infinidad de titulares y sobre todo directrices-guía de hacia dónde debemos alzar la mirada los creyentes para seguir avanzando en nuestro tiempo hacia un futuro luminoso. La densidad de sus veintisiete discursos tanto doctrinal como socialmente darán para posteriores y más amplios análisis.
Esperemos que los eclesiásticos no le hagan la guerra como le hicieron al Papa Francisco del que León es sucesor fiel. León XIV pidió a los sacerdotes (y algún Obispo) que sean santos; lo escuchen, lean y sigan. No interpretamos las escrituras según inspiraciones personales. Marcel Lefebvre (y sus seguidores) ha dado muchos disgustos a los Papas, pero no es el único con solideo; algunos se creen con el derecho divino a discutir su magisterio. Mil cuatrocientos millones de personas somos católicos y una de nuestras características más definitorias es que tenemos y obedecemos a un Papa elegido por el colegio cardenalicio inspirado por el Espíritu Santo.
Me adhiero fielmente al Papa reinante y su magisterio, por eso me duele que algunos que dicen ser y viven de la Iglesia, probablemente los más rígidos ortodoxos, son los que embozados van a antros o recónditas arboledas con escasa continencia. Usan webs de citas o grupos de wasaps compartiendo chaperos por necesidad. Mención especial para pederastas merecedores de cárcel y fuego incombustible. También lastiman aquellos que declarándose seguidores fieles de Cristo, ven mal o bien las guerras dependiendo del agresor y su enemigo. A san Juan Pablo II ningún prelado español debió escucharle cuando clamaba con sus últimas fuerzas ¡no a la guerra!; ninguno censuró a Aznar, nadie, ni si quiera ahora pasado el tiempo. Basta de hipocresía farisaica: el que no sea fiel que se vaya. Nos hace mucho daño.
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